Las diferencias que existen entre Estados Unidos y Corea del Sur, con respecto al discurso guerrero de Corea del Norte, renuevan la discusión sobre si un aliado debe aceptar pacientemente lo que sugiere su protector. Por eso, más allá de que Donald Trump no visitará durante su gira de 10 días por Asia la conflictiva frontera del paralelo 38 que divide a las dos Coreas, el viaje del mandatario adquiere una particular importancia para la península coreana. 

Sin duda, la intención de Trump es respaldar a sus aliados en esa región (Japón, Corea del Sur, Vietnam, China y Filipinas) que se sienten amenazados por el poderío nuclear de Corea del Norte. En medio de este panorama, el presidente norteamericano permanecerá dos días en Corea del Sur, el 7 y el 8 de noviembre, con la esperanza de ser recibido como un protector de los surcoreanos. ‘No hay duda: Trump estará bañado con una hospitalidad poco común en Corea del Sur, cuando visite este país la semana próxima”, dice Lee Seong-hyon, columnista del diario Korea Times.

"La robustez de la alianza bilateral y la capacidad de democracia compartida se pondrá de relieve, por no mencionar su postura de disuasión contra la beligerante Corea del Norte”, señala Lee en un artículo en la página online de ese diario. Sin embargo, el analista advierte que existe un creciente temor en el sur de la península de que Trump “pueda ser el presidente estadounidense que iniciará la Segunda Guerra de Corea. Incluso hay una opinión que eso conduciría a la Tercera Guerra Mundial”. En la Guerra de Corea (1950-1953), la Casa Blanca respaldó a los surcoreanos, mientras que China y Rusia apoyaron a Corea del Norte.

La contienda bélica finalizó con un acuerdo de armisticio, conocido como Paz de Panmunjom. Otros analistas creen que la relación con Washington ha atravesado un terreno inestable en los últimos años, ya que Seúl ha sido “marginado” durante la crisis con Corea del Norte. Sin embargo, el primer ministro japonés, Shinzo Abe, comparte la línea dura de Trump con respecto a Pyongyang. Por un lado, el mandatario prometió “fuego y furia” contra el gobierno encabezado por Kim Jong-un, a raíz de sus amenazas de lanzar un misil contra la isla de Guam en el Océano Pacífico, considerada territorio estadounidense.

Pero, a diferencia de Abe que apoya a rajatabla a Trump, el presidente surcoreano, Moon Jae-in advirtió en agosto: “Nadie debería permitirse decidir una acción militar sobre la península de Corea sin llegar a un acuerdo con Corea del sur”. Por distintos motivos, las relaciones entre Washington y Seúl no atraviesa un gran momento, ya que la Casa Blanca no ha nominado aún a su embajador en Corea del Sur desde que Trump llegó al gobierno en enero pasado. Los surcoreanos tienen otro problema: China. Beijing está molesto porque Estados Unidos desplegó un sistema defensivo de misiles en Seúl conocido como THAAD, por sus siglas en inglés, lo que considera una amenaza.

Por eso, el presidente Moon llegó recientemente a un acuerdo con su colega chino, Xi Jinping, para mejorar las relaciones diplomáticas entre ambos países. Cuando se analiza el poderío militar de las dos Corea, se destaca que Corea del Sur no es un estado nuclear como Pyongyang. De todos modos, a principio de octubre, el ministro de Defensa surcoreano, Song Young-moo, y el secretario de Defensa estadounidense, James Mattis, discutieron la posibilidad de que las armas nucleares norteamericanas regresen a Seúl. En 1991, Washington retiró todas sus armas atómicas de Corea del Sur. Una reciente encuesta de Gallup, citada por la prensa, señala que el 60 por ciento de los surcoreanos apoya el desarrollo nacional de armas nucleares.

Ante la posibilidad de una guerra con su vecino del norte, Corea del Sur ha desarrollado la denominada “bomba blackout”, capaz de paralizar la red eléctrica de Pyongyang sin causar víctimas, informó la agencia de noticias Yonhap. Este tipo de bombas, de grafito, provocan la interrupción de la energía eléctrica sin destruir las centrales. Más allá de su conflicto con Corea del Norte, Trump ha tenido una actitud enérgica con Seúl a la que amenazó con retirar a Estados Unidos del Tratado de libre comercio (TLC) que tiene con ese país desde hace cinco años. El 5 de octubre, Washington firmó un acuerdo para fortalecer los beneficios entre ambos países, ya que la Casa Blanca considera que el tratado conocido como KORUS ha incrementado su déficit comercial con ese país asiático.

Lo concreto es que los aliados asiáticos de la Casa Blanca están preocupados por la beligerancia que muestra gobierno norcoreano de Kim, sancionado con una serie de medidas económicas por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Las sanciones fueron respaldadas también por China, país que absorbe el 90 por ciento del comercio exterior de Norcorea. Trump ha enfrentado las amenazas de Kim con extrema dureza. Se cree que si Washington realizara un sorpresivo ataque contra Corea del Norte, los primeros que sufrirían las consecuencias serían Seúl y Japón.

Estados Unidos tiene tropas acantonadas en Corea del Sur (unos 35.000 soldados) y en la isla japonesa de Okinawa, considerada la más estratégica de Asia, que alberga el 74% de las instalaciones militares norteamericanas. El viaje de Trump busca aceitar el terreno diplomático para contener a Pyongyang y a su temido arsenal nuclear. Sin embargo, está claro que no todos los aliados piensan lo mismo que Washington, sobre todo el presidente surcoreano que rechaza la retórica beligerante del magnate estadounidense.