La guerra de gestos había empezado la noche del domingo. El presidente Alberto Fernández se manifestó el lunes presentándose con todos los ministros cuestionados por el kirchnerismo. Por ese entonces, los reproches eran aislados y no se podían presentar como un planteo orgánico del sector más importante de la coalición de Gobierno.

La lógica de los gestos se prolongó hasta ayer mientras subía la tensión. Alicia Kirchner le pidió a todo su gabinete poner a disposición su renuncia por escrito. En lectura política, la gobernadora santacruceña comenzaba a marcarle el camino al jefe de Estado. Alberto siguió con el minué: tras mostrarse con Santiago Cafiero, Matías Kulfas y Claudio Moroni, ayer por la mañana hizo lo propio con el titular de Economía, Martín Guzmán, en la presentación de la ley de hidrocarburos. Unos y otros no hacían más que aumentar el enojo del otro sector. El ultimatum fue la repetición por parte de Axel Kicillof de la jugada santacruceña, ahora en tierra bonaerense.

Ante la falta de reacción el desafío fue total. Wado de Pedro difundió una carta en la que ponía su renuncia a disposición. Al ministro del Interior lo siguieron en catarata Tristán Bauer, Martín Soria, Roberto Salvarezza, Jorge Ferraresi y Juan Cabandié, además de otros funcionarios muy cercanos a Cristina Kirchner como Luana Volnovich, Fernanda Raverta y Martín Sabbatella. Cuando se sumó la renuncia de Victoria Donda, si es que quedaban, se disiparon las dudas sobre si se trataba o no de un apriete.

En este contexto de caos y desconcierto, Alberto Fernández se reunía con los ministros "leales": Cafiero, Moroni, Kulfas, Guzmán, Cecilia Todesca, Matías Lammens, Gabriel Katopodis, Juan Zabaleta, Sabina Frederic, Felipe Solá y Vilma Ibarra. Desde esa trinchera, lanzaron otro operativo, con sucesivos mensajes públicos de apoyo al Presidente

Sergio Massa también juntó a su tropa para analizar cómo posicionarse. Desde todos los sectores del Gobierno arreciaban los rumores de que el titular de Diputados asumiría la jefatura de Gabinete. Desde todos los sectores menos desde el massismo, donde pese a la innata vocación de poder saben leer situaciones políticas.

La llegada de Aníbal Fernández a la Rosada sumó aun más confusión. Su asunción como reemplazo de Cafiero en prenda de unidad generó euforia (aunque también preocupación) en las filas de la oposición.

El mensaje es claro: Cafiero, Kulfas y Moroni están vetados desde el kirchnerismo. Guzmán, según le comunicaron puntualmente, puede seguir si quiere, en tanto se aleje del perfil fiscalista que viene aplicando. Traducido: si te quedás, acá te pasamos el libreto.

Con Cafiero el tema es más serio. Alberto lo sabe y tiene asumida la variable "lost lost" que enfrenta: "si mantengo a mi gente a toda costa la coalición de gobierno se rompe, si agacho la cabeza paso a ser un empleado administrativo para firmar decisiones de otros". "Negociemos don Inodoro", recomendaba Mendieta. El hilo se cortará, seguramente, por lo más delgado. O hasta donde la intransigencia de Cristina disponga. Tarde o temprano se iba a dilucidar quién manda en el Gobierno.