El oficialismo no puede argumentar que no estaba advertido de la resistencia social, sindical y política a los cambios en la actualización de los haberes previsionales. Tenía sobre la mesa los ingredientes del rechazo a la norma que impulsó y, también, la fórmula de la solución: un bono para compensar el desajuste por el empalme entre el viejo y el nuevo sistema. Pero decidió avanzar de todos modos y expuso al sistema democrático a una tensión extrema. Política, porque rechazó el consenso, e institucional, por la violencia con la que respondió a la movilización en la calle. A esta altura, es difícil pensar que actuó con torpeza después de dos años de gestión. Parece, más bien, una decisión de seguir cargando a la oposición todos los adjetivos negativos. A pesar de haberse definido como el gobierno del diálogo y el consenso, desistió de negociar. A diferencia de lo que pregona, parece más decidido a agrandar la grieta que a suturarla.