John William Cooke, que entre otras cosas pasará a la historia como el inconsciente marxista de Perón, solía decir que "el peronismo es el hecho maldito del país burgués". Pero la tesis de Cooke, que hasta el 2015 usaba el kirchnerismo como herramienta conceptual para explicar el choque entre lo que llamaban "poderes concentrados" y la "gente", parece haberse oxidado rápidamente en los últimos tres años y ha perdido casi todo su poder explicativo. La razón parece ser simple: el peronismo es cada vez menos maldito -dañado por los últimos resultados electorales- y el país menos burgués, con ricos cada vez más pobres y pobres cada vez más indigentes. 

En principio, esta afirmación parece no tener sentido: después de todo, la alianza  Cambiemos y el presidente Mauricio Macri deberían representar la concentración más pura del poder de las oligarquías criollas, expresado en un gabinete de CEOs listo para desplazar definitivamente a la cultura de la ineficiencia -hija dilecta de la "clase política", la "rosca" y los 70 años de populismo- y suplantarla por fin por la cosmovisión empresaria. La apuesta era clara: reescribir mercado donde dice Estado, y de ahí en más construir un capitalismo con reglas sólidas, como los países serios. Para eso, claro está, la administración  Cambiemos apostó fuerte a la burguesía local, la vanguardia que nos conduciría al destino de grandeza que extraviamos en 1945. Pero, a diferencia de la tradicional oligarquía, la nueva burguesía parece ser un mix entre lo nuevo y lo viejo. Ya no serán sólo los únicos favorecidos los terratenientes de la pampa húmeda (quienes obviamente no perderán sus privilegios), el sector financiero y los petroleros, sino que se le sumarán dos sectores innovadores: las empresas de Internet y las de energía verde. Hasta aquí el relato de  Cambiemos parece bien construido. Verosímil y sustentable. Entonces, ¿por qué la burguesía local, hombres de negocios y millonarios vernáculos parecen estar cada más molestos con el gobierno de Mauricio Macri? Algunos con razón dirán que se debe a la profunda recesión y la devaluación que ha pulverizado sus patrimonios y sus balances, que al 30 de septiembre de 2018 revelan grandes pérdidas. Los rojos contables de Arcor SA (-$6.247 millones), Grobocopatel (- $2.249 millones), Mastellone SA - La Serenísima (-$2.202 millones) o Molinos Río de la Plata (-$1.476 millones) parecen darles la razón. 

Para explicar el fracaso, afirman algunos analistas, hay que centrarse en la mala praxis de  Cambiemos. Así, para muchos economistas lo ocurrido en los últimos tres años se debe a no haber aplicado bien las políticas ortodoxas que llevan adelante todo los países centrales. Razón por lo cual era evidente que llegaría otra vez el  FMI a encaminarnos y disciplinarnos. Pero la mala praxis supone que el problema no es teórico -por lo tanto, el problema no son las categorías usadas por los economistas de  Cambiemos que no sirvieron para pronosticar nada- sino que es práctico. Es decir, la culpa es del hombre que aplica, no de las ideas que lo guían. Pero esto podría no ser tan así.

Dependientes y lúmpenes 

Otra explicación posible a porque otra vez nuestras élites parecen estar encaminadas hacia un nuevo proyecto de Nación fallida se puede encontrar en la obra del ya fallecido economista alemán André Gunder Frank, un llamado "teórico de la dependencia", quien dedicó gran parte de su obra a investigar América latina. Frank, quien había hecho su doctorado en la Universidad de Chicago, afirmaba que no puede entenderse el comportamiento de las sociedades latinoamericanas ni de sus élites si no se analizaba su determinante fundamental: la dependencia. La postura de Frank consiste en que la integración al capitalismo mundial se ha ido metamorfoseando, desde las conquistas europeas del siglo XVI, y que las colonias de América latina inicialmente “no desarrolladas” se transformaron en formaciones sociales “subdesarrolladas”, un “desarrollo del subdesarrollo”, donde se mantiene una dinámica centro-periferia en la que los países subdesarrollados han quedado condenados al papel de proveedores de materias primas. Ese ha sido siempre el papel de América latina, y ese papel es el que ha bloqueado su desarrollo. La burguesía latinoamericana, debido a la forma en que ha crecido y se sostiene, es la primera interesada en el mantenimiento de relaciones de dependencia con los países centrales. De esta manera, afirma Frank, ni la industrialización por substitución en las importaciones (que comenzó tras la crisis de 1929), ni la promoción de industrias exportadoras (reactivada tras la Segunda Guerra Mundial), ni mucho menos las estrategias de apertura del libre intercambio (tras las independencias del siglo XIX o, más recientemente, a finales del siglo XX), han permitido a los países latinoamericanos romper la dependencia. 

En este sistema entonces, donde la dependencia parecer la regla a cumplir por todas las élites del continente, se torna central el rol de lo que Frank llama la lumpenburguesía; es decir, un tipo de clases media y alta (que puede incluir a parte de las 500 grandes compañías de Argentina así como también a muchas pymes, profesionales en general, pequeños industriales, etcétera), la cual posee una mentalidad lumpen -que no es más que aquella parte de la población que para su subsistencia desarrolla actividades al margen de la legalidad- y que sólo cumple el rol de intermediario, que vende lo que la naturaleza del país da sin agregar valor. 

La espiral no podía ser menos virtuosa: una lumpenburguesía que vende los recursos naturales y bienes a los países centrales, donde quienes más se enriquecen son las élites locales intermediarias con los compradores de los países más poderosos del mundo, como el G7. La visión de Frank es poco optimista, pues este sistema es muy difícil de desarmar, ya que el bienestar de las élites locales depende cada vez más de la explotación de esos recursos y  transfiriendo gran parte de esas ganancias a los mismos países centrales, que promueven "lumpenestados" a través de la deuda externa y aumentan su dependencia, y donde el sistema financiera está diseñado para la fuga y la economía real atada a los recursos naturales y prima rizada. Un escenario más que triste, donde al fin sería mas tranquilizador pensar que la situación económica actual es producto de la mala ejecución de los políticos y no de una planificación hecha para mantener en el "pobrismo" a todas las naciones de la América latina.