La pandemia de coronavirus podría revertir tres décadas de logros en las oportunidades económicas para las mujeres, ya que las desigualdades en el teletrabajo ampliarían las brechas de género.

Así lo aseguró el Fondo Monetario Internacional (FMI) en un trabajo que lleva como una de sus cuatro coautoras a la directora gerente, Kristalina Georgieva.

"Debido a la naturaleza de sus trabajos, el teletrabajo no es una opción para muchas mujeres", asegura el texto publicado en un blog de la página web del FMI. El trabajo lleva como título "'La brecha de género COVID-19".

El artículo de Georgieva y tres altos funcionarios de investigación del FMI ( Stefania Fabrizio, Cheng Hoon Lim y Marina M. Tavares) continúa diciendo que la pandemia "amenaza con revertir los logros alcanzados en oportunidades económicas para las mujeres, ampliando las brechas de género que persisten a pesar de los 30 años de progreso".

El documento expresa que un diseño adecuado de las políticas para impulsar la recuperación puede mitigar los efectos negativos de la crisis sobre las mujeres y evitar nuevos retrocesos en la igualdad de género, lo que a la larga será positivo para abordar temas como la desigualdad de ingresos, el crecimiento económico y la resiliencia.

Las especialistas señalan varias razones para el retroceso en medio de la pandemia. Consideran que, en primer lugar, las mujeres tienden a trabajar más que los hombres en los sectores sociales, como son las industrias de servicios, comercio minorista, turismo y hospitalidad, que requieren interacciones personales. Y precisamente son estos sectores los más afectados por las medidas de distanciamiento social.

Señalan que sólo en Estados Unidos, el desempleo entre las mujeres fue dos puntos porcentuales superior al de los hombres entre abril y junio de 2020 y que, debido precisamente a la naturaleza de sus empleos, el teletrabajo no es una opción.

En Estados Unidos, aproximadamente el 54% de las mujeres que trabajan en sectores sociales no pueden hacerlo a distancia. En Brasil, ese porcentaje se eleva a 67 por ciento. Agregan que en países de bajos ingresos, apenas el 12% de la población puede trabajar a distancia.

En segundo lugar, también en los países con bajos ingresos, las mujeres tienden a trabajar en el sector informal más que los hombres. El empleo informal —que suele remunerarse en efectivo— deja a las mujeres con un salario menor, sin las redes de protección de la legislación laboral y sin prestaciones como jubilación o un seguro médico, y además se ha visto seriamente afectado por la crisis de la pandemia.

En Colombia, la pobreza entre las mujeres ha aumentado un 3,3% debido a la paralización de las actividades económicas. La Organización de las Naciones Unidas estima que la pandemia aumentará en 15,9 millones el número de personas que vive en condiciones de pobreza en América Latina y el Caribe, hasta situarlo en 214 millones de personas, muchas de ellas mujeres y niñas, resalta el informe conjunto.

En tercer lugar, las mujeres tienden a realizar más labores domésticas no remuneradas que los hombres, unas 2,7 horas al día más, ya que son quienes soportan la carga de las responsabilidades del cuidado familiar derivadas de las medidas de paralización, como los cierres de escuelas y las precauciones para los padres mayores y vulnerables.

Sumado a esto, cuando se levantan las medidas de restricción, la evidencia muestra que la vuelta al trabajo de las mujeres está siendo más lenta. En Canadá, el informe sobre empleo de mayo muestra que el empleo de las mujeres aumentó en 1,1%, en comparación con el 2,4% de los hombres, debido a que persisten cuestiones relacionadas con el cuidado de los hijos. Además, en las familias con al menos un hijo menor de 6 años, es aproximadamente tres veces más probable que el padre vuelva al trabajo a que lo haga la madre.

En cuarto lugar, señalan Georgieva y sus coautoras, las pandemias suponen para las mujeres un mayor riesgo de pérdida de capital humano. En muchos países en desarrollo, las chicas jóvenes se ven forzadas a abandonar la escuela y trabajar para complementar el ingreso del hogar. De acuerdo con el informe del Fondo Malala, el porcentaje de niñas que no asisten a la escuela prácticamente se ha triplicado en Liberia tras la crisis de ébola y, en Guinea, las niñas tienen una probabilidad un 25% menor que los niños de volver a matricularse. En India, desde que entró en vigor el confinamiento de la COVID-19, en los principales sitios web de matrimonios las nuevas inscripciones han registrado aumentos del 30%, debido a que las familias quieren concertar matrimonios que aseguren el futuro de sus hijas. Sin educación, estas niñas sufren una pérdida permanente de capital humano, lo que interrumpe el crecimiento de la productividad y perpetúa el ciclo de pobreza entre las mujeres.

Para las autoras, es fundamental que las autoridades económicas de los distintos países adopten medidas que limiten los efectos prolongados de la pandemia en las mujeres. Por ejemplo ampliar el apoyo a los ingresos de la población vulnerable, preservar los vínculos laborales, ofrecer incentivos para compaginar el trabajo con las responsabilidades del cuidado familiar, mejorar el acceso a la atención sanitaria y la planificación familiar y ampliar el apoyo a las pequeñas empresas y trabajadores independientes.

A más largo plazo, postulan la elaboración de políticas que aborden la desigualdad de género mediante el establecimiento de condiciones e incentivos para que las mujeres trabajen. Y consideran especialmente eficaces las políticas fiscales con perspectiva de género, como la inversión en educación e infraestructura, los subsidios para el cuidado de los hijos y los permisos parentales.

Para Georgieva y las otras autoras del trabajo, estas políticas no solo son cruciales para eliminar factores que impiden el empoderamiento económico de las mujeres, sino que también son necesarias para fomentar una recuperación inclusiva tras la COVID-19.