En la Argentina, nunca un oficialismo pudo ganar en recesión. Y estas elecciones no fueron la excepción. Le ocurrió a la propia Cristina Kirchner en 2009, cuando perdió las legislativas de medio término, durante el año en que la crisis mundial golpeó al país.

Cambiemos partía de una premisa surrealista: apelar a generalidades como “lo hecho” y un gasto en obra pública que ni de lejos llega al nivel que tuvieron en la década previa. No alcanzaron los candidatos repitiendo como un mantra “cloacas” y “pavimento”, mientras el poder adquisitivo de la población se iba deshaciendo ante la pasmosa pasividad del Gobierno. Conclusión: o bien no hubo tanto pavimento y cloacas como se quiere hacer creer (y “se puedan ver y tocar”), o estas quedaron en segundo plano al momento de entrar al cuarto oscuro.

Eso sí: esta vez no hubo promesas como en las campañas de 2015 y 2017 y generación de expectativas como en cada aparición pública de los funcionarios del autodefinido “mejor equipo de los últimos 50 años”. Más tarifazo, ajuste permanente y reforma laboral, el futuro promisorio que intentaron vender los maestros de la Big Data.

Tampoco prendió la supuesta “lucha contra las mafias” y “el regreso al mundo”. Cómo hubiera podido, si no se hizo nada para evitar la destrucción del 20% de las jubilaciones y el 50% del salario mínimo medido en dólares.

“No vamos a hacer nada”, se jactaba en privado el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, acaso pensando que el ajuste fiscal y el déficit cero que hizo volar por el aire a De la Rúa podían ser buenas razones para inclinarse por la fórmula Macri-Pichetto a la hora de votar.

Difícil hacer campaña con el “plan picapiedra”, como lo llamó Carlos Melconian, a costa de sumir innceseramiente al país en dos años seguidos de recesión, sin reactivación a la vista, algo que no ocurría desde la agonía de la Convertibilidad.

La cosecha récord, comparada con la sequía del año pasado, le dio un impulso fenomenal al agro pero -sorpresa- no “derramó” por fuera de la pampa húmeda. La mayoría de los sectores siguen en terapia intensiva salvo, claro, los bancos, que siguen acumulando fortunas por prestar el dinero de los depositantes al BCRA, el cual a su vez se los devuelve a tasas del 80% si lo capitalizan día a día por medio de las Leliq. Hay una base monetaria paralela metida ahí, con la capacidad de duplicarse en sólo siete días y generar un descalabro financiero que de sólo imaginarlo hiela la sangre. Desarmar esa bola de nieve será una de las tareas más delicadas que deberá afrontar el próximo Gobierno. Salvo, claro, que la actual gestión le haga ahorrar ese desafío.

Cambiemos ganó en 2017 gracias a los anabólicos de un dólar barato, el ingreso de capitales financieros, los créditos Anses y una explosión de gasto en infraestructura que empezó a mermar un día después del triunfo. Este año intentó emular la misma estrategia, pero mucho más dosificada, y sobre la hora.

Ya era tarde. “La gente se desenganchó”, sentenciaba tajante hace un tiempo una fuente del mundo empresario, consultado acerca del impacto de los anuncios sobre el electorado.

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Ignacio Ostera

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