En ascenso o en retirada. Con concesiones o sin ellas, Cristina Fernández y Mauricio Macri buscan aferrarse a sus liderazgos para evitar la jubilación. El péndulo que los tiene a ambos como cómodos referentes domina la política desde hace 12 años. Y si no se puede conservar el mando absoluto, al menos se apegan a la intención de mantener la influencia y a instalar una reivindicación frente a sus incondicionales.

Lo dejó claro Cristina en la noche de la victoria del Frente de Todos, cuando se preocupó por destacar que Alberto Fernández y Axel Kicillof le debían el lugar que ocupaban. El estrado completo, en realidad, había pasado por su mirada censora. Tal vez no le haga falta, o no quiera de aquí en más, ejercer formalmente ese poder de origen frente a sus herederos de testamento ológrafo. Pero no dejará pasar la oportunidad de recordar que es por su decisión que ocupan los lugares que ocupan.

El tiempo dirá hasta qué punto decide ejercer ese poder matriarcal para laudar cuestiones de poder. En principio, su intención parece pasar más por reencontrar su lugar en la historia. En limpiar su nombre, el de Néstor, torcer el deseo de los que buscaron instalar que el negociado es la palabra que mejor representa a su era.

Enfrente, con un panorama bien distinto, Macri trabaja en sincronía dentro de su espacio. El descrédito le llegó mucho más rápido y, al menos por ahora, no en forma de causas judiciales. Sepultado por su propia gestión, apeló a la piel para sobrevivir. La etapa final de su campaña fue la antítesis de su anunciado plan original de unir a los argentinos. Sí, nos fue mal, pero somos distintos a ellos, que no tienen valores, fue el mensaje que logró sacar de la vergüenza a más de 10 millones de argentinos que votaron a Juntos por el Cambio a pesar de su fallida gestión.

Con la discutible idea de que esos votos le pertenecen, no se cansa de anunciar por estos días que no regalará el lugar de jefe de la oposición frente al nuevo gobierno. Su campaña de bandera, en realidad, no le pone nombre y apellido a la representación del sector. Y mucho menos el nombre y apellido de la cara del fracaso.

Como su antecesora, tal vez el principal interés de Macri pase por salvar su nombre. Uno y otra ejercerán el poder hasta donde puedan  y los dejen. Tanto en el peronismo como en la coalición opositora están a la puerta de sellar cambios de liderazgos en términos “normales”, algo poco usual en la historia argentina, profusa en jefes fuertes e inoxidables.

La eventual recuperación de la economía les quitará, en ambos casos, margen para pelear protagonismo, relegándolos a competir por la escritura de páginas sobre el pasado más que por dominar la prosa de las futuras. No se van a entregar mansamente.

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Gabriel Buttazzoni

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