“El último caudillo plebeyo de la Argentina”, intentó semblantearlo Graciela Fernández Meijide cuando anochecía el segundo mandato presidencial del riojano. Más allá de la ridícula y retrógrada apelación a su ausencia de alcurnia, el perfil de caudillo popular le sienta a Carlos Saúl Menem como a ninguno en la política argentina moderna.

Bajo ese halo construyó toda su carrera. Escandalizando a vecinas encumbradas con sus patillas, con su imagen impregnada de polvo e interior profundo. Hasta en el propio peronismo metía miedo. Con su leyenda en marcha, con los meses de detención durante la dictadura omnipresentes, derrotó a Antonio Cafiero en la única interna en serio de la historia del movimiento. Como a lo largo de toda su historia, el terror y la burla (que también esconde temor) lo habían acompañado a lo largo de esa campaña interna frente al caballo del comisario del pejotismo. Cada paso que dio, hasta encumbrarse en la Presidencia, jugó al filo de ese mito, que fabricaba fantasmas al mismo tiempo que negociaba para asegurarse que los resortes del poder se movieran a su favor.

Pura intuición, con la misma naturalidad que se preocupó por construir su imagen de cuco de los oligarcas se permitió “aggiornar” la letra de la marcha peronista para llevar el mensaje de que el progreso se logra “con trabajo y capital” más que con combates. Sobran las anécdotas del riojano, que ocupando la Presidencia algún día sintió más interés por ver a Madonna de cerca que por los asuntos de Estado.

Todo está permitido a la hora de disputar poder y nada merece estar por encima que dejar todo por mantenerlo. Con la magia de una personalidad encantadora, supo construir un imperio durante 10 años. El peronismo alineado con “los dueños de la pelota” es un cóctel insuperable (para el veneno de la clase media).

Su sociedad con el conservadurismo impuso como principal legado la convertibilidad, la desregulación de la economía y la incorporación del país a la economía de mercado en forma plena. Del respaldo político para lograrlo se ocupaba él, mientras los números aguantaran.

Como verdadero estadista, también tuvo la sabiduría para entender cuando dejó de haber margen para tirar de la soga. Tras el fallido operativo por la re relección terminó de despedirse de la centralidad cuando entendió que perdería la segunda vuelta presidencial, en 2003. Los resortes se comprimían y se expandían con otros mandos y ya no valía la pena contradecirlos.

Se recluyó en los incondicionales, en los de la camiseta a toda costa. Con su ayuda –y el privilegio de los fueros que le otorgaron-, logró mirar de afuera la causa por la explosión intencional a una fábrica militar, que dejó 7 muertos y múltiples estragos y en la que estaba previsto que volviera a declarar. El “accidente” había sido diseñado para intentar tapar la vergüenza de la venta de armas a Ecuador, cuando el país era garante de paz en la lucha de esa nación con la siempre hermana Perú.

Un viejo chiste de “turcos” relata que un rey severo anunció que su bella hija se casaría con quien le enseñara a hablar a su caballo. Un joven audaz asumió el reto con una condición: que le dieran dos años para lograrlo. “Estás loco, el rey va a ordenar matarte”, le dijo un amigo sensato. “En dos años pueden pasar muchas cosas, tal vez el rey me termine tomando cariño, tal vez la hija interceda por mí, hasta puede que logre disfrazar un relincho por reverencia… Mientras tanto, vivo en el palacio y duermo con la princesa”, contestó.

Carlos Menem hizo de la improvisación un arte. Y con el enorme respaldo de su carisma supo mandar entre quienes se reían de él. Como Facundo, que alguna vez confesó que era unitario por convicciones pero federal por pertenencia a su pueblo, se amoldó a los tiempos y llegó al poder. Nunca tuvo otro objetivo.

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