En un mundo con demasiado ruido, egoísmo y dobles intenciones, hay personas que pueden sentir lo que otros no perciben, o hacerlo con una vehemencia tan profunda que el universo se muestra ante ellas como un abanico de realidades. Se las denomina "personas con alta sensibilidad" (PAS). La doctora Elaine Aron las definió como aquellas que perciben emociones y sensaciones de una manera muy intensa, ya sean positivas o negativas.

El amor es, en sus relaciones, intenso y doloroso. Disfrutan de su soledad y a la vez, sienten una profunda incomprensión desde que son niños. Un desconcierto casi desesperado de quien se percibe diferente, una pieza extraña en un mundo demasiado fascinante pero insensible a veces. A menudo sufren más que otros.

Las personas con alta sensibilidad están orientados plenamente a la "sociabilidad" y a la unión con sus semejantes. Ya desde pequeños poseen una gran intuición para detectar lo que sucede a su alrededor y los estados de ánimo de quienes les rodean. Y al igual que viven determinadas situaciones con gran entusiasmo y curiosidad, también experimentan sensaciones de angustia y confusión.

Aquellos detalles que las demás personas definen como sutiles, por ser muy difíciles de percibir, las personas con alta sensibilidad los detectan con facilidad, "leen entre líneas", captan la conducta no verbal de los demás. Y por su capacidad de empatía, hacen que todos se sientan apoyados, escuchados y ayudados. Tienden a cuidar a los cercanos porque son capaces de sensibilizarse con ellos y, si cuentan con un buen manejo emocional, pueden ser personas de gran ayuda en momentos difíciles.

Experimentan la tristeza o la alegría con mayor intensidad, sienten el sufrimiento ajeno, son muy intuitivos desde la infancia, muy sensibles al dolor, a la luz o a sonidos intensos. La vida pretende hacerles ver que siempre caminan a "contracorriente".

Es verdad que las personas altamente sensibles, han pasado mucho tiempo "sintiéndose diferentes". "Te tomas las cosas muy a la tremenda, eres exagerado", "es que todo te afecta", "es que no se te puede decir nada". Es muy posible que estas frases nos resulten comunes y hayan debilitado numerosas autoestimas, edificando esa figura incomprendida, ese blanco fácil donde van gran parte de las burlas y las críticas. Lamentablemente la alta sensibilidad es, para muchas personas, como habitar en el interior de un globo rodeado de alfileres.

En general, actuar sensiblemente es considerado como una debilidad. Por eso este tipo de personalidad, este modo de sentir o de emocionarse, es comúnmente castigado. Siempre hay escenarios hostiles y complejos. La competitividad, la rigidez estructural, las críticas, los gritos, agotan por completo mentes y energías. Mucha gente vive en un esfuerzo continuo por encajar en contextos poco facilitadores y hasta reactivos. Pero las emociones, el modo en que cada persona entiende y se relaciona con su entorno no puede vetarse ni sancionarse. Porque la alta sensibilidad no es algo que se tiene, es lo que somos.

Aunque socialmente se pretenda hacer percibir a la intensidad como algo malo, ser altamente sensible empuja a ser congruentes con lo que se siente interiormente; permitirse ser auténticos, conectarse productivamente con la vida, desarrollar la empatía a niveles inesperados. Decía Friedrich Schiller: "La verdad es para el sabio; la belleza, para el corazón sensible".

Este escrito es de Max Dextre: "A mi madre le decían loca, pero no era loca, era profesora. Hablaba diferente. Decía: -Los ojos sirven para escuchar. Yo tenía diez años de edad y pensaba que quizá mi madre era loca. Cierta vez me armé de valor y le pregunté: -Con qué miramos? Mi madre me respondió: -Con el corazón.

Cuando mi madre se levantaba de buen humor cantaba: -Hoy me he puesto mi vestido de veinte años. Yo sabía que no tenía veinte años y la miraba, nada más. Qué puede hacer un niño, sino escuchar? Si mi madre estaba triste decía estar vestida de niebla.

El día que terminé la escuela llegó tarde. Se disculpó diciendo: -Hijito, me demoré porque estuve buscando mi vestido de Primera Comunión, lo ves? Miré a mi madre y no estaba vestida de Primera Comunión.

Después tuvo ese accidente fatal. Me llamó a su lado, tomó fuerte mis manos y dijo: -No tengas pena, la muerte no es para siempre. Y pensé que no se daba cuenta de lo que hablaba. Era niño y no entendía sus palabras. Ahora tengo cincuenta años y recién comprendo sus enseñanzas.

Podemos tener 20 años y al día siguiente ochenta. Todo depende de nuestro estado de ánimo. Los ojos sirven para escuchar porque debemos mirar con atención a quien nos habla. Para conocer la realidad esencial de una persona, tenemos que mirarla con el corazón. La muerte no es para siempre, sólo muere lo que se olvida y a mi madre la recuerdo porque la quiero. Aprendí a mirar con el corazón.

Una noche, en sueños, le dije a mi madre: -Madre, te equivocas, no siempre el hijo de una loca tiene que ser loco; a veces es poeta. Por eso puedo decir con orgullo: "A mi madre le decían loca, pero no era loca, era profesora".

Más notas de

Lic. Aldo Godino

Dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir

Dejar la vanidad a los que no tienen otra cosa que exhibir

Desatando nudos en nuestra vida

Desatando nudos en nuestra vida

Personas con alta sensibilidad

Personas con alta sensibilidad

Megalómanos, los que se creen imprescindibles

Megalómanos, los que se creen imprescindibles

Ayudar y compartir nos hace plenos

Lo bueno de la amabilidad y la ternura: se pueden entrenar a cualquier edad

Priorizarse también es salud

Priorizarse también es salud

Tu mente y tus emociones también necesitan descansar

Tu mente y tus emociones también necesitan descansar

Cultivar nuevamente el sentido común

Cultivar nuevamente el sentido común

El sentido de la vida se escribe con calma

La mente y el corazón sosegados responden mejor

Las actitudes cotidianas son contagiosas

Las actitudes cotidianas son contagiosas