Más allá del contexto económico desfavorable, las startups europeas ven a América latina, y puntualmente a Argentina, como un mercado lleno de oportunidades y con perspectivas de crecimiento.

Por eso no llama la atención que en el último tiempo hayan desembarcado una gran cantidad de empresas teconológicas del Viejo Continente y que otras se estén preparando para llegar al país.

StubHub, nacida en Madrid como Ticketbis y renombrada tras ser comprada por eBay, vio una oportunidad en la falta de organización que había en Argentina a la hora de comprar una entrada para asistir a un espectáculo.

Ya cuenta con estructura propia no sólo en Argentina, sino también en México y Brasil, además de otros cuarenta países alrededor del mundo.

Otro caso es el de Lingokids, la aplicación interactiva de aprendizaje de inglés que, enseña el idioma a niños a través de actividades, videos, juegos y canciones. También nació en Madrid (España) y está en 180 países. Desembarcó en Argentina y la región el año pasado y planea profundizar su presencia en Latinoamérica.

Los franceses Charles Carette, Rémi Beaufils y Timothée Jauffret, son los co fundadores de Bambox. Ellos se conocieron en el país y se inspiraron en las experiencias de sus amigos argentinos con niños pequeños para lanzar la plataforma. "Observamos que la compra de productos para el bebé era una parte considerable del presupuesto de las familias pero también que era algo que ocupaba un tiempo no despreciable, sobre todo si la necesidad de ahorro obligaba a comparar precios para compras que no esperan y que a veces se tienen que concretar a horas insólitas", explicaron.

Carette agrega que "la existencia de mano de obra calificada para el sector tecnológico (programadores, diseñadores y editores de video) es otro punto a favor de, en este caso, la Argentina, para que se instalen startups extranjeras".

Otro de los desembarcos destacados es de los fundadores de Trideo. Dos franceses y un belga se establecieron en Argentina para dedicarse a la fabricación y servicios para la impresión 3D y como cuentan los inicios no fueron color de rosa. "Con una inversión inicial de US$15.000, estuvimos sobreviviendo, en todo sentido, es decir desde comer, movernos, pagar el alquiler, investigar y comprar los materiales para las primeras máquinas hasta concretar la primera venta 9 meses después. Una odisea", rememora Nicolás Berenfel.

"El concepto de emprendedor era casi desconocido a principios de los años noventa del siglo pasado en la mayor parte de los países de América Latina y el Caribe. El término se asociaba a aquellas personas que habían perdido el empleo y que, mientras encontraban otro, optaban por la alternativa de montar un pequeño negocio. Pero esta idea se transformó una vez iniciado el nuevo milenio", señala Susana García-Robles, jefa de operaciones financieras del Fondo Multilateral de Inversiones (Fomin), el laboratorio de innovación del grupo Banco Interamericano de Desarrollo ( BID).

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