Una de las novedades en estas elecciones tiene que ver con la aplicación, por primera vez, de la ley de Paridad de Género en las listas de cada partido a nivel nacional que se aprobó en diciembre de 2017, la 27.412. Esto implica que, entre los postulantes que presente cada fuerza política, debe haber un 50% de candidatos y un 50% de candidatas, ubicados en las listas de forma intercalada: una mujer y un hombre, o viceversa. Esto tiene antecedentes en Córdoba, Río Negro y Santiago del Estero, que aprobaron leyes de paridad a principios de los 2000 para sus respectivas legislaturas provinciales. En los últimos años, se sumaron Chubut, Salta, Neuquén y Buenos Aires.

Sin embargo, a esto le precede una construcción política que comenzó en la década de los 90, con las pocas mujeres que habitaban el Congreso en esa época y que representaban sólo un 5% de los legisladores entre las dos Cámaras. En 1991, después de muchos intentos, lograron impulsar y sancionar una ley de cupo femenino, que establecía que un mínimo de 30% de las personas integrantes de las listas de cada partido debían ser mujeres. Esto abrió las puertas a que puedan tener una participación efectiva en los espacios legislativos, pero había un problema: “El cupo se había convertido en un techo de cristal”, planteó a BAE Negocios Natalia Del Cogliano, politóloga e integrante de Ojo Paritario, un colectivo feminista que monitorea el cumplimiento de la ley de Paridad.

Esto se refleja en la actual conformación del Congreso: en la Cámara de Diputados sólo 38% son mujeres, y en el Senado, 40%. Hace años que esa barrera no se traspasa, con lo cual se ve cómo eso que antes pretendía ser un piso se transformó en un tope. Aún hoy, con la nueva norma, queda en evidencia que en la gran mayoría de los casos quien encabeza la lista es hombre, dejando a las mujeres relegadas a un segundo puesto y, por lo tanto, con menos posibilidades de entrar al Congreso. Para Del Cogliano, esto provoca un “efecto cabeza de lista” que incide en la conformación posterior de las Cámaras.

—¿Se cumplió con la paridad para las PASO?

—La paridad se está cumpliendo en niveles generales sin ningún problema. Lo que nos preocupa es cómo los distintos partidos van a componer sus listas para las elecciones generales. Las PASO y la paridad son una especie de matrimonio complicado: en Buenos Aires, cuando lo implementó la Junta Electoral, limitó la paridad diciendo que no era obligatorio conformar las listas para la elección general de manera paritaria e intercalada, tratando de evitarla. Esto es un antecedente que nos preocupa muchísimo y nos pone atentas a lo que va a pasar entre las PASO y las generales, y que se cumpla la paridad e intercalación. La posibilidad de que suceda es casi nula, porque hay muchos antecedentes legales y una concientización del sistema político, aunque todo puede suceder.

—¿Qué pasó con el orden intercalado en las listas?

Sólo 19 por ciento de las listas están encabezadas por mujeres. Esto es para tener presente en la próxima composición del Congreso. Esto sólo va a afectar a la mitad de las Cámaras, por cómo se va a renovar. Si hay tres listas encabezadas por varones, van a entrar tres varones a pesar de que se cumpla la paridad. El efecto de la paridad puede estar afectado por quienes encabezan las listas. No vamos a ver su efecto hasta la próxima renovación de la legislatura. El efecto cabeza de lista, sobre todo en magnitudes impares y pequeñas en algunas provincias, hace imposible que se conforme de forma totalmente paritaria. Es una cuestión de cultura de los partidos políticos que la ley no puede reglamentar.

—¿La paridad es suficiente para representar los intereses de las mujeres en los espacios legislativos? ¿Que haya mujeres en las listas garantiza que la perspectiva de género?

—No está garantizado nunca que se cumpla la perspectiva de género. Puede haber mujeres que no se sientan interpeladas o no promuevan en su labor legislativa leyes que planteen un avance en los derechos de las mujeres. Sin embargo, yo creo que en las Cámaras hay una especie de masa crítica: gran parte del 40% de legisladoras que hay en Diputados están interpeladas y trabajan en la agenda de género, y las mujeres que ingresan a la Cámara pueden llegar a interesarse por esa agenda. Hay de todo, como entre los varones. No podemos esperar que todos los varones estén de acuerdo en políticas sociales, ni tampoco que todas las mujeres tiren para un mismo lado en una agenda feminista. También puede haber mujeres que hayan promovido la paridad de género, pero que tienen un límite religioso en el debate sobre cuestiones de salud pública, como el aborto. Yo no sé si Amalia Granata podría llegar a ser una aliada en otros aspectos, como sea políticas contra la violencia de género. Sin embargo, por el espíritu de la época y los avances, creo que la gran mayoría van a ser mujeres que ingresen al Congreso para defender los derechos de las mujeres.

—¿Por qué es necesario establecer un cupo de mujeres en la legislatura, en lugar de que accedan al puesto por su “mérito” o capacidades?

—Es necesario porque si no hubiéramos tenido una ley de cupo de 30 por ciento en los 90, jamás hubiéramos tenido un 40 por ciento de mujeres hoy en Diputados. Antes de esa ley, en la Cámara había cuatro mujeres. ¿Qué es primero, el huevo o la gallina? En ese momento fue necesario obligar a los partidos a poner mujeres en las listas. Las mujeres existían y participaban en política, pero nunca eran consideradas para participar en una lista de candidatos. Es una ley de discriminación positiva porque las mujeres históricamente viven una desigualdad estructural que resulta en que no seamos consideradas para ciertos trabajos, incluida la política. Hoy se dice que la sociedad es menos machista, entonces ¿por qué no van a poner a las mujeres naturalmente? Estamos mejor, pero no somos una democracia paritaria. Las mujeres seguimos estando en condiciones de demostrar mucho más que somos más idóneas que un varón. ¿Alguien se pregunta la capacidad de un varón para integrar una lista? Eso surge cuando las mujeres quieren entrar. El mérito tiene que estar considerado tanto tanto para varones como para mujeres, y sobre el mérito de los varones nadie se pregunta.

—¿Por qué se exige que haya paridad en las listas?

—Para ayudar a revertir cierta praxis política tan machista. La inclusión obligada de mujeres en las listas lleva a tener cuerpos legislativos más equitativos y plurales, que dan lugar a discusiones presentes en la sociedad pero que sin mujeres ahí presentes estaban callados, y que si hay mujeres son promovidos. Las leyes de discriminación positiva son necesarias para producir un cambio en la cultura política. Las leyes son actores de los cambios sociales que pueden existir fuera de la norma, pero muchas veces las normas ayudan a que ese cambio se pronuncie y sea más rápido y claro. El cupo se había convertido en un techo de cristal, aunque en realidad es un mínimo. ¿Alguna vez alguna lista puso más de un 30 por ciento de mujeres? Sólo algunas que logran poner menos cantidad de legisladores. El mínimo siempre fue visto como un máximo. Nunca hubo más de 30 en los grandes partidos. La paridad ofrece un punto de equilibrio.

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Martina Jaureguy

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