A tan solo dos meses del día de votación en Estados Unidos, la campaña presidencial está que arde. Los candidatos, el actual presidente Donald Trump y el ex vice de Obama, Joe Biden, cristalizan la histórica rivalidad entre republicanos y demócratas. Ésta reñida competencia llega a todas las áreas de la sociedad. Podemos verla en televisión, redes sociales, y entre los intelectuales de la ciencia política.

Pero por más discusión que pueda haber, todo se resume en el campo más tangible de una elección: los votos.  Estados Unidos históricamente dividió sus elecciones en un binomio de partidos, el Republicano y el Demócrata. Factores como el origen étnico, la clase social, la geografía y las creencias, intervinieron sobre los votantes consolidando el dominio de alguno de los partidos en distintas regiones del país.

Es así que llegamos a estados típicamente de uno u otro partido; los “Red States” o Estados Rojos para los republicanos (Texas, Utah y Kansas), asociados a la clase rural del centro del país; y los “Blue States” o Estados Azules para los demócratas (Rhode Island, Massachusetts y el distrito de Columbia), asociados a las ciudades más cosmopolitas, de origen diverso y en las costas del país.

Estados con poca fidelidad 


Si bien se puede asociar a la mayoría de los estados con un color, existe una tercera opción. Estos son los llamados “Swing States” o estados oscilantes, también llamados estados púrpura. En estos casos lo que sucede es que no hay un claro favoritismo por uno de los partidos, y además de cambiar de preferencia elección tras elección, son los que suelen definir el resultado general de la votación.

Trum repite fórmula 

Por ejemplo, tomemos el caso de Florida, un estado que en las elecciones de 2016 se inclinó por la opción republicana, otorgando a Trump, 29 votos clave para llegar a los 270 necesarios para asumir la presidencia. Pero este mismo estado, en 2008 optó por la fórmula Obama-Biden, que, además de Demócrata, hoy es contrincante de Trump. Colorado, Florida, Ohio y Carolina del Norte son típicamente la bisagra en las elecciones, aunque hay otros como Iowa, Michigan, Minnesota, Nevada, New Hampshire, Pennsylvania y Wisconsin, que también son conocidos como clásicos swing states.

¿Por qué estos definen la elección? En el sistema de colegio electoral, cada estado aporta una cantidad determinada de votos según el candidato más elegido en ese estado, es decir que si Trump obtiene el 55% de los votos en Florida, recibe la totalidad de los 29 escaños del estado. Es un sistema en el que el ganador se lleva todo.

¿Por qué oscilan estos estados? Las circunscripciones suelen estar caracterizadas por algún partido, entonces sí un año votan más personas de un partido, el estado pasa a ser de un color, pero nada impide que al año siguiente el partido opuesto lleve más gente a las casillas de votación. También puede ocurrir el polémico fenómeno de gerrymandering, que implica reorganizar las distintas circunscripciones dentro de un estado, cortandolas a piacere, dejando siempre mayorías de algún partido beneficiado.

Al día de hoy, estos estados son el campo de batalla electoral. Las encuestas presentan a Biden con una muy leve superioridad, pero esto no es indicador de nada, dado que en 2016 presentaron a Clinton con una diferencia más holgada. A su vez, el equipo de campaña de Trump parece haberse enfocado en las minorías de los swing states, lo cual puede revertir la balanza a su favor. Está más que claro que la competencia este año será voto a voto y, en la elección norteamericana, todo está por verse.

Biden y Kamala Harris 

El segundo lugar de la fórmula, más que diferentes 

A cien años de la obtención del voto femenino en Estados Unidos, la senadora e hija de inmigrantes Kamala Harris aceptó la nominación como candidata a vicepresidente del Partido Demócrata.Es la primera mujer negra en integrar una fórmula y lleva la delantera en las críticas hacia Trump: “La convención republicana está diseñada con un propósito: calmar el ego de Donald Trump. Pero es el presidente de Estados Unidos, y se supone que tiene que ver con la salud, la seguridad y el bienestar del pueblo. Ahi, ha fracasado”.

El vice de Trump, por el contrario, es la “cara sobria” de la fórmula. A los 61 años, se define seguido como “un cristiano, un conservador y un republicano, en ese orden”. Dos acciones que lo pintan: fue muchas veces la cara de la derecha republicana nucelada en el Tea Party y se opuso en forma enérgica a las políticas ambientalistas durante el Gobierno de Obama, pero sin las estridencia que tiene el actual presidente.