Cerró el bar restaurante La Rambla, un clásico de Recoleta. Ubicado en la esquina de Posadas y Ayacucho, a pasos del Alvear Hotel, era uno de los lugares elegidos para almorzar por los escritores Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares. Con 57 años, no pudo resistir a la pandemia.

Los dueños originales eran los inmigrantes gallegos Manuel Suárez y su mujer, Carmen Castiñeiras. Llegados desde La Coruña con mucho sacrificio, lograron comprar el local. Cuando don Manuel, ya estaba muy grande, lo continuó su hijo Rubén Manuel Suárez, abogado, reconvertido en empresario gastronómico.

La Rambla hasta sus últimos días fue administrado por otro de los hijos de los fundadores, Pablo Suárez, de 50 años. Sin poder ocultar su angustia y entre lágrimas contó a  LN: “Tratamos de seguir la tradición familiar, siempre nos inculcaron el respeto hacia los demás, no endeudarnos, gastar lo que se podía gastar y el resto guardarlo. Mi madre siempre me repetía un refrán gallego: ‘guarda risas por si algún día hay que llorar’”.

Los clientes famosos de La Rambla

El periodista Jorge Asís era uno de sus clientes habituales, siempre se lo veía, sólo o acompañado. Por La Rambla iban todos, políticos, empresarios, era un lugar de cita obligada para reuniones. Aunque era un chico y las mesas estaban bastante juntas, tenía un público fiel.

El plato favorito era el sándwich de lomo, no había turista ni argentino que se resista. Hasta Robert Duvall estuvo ahí. Se ofrecía en cuatro versiones: La Rambla, completo, porteño y americano. El completo sumaba jamón, el porteño tenía morrones, el americano se servía con huevo fritos y rebanadas de panceta y el de la casa estaba acompañado de tomate y lechuga.

El heredero de los Suárez recuerda que cuando era chico y se iba a pasear al Italpark, de Callao y avenida Libertador, volvía al bar a comer un tostado mixto y una Cindor. “Mi papá nos mandaba para arriba, no teníamos que molestar a los clientes. A veces iba desde Carlos Monzón hasta Federico Peralta Ramos, políticos, actores, todos se sentían cómodos”, contó.

Sin poder contener la angustia, Pablo Suárez confesó: “Llegamos al fin. Es imposible mantener toda la estructura y la carga impositiva. Quiero agradecerles a mis empleados, me conocen desde chico, no fue fácil decirles que cerraba. Lloraban y terminé consolándolos yo, los clientes me llamaron, me golpeaban la puerta y me decían me matas”.

No pudo pagar los sueldos

El staff completo de La Rambla lo integraba su dueño con sus 14 trabajadores, que gracias al Estado pudieron cobrar su ATP y con ese dinero, tenían que arreglárselas hasta el mes siguiente. No sólo no tenían propinas, sino que además, el propietario de La Rambla no les podía pagar el 25% restante para poder completar el 75% que firmaron con el gremio gastronómico.

“No podía pagarles todo el sueldo, las cargas sociales, la carga impositiva es insoportable, teníamos cero ingreso desde el 19 de marzo. Cerramos un día antes de la fecha que decretó el Gobierno, porque ya no había gente en la calle. No podía seguir manteniendo todo, expensas, luz, gas, cable y teléfono. No quiero pedir préstamos a los bancos, por más que me digan te doy $10 millones a tasa cero, no lo agarro porque no se cuando lo voy a poder pagar”, señaló el dueño de La Rambla.

Sabe que el panorama de la post cuarentena también es complejo. “No sé ni cuando podré abrir y encima el protocolo exige cubiertos y platos descartables, encima si exigen un distanciamiento de dos metros a mi quedan cuatro mesas”, señaló al programa de televisión La Otra vuelta.

Durante toda la nota, Pablo Suárez se esforzó por no llorar, pero no lo consiguió. Se le entrecortaba la voz, se emocionaba y decía: “Me acuerdo de mis padres, de todo su sacrificio. Cerrar por la pandemia es muy doloroso. La idea es que si no somos nosotros, que lo siga alguien como bar, por la memoria de la familia”.

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Graciela Moreno

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