A comienzos de este año resonaban noticias respecto de un virus cuyo protagonismo se iba acrecentado. No mucho tiempo después, el Covid-19 ya no requeriría de presentación alguna: devendría en pandemia poniendo en jaque al mundo entero.

La irrupción del coronavirus sucede en un contexto signado por relaciones complejas. A pesar de la ralentización del comercio internacional y la amesetada evolución del PBI mundial de la última década, en lo que va del 2020 las variables adquirieron un dinamismo sin precedentes. El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que el PBI mundial se contraerá, al menos, un 3% en 2020. Por su parte, la Organización Mundial del Comercio (OMC) espera una reducción del comercio internacional del 13%.

Las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China, marcadas por prácticas desleales, como dumping y robos de propiedad intelectual, se recrudecieron. Al mismo tiempo, presenciamos la encarnizada disputa por la fijación del precio del barril de crudo Brent, que tuvo lugar entre Rusia y Arabia Saudita, y su resultante desplome. Adicionalmente, las Bolsas de todo el mundo se vieron afectadas. La conjunción de cierres en marzo aún peores que los registrados en la crisis de 2008, seguidos por variaciones alcistas inéditas en abril, arrojaron un saldo negativo.

Inmersos en este complejo contexto, líderes de todo el globo se vieron forzados, algunos con mayor y otros con menor celeridad, a tomar decisiones drásticas y únicas en sus gobiernos. La imperiosa necesidad de practicar el distanciamiento social, que se impone como la única vacuna en la actualidad, redundó en la propagación de cuarentenas en la mayoría de los países, afectando tanto a la oferta como a la demanda global. En consecuencia, la contracción mundial del intercambio comercial se fue acentuando paulatinamente, dando lugar a una suerte de blindaje de las economías de todo el mundo.

La presente coyuntura nos interpela. Nos obliga a mirar puertas adentro y a repensar nuestros entramados productivos. El panorama resulta hostil para las exportaciones argentinas por múltiples razones, como la mayor penetración de China en los mercados foráneos antes del Covid-19, la devaluación de las monedas sudamericanas para mitigar los efectos de la crisis vía aumento de su competitividad por el abaratamiento de sus productos, y la caída generalizada de la demanda. De igual modo, la disminución de la oferta mundial, los cierres de fronteras y las dificultades logísticas por la menor actividad del transporte aéreo, marítimo y terrestre, derivan en grandes inconvenientes para importar los insumos o bienes finales utilizados en la producción nacional. Empero, de este último, emerge la oportunidad de diseñar una verdadera política de desarrollo industrial.

Estamos frente a un escenario más que propicio para que las políticas económicas se orienten hacia el sendero de la industrialización. En una primera instancia, ésta puede pensarse para sustituir aquellos bienes que,con anterioridad a la pandemia, se importaban con normalidad, práctica que actualmente se encuentra pautada por obstáculos.

Sin embargo, es fundamental reconocer en la industria nacional un vector de desarrollo económico. Como tal, permite producir bienes con un mayor valor agregado, a la vez que promueve la innovación y el desarrollo de capacidades tecnológicas. Esto se corrobora en Argentina, donde el sector manufacturero ocupa el primer lugar en lo que concierne a las inversiones en I+D, con una participación del 65%.

Asimismo, se genera un círculo virtuoso caracterizado por el proceso de aprendizaje en que las distintas empresas se embarcan para beneficiarse de dicho progreso técnico, en pos de mejorar su rentabilidad, lo que a su vez permite que el desarrollo tecnológico se haga extensivo a toda la industria. La difusión tecnológica facilita que las estructuras productivas adquieran una mayor productividad; es decir, la obtención de una mayor producción por hora trabajada. Las mejoras de productividad agregada se traducen en el crecimiento del producto bruto de un país, porque atraen a las inversiones a la actividad que las acusa, favoreciendo la generación de nuevos puestos de trabajo en general, y de mano de obra calificada en particular.

Aún desconocemos cómo quedará reconfigurado el sistema económico mundial una vez transitada la pandemia del Covid-19. Mas la incertidumbre del futuro se compensa con la certeza de saber las virtudes que la industrialización trae aparejada. Las condiciones están dadas para efectuar un viraje en nuestras políticas económicas que las encauce en el camino del desarrollo de la industria nacional. Solo queda preguntarse si lograremos aprovechar esta oportunidad.

* Licenciada. Departamento de Estudios Económicos de Adimra.