La vida es maestra y nos enseña, de varias formas, a edificar una actitud verdaderamente necesaria: aprendemos a ser fuertes. Entonces, nos decimos que vamos a poder con todo, que tenemos recursos para afrontar cualquier tipo de adversidad. Pero quizá, nos olvidamos de lo más importante, de que el tiempo no es solo un medio para visualizar o lograr metas futuras, que ahora también nos corresponde la felicidad.

La vida acontece en el "ahora", siendo incertidumbre lo que vendrá después. Cuando pasamos momentos difíciles nos cuesta mucho situar la mirada en el presente. Ponemos la mirada en el retrovisor de nuestra memoria, repasando el ayer, intentando obtener cuantos más aprendizajes mejor, a fin de estar preparados. Hemos aprendido a ser fuertes, pero ahora nos toca ser felices. ¿De qué nos sirve hacer de nosotros mismos una fortaleza inexpugnable?

La felicidad no sintoniza con el miedo ni con quien acumula un exceso de mecanismos de defensa. A menudo, fantaseamos con la felicidad en términos algo idealistas: tener una pareja perfecta, lograr un gran trabajo, hacer un viaje increíble. Sin embargo, quienes han aprendido a ser fuertes, valoran aspectos mucho más básicos: la calma, el equilibrio, el cariño de las personas amadas, estar bien con uno mismo.

La felicidad se relaciona con el bienestar personal, con el compartir momentos con los seres queridos y con disfrutar del hogar. Son las cosas que nos hacen sentir bien. Todo lo demás es accesorio. Es más bien una actitud o un estilo de vida. Decía Dale Carnegie: "La felicidad no depende de condiciones externas, está gobernada por nuestra actitud mental". Se construye a nuestra medida, debe calzar nuestra talla y armonizar con nuestras realidades particulares.

No se trata de olvidarnos de los problemas ni de ser demasiado optimistas, sino de una forma de ver la vida, sacar todo el jugo a cualquier situación agradable y estar menos enfocados en las cosas malas que nos rodean. El goce está en los mínimos detalles, en aquellos que muchas veces por estar ocupados, estresados o preocupados no podemos ver o identificar.

Se nos olvida, quizá, que ser feliz puede ser muy fácil. Lo complicado es saber discernir lo importante, lo más nutritivo y mágico para nosotros. Y entonces luchar por ello. Hay una expresión popular que encierra una verdad evidente: "es tan sencillo ser feliz pero tan difícil ser sencillo". Nos alejamos de lo simple y por eso cuesta tanto ser feliz. La búsqueda de la felicidad nunca termina, es un estado del ser. No se busca, se crea, no se encuentra, se trabaja.

Podemos resumir todo en una idea muy sencilla: hay que dejar ir lo que no se puede cambiar. Se trata de un enfoque con sabor a esperanza para intentar manejar un poco mejor el estrés cotidiano. Es lograr tener una vida más significativa partiendo de la sencillez, de lo elemental y acogedor. Los daneses usan, para expresar esta realidad, el término Pyt, elegido en el 2018 como el más hermoso y apreciado para ellos. Define una estrategia psicológica para afrontar las dificultades cotidianas. Para los habitantes de Dinamarca, decir en voz alta esta palabra es un acto de afecto, de esperanza y de necesitado optimismo. Casi como ese sortilegio al que aferrarse para intentar afrontar la realidad de otro modo.

Siempre es un buen momento para decidir que queremos empezar a ser felices, sin más motivos que un porque sí. Nunca es tarde para serlo. Alcanzar esta felicidad no dependerá del esfuerzo que se ponga en buscarla, sino de la actitud que se tenga para saber verla dónde está esperando. La felicidad es gratuita o, al menos, no cuesta dinero. Decía Benjamin Franklin: "La felicidad no se produce por grandes golpes de fortuna, que ocurren raras veces, sino por pequeñas ventajas que ocurren todos los días".

Sólo cuando nos faltan las cosas sencillas, sólo cuando la vida nos da un pequeño o gran revés, apreciamos de golpe lo que de verdad edifica nuestro corazón, aquello que no cambiaríamos ni por todo el dinero del mundo. Hemos de ser conscientes de lo que nos dice nuestro corazón y de las necesidades que tenemos a nuestro alrededor. Disfrutar del placer de lo simple es una actitud: el placer de las buenas amistades, de una caricia inesperada, de la risa contagiosa de un niño, de un despertar de domingo sin ninguna preocupación en la mente.

"Dios decidió crear al ser humano. Su Enemigo temió que éste pudiera descubrir la llave de la felicidad y encontrar el camino hacia la plenitud. Se preguntó dónde podría ocultar esta llave. Tenía, desde luego, que esconderla en un lugar recóndito donde el hombre no pudiese hallarla. Primero pensó en ocultarla en el fondo del mar; luego, en una caverna de los Himalayas; después, en un remotísimo confín del espacio sideral. Pero no se sintió satisfecho con estos lugares. Y cuando el sol comenzaba a disipar la bruma matutina, se le ocurrió de súbito el único lugar en el que el hombre no buscaría la llave de la felicidad: dentro del hombre mismo. Y allí colocó la llave de la felicidad".

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