En una muestra de apertura política vemos en estos tiempos de angustia, como el presidente Alberto Fernández, convoca y dialoga con el jefe de gobierno porteño y con los gobernadores de la oposición y los líderes de los bloques parlamentarios, demostrando todos ellos una actitud positiva, anti grieta, en beneficio del conjunto de la sociedad. Tratando temas fundamentales como el manejo de la pandemia y la resolución de la deuda externa.

Dando un ejemplo y respaldo a quienes sufren el flagelo de la pandemia, las víctimas y el dolor de sus familiares, los contagiados, los que se quedan sin trabajo, los pequeños y medianos empresarios con sus empresas cerradas y derrotados desde antes por las tasas de interés aplicadas en el gobierno anterior y fundamentalmente los que vienen sufriendo el peso de la pobreza, ese 37% de población desprotegida. Pero el ejemplo de unidad hay que fortalecerlo frente a los héroes actuales de la argentina: los enfermeros, los médicos, todos los trabajadores de la salud, las fuerzas de seguridad, los funcionarios y empleados públicos y los trabajadores de los rubros que funcionan en el marco de la cuarentena.

Hace más de diez años se desató una fuerte división política en Argentina, llamada la “grieta”, que atravesó toda la sociedad, y aún perdura. Hoy ante esta dura situación que nos plantea el coronavirus y la pandemia universal es necesario que todos prioricemos el interés general respecto de las conveniencias inmediatas. Lo cual suele ser difícil de lograr, pero no imposible.

Debemos estar unidos ante la desgracia, fundamentalmente sanitaria y humanitaria, pero con un costo económico impredecible para la sociedad. Tenemos que hacer un esfuerzo enorme para iniciar un proceso de cicatrización social que dé por cerrada la grieta.

Ante esta realidad de lo que está pasando debemos reflexionar para saber como seguimos para que la argentina no caiga en los dramas del pasado, para que no volvamos al círculo infernal de fracasos. Siempre hemos resaltado esa honda crisis moral en la que entró varias veces el país y que nos alcanzó a todos, viviendo una larga secuencia de desaciertos, proyectos truncos y esperanzas rotas. Por no saber dar respuestas en esos momentos del pasado fuimos embarcados en experiencias de odio y terror que llevaron a la agresión y la violencia hasta el paroxismo.

Hoy gobierno, oposición y la sociedad en su conjunto debemos acometer una empresa colectiva, que por supuesto no es tarea simple. Implica una movilización de energías que abarca no sólo la dirección política y al sistema político sino también a los grupos y a los individuos para que, sin renunciar a la defensa de sus intereses legítimos, sean capaces de articularlos en una fórmula de solidaridad.

Una sociedad democrática se distingue por el papel definitorio que le otorga al pluralismo, entendido no sólo como un procedimiento para la toma de decisiones, sino también como su valor fundante. En estos términos, el pluralismo es la base sobre la que se erige la democracia y significa reconocimiento del otro, capacidad para aceptar las diversidades y discrepancias como condición para la existencia de una sociedad libre.

La democracia rechaza un mundo de semejanzas y uniformidades que, en cambio, forma la trama íntima de los totalitarismos. Pero este rechazo de la uniformidad, de la unanimidad, de ninguna manera supone la exaltación del individualismo egoísta, de la incapacidad para la construcción de empresas colectivas. La democracia que concebimos sólo puede constituirse a partir de una ética de la solidaridad, capaz de vertebrar procesos de cooperación que concurran al bien común. Esta ética se basa en una idea de la justicia como equidad, como distribución de las ventajas y de los sacrificios, con arreglo al criterio de dar prioridad a los desfavorecidos aumentando relativamente su cuota de ventajas y procurando disminuir su cuota de sacrificios.

No hay sociedad democrática sin disenso; tampoco la hay sin reglas de juego compartidas; ni la hay sin participación. Pero no hay además ni disenso, ni reglas de juego, ni participación democrática sin sujetos democráticos. El ejercicio pleno de los derechos ciudadanos, las libertades individuales y la solidaridad social constituyen la base sobre la que se empieza a levantar el edificio de la sociedad moderna.

Ello implica cambiar la vieja política de puertas cerradas por la nueva política en contacto directo con las demandas y propuestas del pueblo. La política debe quebrar la barrera de la frialdad, la lejanía y la desconfianza, con la cual la observan todavía muchos argentinos.

La construcción de una sociedad requiere escapar de las pujas salvajes y de la lucha de todos contra todos, a través de un pacto social entre los actores. Pero ese pacto sólo puede lograrse de verdad cuando un gran objetivo nacional lo exige y legitima, como ahora, que nos encuentra amenazados y castigados por un enemigo invisible y letal.

Su fin será facilitar a todos sus miembros el desarrollo de sus potencialidades, así como el de sus derechos imprescriptibles el derecho a la vida, al trabajo, a la educación, a la libertad, a la igualdad, a la propiedad en función social y a la participación activa y responsable en las decisiones políticas así como en la generación y distribución equitativa de la riqueza.