Hay quien posee la convicción de que todo lo que piensa, dice o hace es grandioso. Son los llamados "megalómanos", personas que desprecian a los demás y que se consideran superiores a todos debido a una egolatría sobredimensionada, un orgullo exagerado y una imagen de sí mismos desproporcionadamente optimista. El término deriva del griego, al unir los vocablos "mega", es decir, grande, y "manía", o sea, obsesión. En algunos casos puntuales está considerada como una condición psicopatológica en relación al trastorno narcisista de la personalidad. Son sujetos que experimentan ideas delirantes, fantasías de poder, relevancia y omnipotencia.

Hombres y mujeres que manifiestan el impulso de alzarse como los únicos capaces de las más grandes e inalcanzables conquistas. La historia ha demostrado -y sigue demostrando- que muchos acaban por convertirse en peligrosos gobernantes, autores de las más temerarias acciones. Se ven a sí mismos como imprescindibles salvadores en una espiral de verdadero delirio.

Un megalómano se creerá capaz, por sí solo, de lo que los otros no pueden hacer. Sin embargo, aunque muestre mucha seguridad en sí mismo, analizando profundamente su personalidad, se podrá detectar un individuo con carencias y un inesperado sentimiento de inferioridad o vacío social. Un ego fuertemente sobrevalorado, alimentado por un disfrazado complejo.

Los megalómanos -muy cercanos a la enfermedad del poder- son sumamente presumidos. Sienten que su presencia es imprescindible y que son capaces de solucionar cualquier problema que se les plantee. Se comportan como si fuesen omnipotentes y les gusta poner a prueba las capacidades de las personas que les rodean para jactarse de ellos.

La experiencia no es usada como herramienta para conocerse mejor. No suelen aprender de sus errores y, por tanto, no corrigen sus fallos. Poseen una imagen narcisista e idealizada de sí mismos. Si son rechazados por los otros a causa de sus desajustados comportamientos, piensan que el problema es de los demás.

Más allá de lo patológico, quien tiene manía de grandeza se niega a reconocer que en su interior alberga a una persona miedosa, insegura y acomplejada. Por ello, utiliza la agresión verbal o la imposición de su falsa omnipotencia como mecanismo de defensa. En su temor a ser superado, ridiculiza a toda persona que le haga sentirse amenazado y daña a todos los que percibe como un boicot para su ego. Exagerando sus talentos y sus logros, el "agrandado" manifiesta, sin pretenderlo, una autoestima débil y una escasa capacidad para afrontar la frustración.

En sus relaciones interpersonales, carece de empatía, cree merecer favores especiales y utiliza a los otros para fortalecer su propio yo. Satisface sus deseos sin importarle ni reconocer el derecho, los sentimientos y necesidades de los demás; generalmente construye un vínculo interpersonal explotador.

"No es oro todo lo que reluce", y esto se sabe. Por eso, la arrogancia y el exceso conductual suelen llevarlos a situaciones de no aceptación y de profunda soledad. Tienen una obsesión compulsiva por el control que ejercen, a través de la manipulación, la mentira o la exageración de algunas circunstancias, para conseguir sus objetivos Su carácter es voluble, indeciso y en ocasiones se puede tornar agresivo.

"Durante los primeros años del hospital de ciegos, todos los internos detentaban los mismos derechos y sus pequeñas cuestiones se resolvían por votación. Con el sentido del tacto sabían distinguir las monedas, y con un olfato sensible nunca confundieron los vinos. Acerca de los cuatro sentidos sabían de ellos cuanto hay que saber, y vivían tranquilos y felices.

Por desgracia uno de sus maestros manifestó la pretensión de saber algo más acerca del sentido de la vista, pronunció discursos, agitó cuanto pudo, ganó seguidores y por último consiguió hacerse nombrar principal del gremio de los ciegos.

Este primer dictador de los ciegos empezó por crear un círculo restringido de consejeros. A partir de entonces nadie pudo oponérsele, y sentenció que la indumentaria de todos los ciegos era blanca. Ellos lo creyeron y hablaban mucho de sus hermosas ropas blancas, aunque ninguno de ellos las llevaba de tal color. De modo que el mundo se burlaba de ellos, por lo que se quejaron al dictador. Éste los recibió de muy mal talante, los trató de rebeldes que adoptaban las necias opiniones de los que tenían vista. Esta cuestión suscitó la aparición de dos partidos.

Para sosegar los ánimos, el sumo príncipe de los ciegos lanzó un nuevo edicto, que declaraba que la vestimenta de los ciegos era roja. Pero esto tampoco resultó cierto. Las burlas crecieron y la comunidad de los ciegos estaba cada vez más quejosa. El jefe montó en cólera, y los demás también. La batalla duró largo tiempo y no hubo paz hasta que los ciegos tomaron la decisión de suspender provisionalmente todo juicio acerca de los colores.

Un sordo que leyó este cuento admitió que el error de los ciegos había consistido en atreverse a opinar sobre colores. Por su parte, sin embargo, siguió firmemente convencido de que los sordos eran las únicas personas autorizadas a opinar en materia de música".

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