La reducción de organismos y el congelamiento de salarios a funcionarios se conocían de antemano. Macri eligió sumar por sorpresa a los anuncios la prohibición de contratar familiares de ministros para darle espectacularidad a las medidas. La decisión habla de lo hondo que caló la tozuda e inexplicable decisión de mantener en su cargo a Jorge Triaca.

Como suele suceder entre los amigos de la máxima que reza "no sólo hay que ser, también hay que parecer", el Gobierno se presenta más preocupado por las apariencias que por el fondo de la cuestión.

La ejemplaridad que pretende autoimponerse el Ejecutivo, en los hechos, dista de ser tal. El ahorro económico de la medida es irrisorio en relación con el gasto del Estado.

Más allá del gesto marketinero, la verdadera línea divisoria debería pasar por la eficiencia de la administracón pública y no por el apellido. Los atajos para repartir puestitos en el Estado seguirán intactos (y se inventarán nuevos). El propio jefe de Estado reconoció lo relativo de su enfoque al lamentar que van a perder "mucha gente valiosa".

Lo más escandaloso del affaire Triaca es que el funcionario haya confiado en la casera de su quinta familiar para poner en orden un gremio intervenido. Esa mancha, que permanecerá presente mientras el ministro continúe en su cargo, lejos estaba de ser alcanzada por el corte al nombramiento de familiares.