No resulta difícil determinar que el actual gobierno de Bolivia es de facto. El hecho de que las Fuerzas Armadas intervinieron en la salida del poder de Evo Morales y de que Jeanine Áñez se proclamó presidenta ante un Parlamento sin quórum por la ausencia del MAS deberían alcanzar para eso.

Sin embargo, este régimen, ilegítimo por su origen y dictatorial en su autoritarismo, parece tener una especial preocupación por mantener una fachada de imperio de la Constitución, guiado por la máxima "dime de qué presumes y te diré de qué careces".

Aparente respeto por la sucesión presidencial, juramento ante el Congreso, autoproclamación como presidenta "constitucional". Exactamente el mismo patrón que el gobierno de Roberto Micheletti que hace diez años "reemplazó", por decirlo eufemísticamente, al presidente Manuel Zelaya en Honduras.

Lejos estamos, por ahora, de los numerosos casos del siglo pasado en los que algún comandante, a quien nunca nadie había elegido para nada, se "hacía cargo del Gobierno" en nombre de las Fuerzas Armadas, jurando rodeado de militares en la casa de gobierno porque el Parlamento había sido clausurado (los casos de Lonardi y Aramburu sirven de testigo en Argentina).

Más lejos estamos, también por ahora, de los casos de los 60 y 70 en los que la Constitución se veía subordinada a un "estatuto revolucionario", el presidente era nombrado por una junta militar y venía a decir que se quedaría años en el poder para reformar las instituciones (como ya dijo ODonnell con su famoso Estado burocrático-autoritario). Como afirma Borón, en ese momento "una dictadura era vista como un elemento casi folklórico de la vida política latinoamericana".

Aunque, por supuesto, ninguna garantía está dada ni a corto plazo, porque lejos estábamos hasta hace un mes de que medio continente reconociera a un gobierno de facto como legítimo. Lo que parece evidente es que la democracia se muestra, una vez más, como un mero lugar de contención y tironeo de fuerzas que no siempre es suficiente. Se puede moldear, deformar y, a veces, romper.

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Javier Slucki

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