Carolina Brandariz es socióloga, docente, militante del Movimiento Evita, secretaria de género de la Unión de Trabajadores de la Educación (UTE) y, desde comienzos de este año, directora de Cuidados Integrales del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Como tantas otras mujeres, descubrió hace tiempo que los múltiples roles que desempeña en el terreno público están atados indefectiblemente al ámbito privado. El año pasado, dejó plasmada esa realidad en el libro No es amor, una compilación que propone reflexiones de diferentes especialistas en torno a la economía del cuidado. Desde su oficina ubicada en el microcentro y con el feminismo como eje de su discurso, la joven funcionaria plantea que "hay valorizar social y económicamente el cuidado" y que "es preciso que los varones también puedan cuidar". Sin embargo, subraya que se trata de un proceso a largo plazo: "Así como hay una sensibilidad del conjunto de la sociedad respecto a las situaciones de violencia, tiene que haber una transformación social respecto a las cuestiones de cuidado para que las mujeres alcancemos otro tipo de participación en el mundo del trabajo".

—¿Cuál es la principal desigualdad que se genera con el hecho de que las tareas de cuidado recaen la mayoría de las veces sobre las mujeres?
—La primera desigualdad es que esas tareas recaen sobre las mujeres, lo que significa que nosotras tenemos una doble jornada laboral y eso repercute de manera desigual en nuestro modo de transitar el mundo laboral. Hace que participemos del mundo laboral de manera segregada en términos horizontales porque participamos de trabajos que tienen una población mayoritariamente femenina, como la docencia y la enfermería; y también porque hay un techo de cristal que impide que concursemos, accedamos a cargos de jerarquía y de representación política y sindical por el tiempo material que le dedicamos a las tareas del cuidado. A eso se suman las cuestiones más subjetivas,que nos van diciendo desde chiquitas qué es lo que la sociedad espera de nosotras, por eso es tan importante trabajar los estereotipos de género y una ley de Educación Sexual Integral.

—A su vez la mayoría de las mujeres que realizan tareas de cuidado pagas pertenecen a los sectores populares...
—Si bien el cuidado es el nudo de la desigualdad, al interior del universo de las mujeres hay una interseccionalidad entre las mujeres más humildes y aquellas que pueden pagar los servicios de cuidado o pueden exigir el derecho a acceder a esos servicios. Ahí aparece otra desigualdad. Y, a su vez, quiénes más cuidan son las mujeres más humildes y migrantes.

—¿Cuál es la respuesta que se podría brindar desde el Estado?
—Hay cuestiones que tienen que ver con el reconocimiento salarial del trabajo y que se garantice ese derecho a través de espacios públicos. En las Ciudad de Buenos Aires faltan 25 mil vacantes en general en la escuela pública y en un 80% en el nivel inicial, lo que habla de una falta de servicios del cuidado. A su vez, se necesita una transformación cultural para que se democraticen las tareas de cuidado, así como también es preciso modificar la normativa. La ley de Contrato de Trabajo sigue planteando que los varones a partir del nacimiento de un hijo tienen dos días de licencia y con eso se naturaliza que las que cuidamos somos sólo las mujeres.

—¿Desde la Dirección de Cuidados Integrales el objetivo es centrarse en las mujeres de los sectores populares?
—Sí, en quienes perciben el Salario Social Complementario y Hacemos Futuro, como políticas de transferencia. Desde la Unión de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (UTEP) y la herramienta organizativa se ha procurado hablar de salario con la voluntad de reconocer como trabajo aquello que desempeña cualquier trabajador o trabajadora de la economía popular. Tanto la UTEP como el movimiento feminista coinciden en una reflexión respecto de lo que es el trabajo. El feminismo está diciendo que cuidar es un trabajo y la UTEP está diciendo que si alguien produce chipá y lo vende a la mañana en la parada del colectivo está llevando adelante un trabajo, aún cuando no esté en relación de dependencia o no tenga una patronal, y que el Estado tiene que poder complementar esa changa de modo de que se pueda acceder al salario mínimo vital y móvil.

—¿La idea es que los beneficiarios de los planes Hacemos Futuro y Salario Social Complementario puedan acceder a un modelo de profesionalización similar al que se planteó desde la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) con la Diplomatura en Cuidado de Personas Mayores?
—La idea es replicar esa profesionalización y vincular a esa trabajadora con una cooperativa de cuidadoras, como se constituyó en la Ciudad de Buenos Aires, donde a partir de un convenio entre la UCEP y la UNSAM se consiguió constituir una cooperativa llamada Cuidar con 77 trabajadoras.

—¿Las jubilaciones para amas de casa ayudaron a visibilizar las tareas de cuidado?
— Sin duda, el reconocimiento a las amas de casa fue una política feminista que en su momento no leímos como feminista, pero que a la luz del movimiento que muchas de nosotras vivenciamos podemos reconocerlo como tal. Eso habla de algún modo de toda la riqueza social que producimos las mujeres a la hora de cuidar a los niños, niñas, abuelos y abuelas. Si eso no lo resolviéramos las mujeres, la sociedad debería resolverlo de otra manera con un costo económico importante. También es cierto que está el derecho de todas las personas a acceder a esos cuidados. Nadie puede prescindir de esos cuidados, por eso es importante resolverlo en comunidad.

—En el caso de muchas otras mujeres ese trabajo es doble, por un lado, en el ámbito público y, por el otro, en el privado...
—Sí, hace poco leía una hipótesis que planteaba que cuando las mujeres nos incorporamos al mundo del trabajo masivamente no pusimos en discusión esa doble jornada laboral y, en términos más estratégicos, no lo planteamos para poder ser aceptadas en el mundo laboral. Esta última ola feminista nos está ayudando mucho a dar el debate respecto a que queremos tener las mismas condiciones en el mundo laboral para poder acceder a los cargos a los cuales accede cualquier persona pero también queremos discutir qué es lo que ocurre puertas adentro de nuestra casa.

—¿Es una condición indispensable revertir el rol que tienen las mujeres en las tareas de cuidado para alcanzar las mismas oportunidades que tienen los varones en el mercado laboral?
—No es posible lograr esa igualdad de oportunidades sin dar el debate del cuidado. Muchas feministas nos ayudaron a dinamitar las paredes del ámbito privado. Por eso es tan importante que haya una política pública que diseñe una batería de iniciativas para construir una sociedad donde el Estado, el mercado, la familia y la comunidad se encarguen del cuidado.

—Sin embargo, muchas instituciones del Estado aún no cuentan ni siquiera con jardines maternales...
—Queremos cambiar eso. Al enmarcamos en una secretaría de Economía Popular queremos construir espacios de cuidado de la infancia en los polos productivos de la Economía Popular. Es importante que si alguien está en su trabajo tenga en una zona de cercanía a su hijo o hija.

—Además de extender las licencias a personas no gestantes, ¿qué otros puntos son necesarios reformar de la ley de Contrato de Trabajo para democratizar las tareas de cuidado?
—Habría que incorporar esquemas de mitad de jornada. También que haya sistemas mixtos para que ambas personas se tomen la misma cantidad de días de licencia y que el cuidado no recaiga sobre uno u otro. En la Ciudad de Buenos Aires hay una muy buena batería de licencias. Son todas estas ideas que se plasmaron en un proyecto de ley para las trabajadoras y trabajadores estatales. Es un modelo interesante para evaluar.

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