El fallecido ex presidente Carlos Saúl Menem dio lo que él llamaría un “giro copernicano” al posicionamiento internacional de la Argentina, de la mano de un alineamiento sin fisuras con las políticas de los Estados Unidos, que incluyó la condena al gobierno cubano durante toda la administración menemista, la participación de naves argentinas en la Primera Guerra del Golfo, el desmantelamiento del proyecto de misil nacional de alcance medio “Cóndor II”, y un progresivo acercamiento con Gran Bretaña de la mano de la “desmalvinización” de las relaciones bilaterales con Londres, entre otros puntos.

El alineamiento con Washington llegó al punto de ser calificadas como “relaciones carnales” por el entonces canciller argentino Guido Di Tella, y abarcó tanto la gestión del mandatario republicano George Bush (padre) como las del demócrata Bill Clinton. Ambos pisaron suelo argentino con Menem como presidente, en gestos de inequívoco apoyo a la gestión del riojano. Ambos mandatarios estadounidenses calificaron a Menem como “un líder de la región”, un calificativo sólo reservado para estrechos aliados estadounidenses.

Claro que ese posicionamiento no fue gratuito, sino que fue de la mano de lo que posteriormente fue conocido como “el consenso de Washington”, y que implicó para los países que lo aceptaron la adopción de “reformas estructurales” que incluyeron medidas de ajuste fiscal, privatizaciones de empresas estatales enmarcadas en lo que se conoció como Plan Brady, despidos masivos y reducción de las plantillas de personal del Estado, y el seguimiento y supervisión de las políticas económicas nacionales por parte de entidades como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, cuya asistencia se volvió imprescindible luego de la instauración de la Convertibilidad por parte del ministro de Economía de entonces (y primer canciller de la gestión Menem), Domingo Cavallo. El esquema de Caja de Conversión (un peso=un dólar) requería del ingente ingreso de dólares cada año, para lo cual el respaldo de los organismos multilaterales era fundamental.

La “confiabilidad” del entonces presidente argentino para Washington no se tradujo automáticamente en un tratamiento similar por parte de Gran Bretaña, que bloqueó repetidas veces la provisión de material bélico por parte de Estados Unidos a la Argentina (algo que sigue haciendo). Durante el menemismo se acuñó la figura del “paraguas de soberanía” en referencia a las Islas Malvinas, lo que implicó avanzar en distintas áreas (sobre todo comerciales) en el “descongelamiento” de las relaciones bilaterales, pero sin tocar el tema de la pertenencia de las islas, histórica y sólidamente reivindicadas por la Argentina pero ocupadas por los británicos desde 1833, y por la cual se llegó a una guerra en 1982.

La política “de seducción” planteada por Menem fue vehiculizada por Di Tella, quien en diciembre de 1993 envió a las 600 familias que vivían en las islas videos del dibujito animado Pingu de la BBC de Londres. Un año después, en diciembre de 1994, el canciller mandó una foto familiar en donde posaba junto a sus nietos, y escribió acerca de su esperanza de que ellos pudieran visitar el archipiélago en un futuro.

Ya en 1996 fue el turno de ejemplares de El Principito, de Antoine Saint Exupéry, en inglés, junto con la frase más célebre del texto: Lo esencial es invisible a los ojos. En el 97 el regalo fue un libro de historia de la Patagonia, también escrito en inglés. En 1998 fue el regalo más polémico de todos: el osito Winnie Pooh, que quedó como el ejemplo de la jugada diplomática que no consiguió mejorar la inquina de los kelpers hacia los argentinos.

No obstante, Menem efectivamente llegó a "descongelar" el vínculo bilateral, a tal punto que pudo realizar una gira por suelo británico en 1998, que incluyó ser recibido en el palacio de Buckingham por la reina Isabel II. Finalmente, en julio de 1999, se dió el que sería el mayor logro respecto del tema Malvinas, que fue la autorización para que ciudadanos con pasaporte argentino pudieran visitar las islas. 

Otro ejemplo del alineamiento con EE.UU. fue la venta de material militar argentino a países en los que existían conflictos y en los que Washington no quería aparecer abiertamente favoreciendo a ningún bando. De allí derivaron los envíos de material bélico de origen argentino a Croacia en 1992, en plena guerra étnica luego de la caída de la Unión Soviética y el desmembramiento de Yugoslavia, y también a Ecuador (1995), que se encontraba en conflicto limítrofe con Perú, país que en su momento había apoyado con aviones y material a la Argentina en la Guerra de Malvinas. Ambos sucesos habrían llevado a la explosión de la Fábrica Militar de Río Tercero en 1995, con el fin de borrar pruebas de los ilícitos, de acuerdo con la investigación judicial. La voladura ocasión la destrucción parcial de la ciudad, con un total de siete muertos y centenares de heridos.

Como corolarios del nuevo alineamiento internacional argentino durante el menemismo cabe mencionar también los atentados contra la Embajada de Israel (1992) y contra la Amia (1994), que fueron relacionados con el envío de naves argentinas al Golfo Pérsico y a la guerra en los Balcanes, aunque ninguno de esos hechos fue claramente esclarecido.

La “frutilla del postre” para Menem fue la declaración de la Argentina como “Aliado Extra OTAN” de Estados Unidos, ocurrida en 1997, condición que el país mantiene todavía.

Tal vez los únicos puntos oscuros para el gobierno de esa década en la Argentina fueron las permanentes alusiones de los embajadores estadounidenses (primero Terence Todman y después James Cheek) a la corrupción, que se corporizó en hechos como el denominado “Swiftgate” y amenazas contra representantes de empresas estadounidenses que buscaban afianzar su presencia en el país, como Federal Express.

Tras la salida de Menem de la presidencia, la explosión de la Convertibilidad y la crisis del 2001 primero y la presidencia de Néstor Kirchner después modificaron sustancialmente la política exterior argentina, con un acercamiento a las naciones de la región y un alejamiento de las políticas de Washington, dejando atrás lo que el politólogo Carlos Escudé caracterizó con una definición que quedó en la historia: el “realismo periférico”.

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Hector Medina

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