"La Rusa", como la apodaron en Timote -su pueblo natal-, recorre bares por Palermo. La mayoría está cerrado o preparándose para abrir. Falta una hora para que anochezca. “Este de la esquina está bien, pedimos que bajen un poco la música y listo”, propone Myriam Bregman, legisladora porteña y candidata a diputada de la Ciudad por el Frente de Izquierda ( FIT). Se sienta en una banqueta alta cerca de la ventana y pide un café, aunque preferiría tomar una cerveza. “Te amo. Toda mi familia te ama”, le grita una joven detrás del vidrio. Ella sonríe con amabilidad.

      
—Si tuviera que elegir un momento de su vida que la marcó para siempre, ¿cuál sería?
La desaparición de Jorge Julio López. Fue un hecho político que representó un cambio para las vidas de las abogadas y querellantes. Fue el primer juicio después de la nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final. Una puede marcar muchos momentos en la vida, cuando fue mamá, por ejemplo, pero este que menciono es personal y político.

—¿Tuvo temor a partir de la desaparición de López?
—Temor sí, no un miedo que paraliza. Estas luchas no son para llaneros solitarios. Son peleas colectivas.
 

—¿De dónde viene su interés por el derecho?
—No lo sé. Mi papá había estudiado unos años abogacía, pero después tuvo que dejar. Siempre supe que me gustaba defender. Me vine acá a los 17 años sola, en condiciones bastante precarias. A veces tenía que caminar mucho porque no tenía plata ni para el colectivo y lo hacía feliz. Estaba segura de que quería ser abogada.

“El no puedo no existe”, sentencia, como una especie de mantra que atraviesa todo su discurso y militancia. Eso pensó cuando se involucró en las luchas de las fábricas recuperadas Brukman y Zanon, donde se convirtió en una de las abogadas de las trabajadoras y los trabajadores de esas dos empresas quebradas. Con ese mismo espíritu, levantó la voz en 2009, en el juicio de la Megacausa ESMA, para que los genocidas entraran y salieran esposados de la sala de audiencias. La reincorporación a PepsiCo de la empleada Catalina Balaguer -a quien Bregman patrocinó luego de que fue despedida de esa compañía- fue otra señal de que aquella frase que le enseñó Adriana Calvo, sobreviviente de la última dictadura cívico-militar y fundadora de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos, se transformaría en el motor de futuras luchas.

    —¿Cuándo fue la primera vez que sintió que era de izquierda?

    —No lo sé. ¡Simplemente me lo decían!

—¿Cuánto influyó su niñez y adolescencia en Timote, la gran inundación en ese lugar y tener que viajar todos los días hasta Carlos Tejedor para ir a la escuela en su decisión de empezar a militar?
— Creo que la decisión de militar está más marcada por sensibilidades. Sigo yendo a mi pueblo y sigo visitando a la misma gente y haciendo las mismas cosas que hacía cuando vivía ahí. Siempre me gustó la política, mirar programas políticos, leer el diario y una o dos revistas políticas.

—¿Qué revistas?
—Gente no, porque mi papá no permitía nada que tuviera horóscopo y espectáculos. Siete Días, Humor, Hortencia. Eran las que se leían en la casa de mis tíos, Elsa y Jorge. También tenían libros de (Jorge Luis) Borges, todo lo que más me gusta en la vida. Yo iba a la primaria cuando fue la Guerra de Malvinas y siempre se la vivió de cerca porque un primo hermano de mi mamá, de 19 años, era soldado, estaba en el General Belgrano y murió allí. En mi casa se vivió muy fuerte eso.

Un recuerdo: Cuando años atrás se realizó en Timote, su ciudad natal, una obra de teatro sobre el secuestro de Aramburu, a cargo del colectivo Arte Comunitario Timotense, Bregman eligió quedarse como espectadora. Su padre, Mario, encarnó el personaje del Teniente General.

—Su padre era radical, ¿recuerda alguna discusión con él por temas políticos?
—Nadie es perfecto. (Se ríe). Discuto con él. Yo siempre discuto con todo el mundo. (Risas). De adolescente era insoportable. Discutía por todo. Además vivía sola, no había límites.

—Usted contó que cuando era niña jugaba en una casa abandonada que era de la familia de Carlos Ramus, donde años antes había sido asesinado Pedro Eugenio Aramburu, responsable de los fusilamientos de José León Suárez, ¿nunca le causó interés o la interpeló el peronismo durante su juventud?
—Siempre supe la historia de lo que había pasado allí, así que nunca me llamó la atención. Era uno de los lugares del pueblo, la casa abandonada, que luego los militares la cerraron, hicieron un mástil afuera y en algún momento quisieron hacer un museo contra la subversión. Mi papá sacó cartas públicas oponiéndose. Lo que pasó allí hay que analizarlo en el contexto de qué proceso se venía en la Argentina: de dictaduras y de proscripción del peronismo. Y de quién había sido Aramburu y qué había sido la llamada Revolución Libertadora o Fusiladora.

Cuando años atrás se realizó en Timote una obra de teatro sobre el secuestro de Aramburu, a cargo del colectivo Arte Comunitario Timotense, Bregman eligió quedarse como espectadora. Su padre, Mario, encarnó el personaje del Teniente General. El resto de los vecinos del pueblo también se transformaron en actores por un día. “Mi papá se acuerda todo de esa época, incluso que Ramus y (Mario) Firmenich iban a jugar al carnaval cuando eran más jóvenes”, apunta.  

—¿Cuándo fue la primera vez que sintió que era de izquierda?
—No lo sé. ¡Simplemente me lo decían! (Se ríe).

—¿La primera vez que votó lo hizo por la fórmula presidencial de Alcides Christiansen y José Montes?
—Sí, igual no sé si es exactamente la primera vez. Me gustó eso de “Trabajador vote trabajador”. Antes no votaba porque no había cambiado el domicilio y tenía que ir hasta Tejedor.

—¿Qué libro de León Trotsky es el que más le llamó la atención o gustó?
—Es un placer leer a Trotsky. Lo que me acuerdo que me impresionó mucho es La lucha contra el fascismo en Alemania. Yo lo relacionaba con el derecho constitucional.

—¿Alguna vez lloró por bronca, tristeza, impotencia o emoción por un hecho político?
—Muchas (no duda). Soy muy de expresarme. Todo me conmueve o alegra. No tengo término medio. Me he emocionado dando un discurso yo, como por ejemplo el día que desalojaron en Guernica, que me costaba no llorar de la bronca que tenía.  


—¿Hay algo que rescate del capitalismo?
—No porque el capitalismo es un sistema. Se pueden conquistar derechos formales pero sigue existiendo la desigualdad y el hambre, por eso hay que transformar esta sociedad. Con la pandemia, el capitalismo mostró la peor cara de la irracionalidad.

El primer proyecto en el Congreso

—¿Cuál será el primer proyecto que presentará si es elegida diputada?
—Uno de la violencia contra las mujeres, que ya presenté con Nicolás Del Caño. Y de Educación Sexual Integral, que elimina el artículo 5, que es el que sujeta la aplicación de la ley al ideario de cada institución.

—En Diputados ya tienen dictamen los proyectos de Violencia Institucional y Ministerio Público Fiscal, ¿cuál no apoyaría jamás?
—Ministerio Público Fiscal porque deja atado completamente el procurador al Gobierno de turno. Es muy antidemocrático lo que hace. Le da al Poder Ejecutivo la posibilidad de tener un Ministerio Público que acuse. Así como critico que esté (el procurador interino) Eduardo Casal, digo que me parece que es peor el remedio que la enfermedad. 

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Gabriela Vulcano

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