El poder de los momentos felices
¿Qué pasa cuando la vida no nos ofrece lo que deseábamos? ¿Qué hacemos cuando, en lugar de un triunfo, nos llega una decepción? Terminamos reorientando nuestro camino con lo que tenemos para forjarnos poco a poco un bienestar a nuestra medida, más realista pero igualmente satisfactorio.
Gandhi decía que la felicidad es cuando lo que dices, lo que sientes y lo que haces están en armonía. La auténtica satisfacción no está en obtener siempre lo que deseamos sino en disfrutar lo que tenemos. Los momentos felices tienen resonancia, no se desvanecen y se impregnan en lo más profundo de nuestro ser. Los instantes mágicos, alegres y enriquecedores son como energía para el cerebro.
La resonancia de positividad es una experiencia de bienestar compartida. Son retazos de felicidad, instantes luminosos creados con amigos, con nuestra pareja o con la familia. Esas experiencias impregnadas con emociones gratificantes actúan después como espejos en los cuales podemos volver a mirarnos y sentir nuevamente esas mismas sensaciones.
Sabemos que el amor es una emoción, que la amistad también lo es, al igual que el afecto por cualquier persona que fue importante en algún momento de nuestras vidas. Sin embargo, esos sentimientos son mucho más que una reacción química, ya que tienen trascendencia y a menudo actúan como antídotos contra la tristeza o el desánimo. Toda experiencia gratificante no se olvida, no se desvanece, queda integrada en nuestra existencia y vale la pena propiciarla y vivirla siempre que sea posible.
Son mucho más que experiencias puntuales. Cambian nuestra mente, nos dan sentido. Todo esto tiene un impacto, una resonancia, que nos trasciende biológica, emocional y psicológicamente. En momentos de estrés, de abatimiento o de desesperación tiramos del ancla de los recuerdos para permitir que esos instantes felices del ayer nos resuenen nuevamente. Gracias a esto recordamos que la vida tiene sentido, que el amor nos da propósitos, que la amistad nos afianza en este mundo.
Es una pena que no custodiemos una parte de nuestro optimismo infantil originario. Ese enfoque dotado de esperanza incombustible, curiosidad infinita y alegría chispeante es un don que comienza a desgastarse con los años. Esa visión luminosa que alberga todo niño sobre la vida se atenúa para dar paso a una perspectiva más realista. Así, tarde o temprano, nos convertimos en adultos algo escépticos, la mirada curiosa se vuelve miope y perdemos esa efervescencia del niño que todo lo quiere experimentar. Nos volvemos prudentes y rutinarios.
Muchos dicen que los demasiado optimistas no ven las cosas como realmente son. Pero, en verdad, una persona optimista es aquella que sabe esperar, que piensa, que desea y que actúa en consecuencia para que todo pueda cumplirse. Siempre imagina lo mejor, pero a la vez sabe aceptar lo peor o lo inesperado. Además, tiene una mayor capacidad de acción ante los reveses de la vida porque puede ver el lado positivo en donde los demás solo observan desolación, miedo y tristeza.
Un optimista con todas las letras es aquel que aún luego de haber fracasado más de una vez se sigue levantando y mirando hacia adelante, con la frente en alto y aprendiendo de cada experiencia. La belleza del optimista se refleja en su rostro, en su manera de hablar o de dirigirse a los demás. Irradia una positividad maravillosa que hace que todo el mundo se sienta a gusto a su lado. No es estética sino actitud.
Ser capaces de ver las cosas desde otro punto de vista y cambiar su significado mejora nuestra capacidad para manejar las dificultades. Este proceso muy concreto, que en terapia se lo denomina "encuadre positivo", permite pasar de un esquema negativo a una actitud más abierta, constructiva y esperanzada. Con esta técnica no se busca que alguien sea capaz de ver siempre el lado luminoso de la vida, es habilitar para encontrar calma emocional y claridad mental. Un modo de avanzar un poco mejor por esos días complicados que podemos tener por delante.
"Un granjero quiso hacer un concurso entre su perro y su conejo. Hizo un agujero en uno de sus grandes prados y escondió una zanahoria y un hueso para ver cual de los dos los encontraba antes. El conejo, muy alegre y optimista, se lanzó a buscar la zanahoria, cavando aquí y allí, totalmente convencido de encontrarla. El perro, en cambio, era muy pesimista, y tras husmear un poco, se tiró al suelo y comenzó a lamentarse de lo difícil que era encontrar el hueso en un campo tan grande. El conejo cavó durante horas y, ante cada nuevo hoyo, el perro se lamentaba aún más de lo difícil que era aquello hasta para el conejo, mientras el conejo pensaba que ya le quedaba un agujero menos para encontrarla. Así resultó que, cuando ya no quedaba sitio en donde cavar, el conejo hizo un túnel hasta llegar bajo el perro, en donde encontró la zanahoria y el hueso. Así, el perro perdió solo por su negatividad, ya que gracias a su gran instinto había podido encontrar el sitio en el primer intento."

