La semana que viene va a ser posible, finalmente, ver la mayoría (no todos) los largos de Walt Disney en muy buena copia gracias al arribo de Disney+ a la Argentina. Es una buena oportunidad para que este escriba trate de convencerlos de ver, al menos, los primeros cinco largos creados por el señor que cambió la manera como nos relacionamos con la fantasía. Porque, antes que nada, Walt Disney era un cineasta, un narrador de historias a través de imágenes, y si bien con el tiempo la empresa (cuya dirección perdió más de una vez) se transformó en algo diferente, la obra y el artista merecen consideración. Sin Disney, casi toda la fantasía -incluso el terror y la ciencia ficción- cinematográfica, especialmente desde la segunda mitad del siglo XX, serían diferentes en el cine. El hombre inventó cosas.

Primero: Disney dibujó más bien poco. Su talento consistía en narrar y, sobre todo, aunar el concepto y diseño visual al sentido del relato. Eso por un lado. Por el otro, era un utopista con una muy fuerte creencia -muy moderna, además- de que la educación del público pasaba, desde el nacimiento del cine, por lo audiovisual. Pero creía sobre todo en la cultura: de allí que optara por adaptar novelas y cuentos, y trabajara con la música como un ingrediente sustancial para sus obras. Además era un artista "realista": diseñaba todo de tal modo que el espectador olvidase que se trataba de un dibujo, algo que "no se movía solo".

En 1937, estrenó el primer largo animado en colores y sonoro, Blancanieves y los siete enanitos. Es necesario aclarar que no había computadoras entonces. Todo se hacía a mano. ¿Qué hay que ver en este cuento, que es la educación de una joven en el mundo de la familia (ok, puede parecer anacrónico hoy, pero estábamos en el mundo que salía de la Gran Depresión, que había destruido familias)? Primero, el detalle: el uso de la luz, del efecto tridimensional provisto por la cámara multiplano, que cada personaje, por muy pequeño que sea, tiene su propia personalidad y movimiento. Luego, los efectos terroríficos, especialmente en dos momentos: la huída de Blancanieves por el bosque (con su imaginería sexual muy evidente, de árboles que acosan de modo fálico) y la transformación de la Reina en bruja. Ese segundo momento no solo habla de la obsesión por la belleza hasta el absurdo, sino que figura entre los grandes momentos del cine de terror. Técnicamente, el filme es asombroso.

En 1938, Pinocho llevó todavía más lejos la cuestión técnica, hasta una perfección que asombra. Aquí hay un cambio notable respecto de la novela: en el libro original, Pinocho es un pícaro que hace maldades sin saberlo. En la película, es un inocente que tiene que aprender cómo es el mundo para volverse humano. Toda la película está narrada por Pepe Grillo (es un largo flashback, eso es asombroso como estructura narrativa) y si Blancanieves era educar a una chica para ser madre, aquí es educar a un chico para salir al mundo. También parece anacrónico, pero no deja de ser, también, asombroso. La transformación del niño en burro es, además, un gran momento de uso del fuera de campo en el cine.

La película más ambiciosa de esos primeros cinco largos fue Fantasía. Su intención era educar en la música clásica a quienes -en aquellos tiempos era más normal- no accedían a la "gran música". Pero además es un compendio de otras cosas educativas: con La consagración de la primavera, narra la vida en la Tierra desde su origen (la pelea de dinosaurios es modelo de todo Jurassic Park); compendia la mitología griega con Beethoven; muestra el ciclo de las estaciones con la sorprendente suite del Cascanueces y culmina con la lucha moral entre el Diablo y Dios (tal cual) con el doblete Una noche en el monte Calvo y el Ave María. Los críticos de entonces creían que se banalizaba la "gran cultura" y la despreciaron. Hoy es una obra clave, de culto, del cine del siglo XX.

El fracaso de Fantasía en la taquilla y la Segunda Guerra Mundial obligaron a Disney a hacer una película rápida, con técnicas menos elaboradas. Fue Dumbo, un éxito gigantesco (y breve, dura hora y cuarto) que es el único filme animado realizado durante su vida que transcurre en los EE.UU. contemporáneos. Hoy podría ser perfectamente una película sobre el bullyng, con su elefantito orejón despreciado por todos hasta que encuentra su propio valor. Pero vale sobre todo por la secuencia de la borrachera, probablemente el momento más lisérgico de la historia del cine hasta entonces, y tan cómico como pesadillesco. Pocas veces Disney -que ahí parodia su propia Fantasía- llegó tan lejos.

El último gran filme de esa primera época es Bambi. Técnicamente, es la película más elaborada (basta ver la evolución en los diseños animales desde Blancanieves), y de hecho obligó a sus dibujantes a "reaprender"  dibujar de natural para hacerla. Puso un zoológico en los estudios para que tomaran modelos, además. Es la primera de sus películas que carece de elementos fantásticos: si de deja de lado que los animales hablan (nota: en el mundo Disney, los animales solo hablan entre sí, no con humanos, a menos que sean humanos hechizados; hasta ahí llega su realismo) el filme es un documental sobre el primer año y medio de vida de un ciervo. Sí, claro: la muerte de la mamá de Bambi, la secuencia más traumática para varias generaciones. Es poco menos que un minuto y nunca, jamás, vemos a la madre. Solo el disparo, la desesperación del ciervo, el desenlace con el Gran Príncipe. Todo sigue las reglas de la naturaleza en esa película perfecta, incluso de la terrible naturaleza humana, el gran villano invisible del filme. Será bueno repasar todo esto y descubrir que no es como lo recordamos sino mucho mejor y más adulto.

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Leonardo Desposito

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