Todos lo sabemos, la crisis sanitaria trajo asociados cambios significativos en nuestras vidas. En ese contexto, uno que se destaca por su imparable crecimiento es el uso del dinero digital. El aislamiento social impulsó nuevas maneras de relacionarse con el dinero, dejando de lado el uso del tradicional efectivo para incrementar la preferencia por los medios de pago electrónicos.

En nuestro país, y según los datos del Banco Central, más del 95% de la población adulta tiene una cuenta, desde aquí podemos inferir que el primer paso para incluir está “casi” logrado.

Sin embargo, es necesario reconocer el largo camino que tenemos por delante para garantizar que ese proceso sea sustentable y que, a su vez, contribuya a mejorar el acceso al financiamiento y potencie las habilidades financieras de las mujeres creando mejores oportunidades.

Para ello debemos ampliar el concepto de inclusión, dar un paso de horizonte amplio e incorporar una mirada centrada en los usuarios para diseñar productos, servicios y experiencias saludables dentro del sistema.

Pasar de la inclusión a la salud financiera debe ser nuestro objetivo a la hora de entregar o de solicitar un préstamo personal, a la hora de adquirir un seguro, de invertir nuestros ahorros o de crear un recorrido de experiencia comercial si estamos liderando los procesos de inclusión. Centrarse en el bienestar financiero de las personas es actualmente el verdadero ganar-ganar.

El concepto de salud financiera o de bienestar financiero da cuenta de las posibilidades y de las herramientas que una persona o una familia tienen para poder gestionar sus obligaciones financieras actuales y, al mismo tiempo, sentir “seguridad” (o menos ansiedad) respecto del futuro financiero.

Esto es, nada más y nada menos, que contar una buena y segura gestión de nuestros recursos, lo cual dependerá mucho de nuestros ingresos pero también de la manera en la que nos vinculemos con el dinero.

La relación con nuestras finanzas implicará adquirir estrategias para afrontar situaciones imprevistas, pero también requerirá una plena conciencia sobre la necesidad de contar con conocimientos sobre el funcionamiento del sistema financiero, de los medios de pago electrónicos y de todo aquello relacionado con el dinero para que nuestra gestión y administración desarrollen aspectos resilientes.

Estar “saludables financieramente” implica que podemos hacer frente y recuperarnos de los impactos negativos, ya sea porque hemos prevenido el sobreendeudamiento, porque sabemos cómo iniciar el reclamo frente a un robo de identidad o porque hemos evitado invertir en propuestas “fascinantes” que luego resultan ser estafas.

Los ejemplos mencionados requieren capacidades financieras; esto significa aprendizajes concretos sobre el mundo del dinero, sobre el sistema (sus procesos y lenguajes) y sobre nuestros derechos.

Quedará para los responsables de las políticas públicas el desafío de promover la salud financiera de las personas a través de la creación de programas de educación financiera con perspectiva de género (segmentados por etapas de la vida y por las necesidades), diseñar mecanismos que garanticen la vigencia y la reparación de los derechos cuando sean vulnerados, como por ejemplo a través de un sistema de protección del usuario que sea ágil y eficiente, así como también de diseños que incorporen estadísticas financieras no binarias que permitan comprender la realidad de las personas LGTBIQ+ en nuestro país.

* Licenciada en psicología. Especialista en comportamiento económico. Ex directora nacional de Inclusión Financiera y Financiamiento Social en el Ministerio de Economía