Nuestra cotidianidad está llena de preocupaciones. Tratamos de buscar respuestas a situaciones que ya están en el pasado y no se pueden modificar. O estamos preocupados por lo que viene a continuación. No nos detenemos por dentro. Nos pasamos el día viendo amenazas y buscando soluciones a peligros que puede que ni existan.

De la preocupación inútil a la ansiedad generalizada hay un paso muy pequeño. Ésta se caracteriza porque la persona está constantemente inquieta o preocupada. Es decir, se anticipa constantemente, pensando que en el transcurrir del día algo malo puede suceder. Piensa, sin motivos reales para ello, que le va a ir mal económicamente, que la van a echar del trabajo o que sus hijos van a abandonar los estudios.

Se interpreta la realidad de forma perjudicial, sacando conclusiones negativas sin fundamentos. Hasta los quehaceres cotidianos, como la limpieza o las reparaciones de la casa o el auto generan ansiedad, agobio y preocupación. Así, se entra en un remolino de pensamientos oscuros en los que la persona busca soluciones constantemente a los problemas, pero sin llegar a poner ninguna en marcha.

Las cosas no siempre salen como las pensamos. Nos guste o no, estemos preparados o no, la adversidad se cruzará en nuestro camino. Y puede convertirse en una gran oportunidad para conocernos mejor, para valorar lo que tenemos, para querernos a nosotros mismos. Es nuestra actitud la que determina si tenemos realmente un problema y su magnitud, es nuestra valoración de los hechos lo que verdaderamente transforma las circunstancias. Existe ciertamente un problema cuando alguien se deja superar por la adversidad, si se deja oprimir por la pena, convirtiendo todo en una pesada piedra que no permite avanzar.

Hay épocas en las que un «todo» indefinido, complejo y amenazante, nos asfixia y nos agota. Y los pensamientos actúan en nuestra contra. En realidad, detrás de cada pensamiento hay una emoción, una serie de creencias que damos por válidas, unas experiencias previas que dan fuerza a determinadas afirmaciones y a muchos mecanismos de defensa. Por lo tanto, controlar y gestionar nuestros pensamientos requiere de un profundo trabajo personal. Porque, al fin y al cabo, no se trata de dejar de preocuparnos, sino de preocuparnos un poco mejor. "La acción es la clave fundamental de cualquier éxito", dijo Pablo Picasso.

Algunos tratan de poner en marcha estrategias activas de regulación emocional, otros ponen en marcha un patrón de pensamiento ineficaz. Si algo les preocupa, les enfada o les entristece, se queda en sus mentes y no dejan de darle vueltas una y otra vez. Por algo Buda decía: "Ni tu peor enemigo puede hacerte tanto daño como tus propios pensamientos".

La mente no solo está cautiva de la ansiedad; en su interior hay desorden y caos. La clave está en buscar soluciones, en crear cambios. Identificar los problemas, generar distintas alternativas de solución y seleccionar la respuesta más eficaz nos hará contar con una herramienta más para controlar las emociones negativas que pueden surgir ante diferentes obstáculos. Steven Covey decía: "No soy producto de mis circunstancias, soy producto de mis decisiones".

Liberarnos de estos nudos emocionales requiere de una artesanía psicológica muy precisa con la cual permitirnos avanzar sin dolor, sin miedo, salvando la energía, la libertad, la capacidad de crecimiento. Son bloqueos conformados por decepciones, por heridas, por vacíos. Por eso, debemos transformar el sufrimiento en calma, el miedo en seguridad, la inquietud en serenidad. Darle nombre a esas ataduras: miedo, preocupación, nostalgia, tristeza. Al reconocer las emociones y gestionarlas nos daremos la oportunidad de cerrar un ciclo. De desatar los nudos de esa red que nos atrapa.

"El carpintero, que había contratado para ayudarme a reparar mi vieja granja, acababa de finalizar su primer día de duro trabajo. Su cortadora eléctrica se había averiado, y le había hecho perder una hora de su trabajo, y ahora su antiguo camión se negaba a arrancar.

Mientras lo llevaba a su casa, permaneció en silencio. Una vez que llegamos, me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta, se detuvo un instante frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de las ramas con ambas manos.

Al entrar en su casa, ocurrió una sorprendente transformación. Su bronceada cara sonreía plenamente. Abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso a su esposa. Posteriormente me acompañó hasta el coche.

Cuando pasamos cerca del árbol, sentí curiosidad, y le pregunté acerca de lo que había visto cuando entramos.

-Ése es mi árbol de los problemas, contestó. -Sé que yo no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero hay algo que es seguro: los problemas no pertenecen ni a mi casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que, simplemente, los cuelgo en el árbol cada noche cuando llego. Después, por la mañana, los recojo otra vez. Lo más divertido es que, cuando salgo a la mañana a recogerlos, ni remotamente encuentro tantos como los que recordaba haber dejado la noche anterior."

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