La foto del anuncio de Miguel Angel Pichetto como candidato a vicepresidente mostró el escenario que la Casa Rosada buscaba arrimar: llegar a las PASO con por lo menos tres candidatos del peronismo repartidos en diferentes frentes y con el economista Roberto Lavagna devaluado. La última semana el presidente de la cámara de Diputados, Emilio Monzó, había planteado un esquema que incluía a un vicepresidente radical y el acercamiento de los sectores que podían comerle votos a Cambiemos como parte de un acuerdo estratégico más amplio. Macri hizo todo lo contrario. Relegó al radicalismo quejoso y demandante que no le ofrecía más que pescar en la pecera y, en cambio, optó por salir tirar el anzuelo a estanques cercanos. Lo consiguió con Pichetto, quien ya se había alejado de Lavagna pero no estaba muy claro a dónde podía partir. El Presidente no participó en ninguna escena pública partidista. Miró desde la tribuna cómo su vice defendía al Gobierno del cual es/fue opositor y cómo el equipo del PJ encabezado por José Luis Gioja transpiraba ante el segundo desplante de Sergio Massa. Aun si tiene un final feliz, el kirchnerismo estará pagando el costo de haberse dejado tironear por el trigrense durante una semana. Demasiado desgaste cuando todavía no empezó la campaña.