Para muchos, lamentablemente, la vida carece de sentido. Pero, en verdad, todo adquiere su significado de acuerdo al modo en que veamos las cosas, las valoremos y permitamos su impacto en nosotros. Es nuestra disposición la que da forma a todo lo que acontece a nuestro alrededor.

Una buena actitud es la fuerza que nos hace persistir, resistir y triunfar; será ella quien nos permita saltar barreras y hacernos grandes. Es una energía interior motora; no puede verse, no puede tocarse, pero se expresa en nuestras respuestas y en nuestro estilo para afrontar lo cotidiano. Y es la vida quien nos ayuda a diseñar la mejor actitud; es el juego de priorizar lo que mejor encaja con nuestra personalidad.

Las actitudes nos hacen aceptar algo o rechazarlo, son ellas quienes dan brío a nuestra superación, o quienes, por el contrario, nos apagan y nos hacen caer en comportamientos derrotistas. Están dibujadas y definidas por lo intelectivo, lo afectivo y lo conductual. Son procesos que vamos internalizando a lo largo de la existencia y desde nuestras experiencias, y que terminan construyendo nuestra propia identidad.

Las actitudes no son aptitudes; son torres que nos dan altura para poder ver el mundo en toda su expansión, ahí donde se extienden los sueños que parecen imposibles. La actitud es una construcción psicológica que puede reorientarse, cambiarse y enfocarse hacia un propósito. Debemos creer que merecemos ser mejores y ser felices. Si cambiamos el pensamiento, cambiaremos también la manera de transformar nuestra realidad.

La diferencia entre un buen día y uno malo dependerá, no de cómo nos traten los demás, sino de nuestra fuerza interior, capaz de afrontarlo todo. No es fácil, ni siquiera "esperable", que podamos mantener una actitud positiva siempre. Todos tenemos momentos de decaimiento, y no por ello somos más o menos fuertes. La positividad debe trabajarse cada día. Es como la vela de una embarcación que hay que tensar para que el viento nos lleve donde verdaderamente deseamos.

De nada sirve quejarse, clamar al cielo sobre lo injusto de una situación, victimizarnos y quedarnos quietos sin hacer nada. De nada sirve buscar culpables, negarnos a aceptar lo que viene de esa forma o hacernos preguntas sin sentido: ¿por qué a mí? La actitud es la fuerza más poderosa que impulsa los cambios, las tomas de decisión, los nuevos rumbos. Gracias a ella, podemos descubrir nuestra felicidad o mantenerla. Porque no olvidemos que la tenemos que encontrar en nuestro íntimo universo, con independencia de que el exterior contribuya o no. La felicidad no sabe de ritos, ni de hechizos, pero sí sabe de actitudes. "Una persona feliz no tiene un determinado conjunto de circunstancias, sino un conjunto de actitudes", decía Hugh Downs.

En ocasiones dramatizamos en exceso lo que ocurre. Tarde o temprano, nos damos cuenta de que estamos «enfermos", infectados por el desánimo y la pasividad, nublados por una mente que se ha dejado llevar por el piloto automático de la negatividad ajena. Es importante entonces que confiemos en nosotros mismos y que no nos quedemos en nuestras zonas de confort. Lo que está por venir puede dejarnos algo nuevo: aprender, superarnos, madurar y darnos cuenta de que podemos con todos los problemas que se nos presenten. Un pequeño cambio de actitud puede marcar una gran diferencia.

Tenemos la opción de vivir, de disfrutar de una actitud serena ante las emociones y de gozar de un pleno bienestar interior. A veces pasamos por alto que lo más simple es aquello que nos proporciona una experiencia calma y feliz, ayudándonos a valorar todo lo que nos rodea de forma inimaginable. Honrar la vida y todo lo que acontece en ella, porque tiene el poder de concedernos los mejores sentimientos, aprendizajes y experiencias. Aunque no sea fácil.

La pequeña, bien perfumada y orgullosa anciana de 78 años, elegantemente vestida cada mañana, con su cabello arreglado a la moda y el maquillaje perfectamente aplicado, se muda hoy a un asilo. Recientemente ha fallecido su esposo. Después de muchas horas de esperar pacientemente en el recibidor del nuevo asilo, sonrió dulcemente, cuando se le dijo que su cuarto estaba listo. Mientras se desplazaba con su andador hacia el elevador, le dieron una descripción detallada de su pequeño cuarto, incluyendo las cortinas que colgaban de su ventana.

"Me encanta", afirmó, con el entusiasmo de un niño al que le acaban de entregar un regalo.

"Señora; aún no ha visto el cuarto, espere".

"Eso no importa", respondió. "La felicidad es algo que decides con el tiempo. Si me gusta o no mi cuarto, no depende de cómo estén arreglados los muebles, depende de cómo arregle mi mente y de mi actitud diaria."

"Ya he decidido que me gusta. Es una decisión que hago cada mañana, cuando me levanto. Puedo elegir: pasar el día en la cama, repasando las dificultades que tengo con las partes de mi cuerpo que no funcionan, o salir de la cama y estar agradecida por las que sí funcionan. Cada día es un regalo, y mientras se abran mis ojos pensaré en lo que viene, no en lo que ya fue".

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