Desde que somos pequeños, los adultos de nuestro entorno tratan de inculcarnos valores como la generosidad, la solidaridad y el compartir. Nos recuerdan la importancia de ayudar a los demás. Y la realidad nos confirma que las conductas prosociales resultan provechosas tanto para el que las recibe como para quien las emite.

Cuando realizamos una acción beneficiosa para otros, nos sentimos mejor con nosotros mismos. La imagen que cada uno mantiene de sí mismo se vuelve más positiva. Todo lo bueno que se desprende de una actuación solidaria contribuye a reforzar nuestra autoestima. Al ayudar a los demás, estamos fortaleciendo los lazos emocionales que nos vinculan a ellos. Cuando hacemos un favor a una persona, esta se siente valiosa y apreciada. En consecuencia nos expresará su agradecimiento con palabras o gestos, proporcionándonos una agradable sensación de satisfacción. 

Actuando en favor de otros abrimos los ojos ante la belleza de la vida y ponemos en práctica la humildad, despertando la gratitud, favoreciendo el desarrollo del pensamiento positivo y alejando la queja. Ayudar enciende conexiones, nos acerca a los otros y nos hace sentir que formamos parte de un proyecto común. El sentimiento de unidad que se genera al invertir nuestra energía en otros es beneficioso para todos. Decía el líder y educador de la comunidad negra estadounidense, Booker Washington: “Creo que he aprendido que la mejor manera de levantarse uno mismo es ayudar a otra persona".

Sin embargo, para ayudar, a veces, es necesario no intervenir. Guardar silencio, respetar los espacios, dejar en soledad, quedarse al margen. Decía Roosevelt que entre hacer lo correcto y lo incorrecto hay algo mucho peor: no hacer nada. Esta visión responde sin duda al clásico enfoque de la mentalidad política, temerosa siempre del inmovilismo, del votante que no toma partido o del supuesto aliado que no da el paso al frente. Sin embargo, no hacer nada es, en realidad, una tercera opción muy válida, y de hecho a veces, es la más idónea.

“Cualquier ayuda innecesaria es un obstáculo para el desarrollo", afirmaba María Montessori. Ahora bien, el mayor problema de todo esto es que en el inconsciente colectivo se asume que la falta de acción o la pasividad es un signo de que lo que ocurre no nos importa. Pero, muchas veces, al privar a las personas de sus propias luchas, les quitamos una valiosa oportunidad de aprendizaje y de crecimiento personal. Hay sufrimientos que uno mismo debe experimentar para florecer, ahí, en la privacidad del propio mundo interior. Hay trayectos que las personas debemos hacer en meticulosa soledad, sin necesidad de auxilio, sin la obligación de ser salvados por quien enarbola de forma constante la bandera de las buenas intenciones o de los grandes sacrificios sin sentido.

Hay personas con “síndrome de salvador”, cuya forma de vivir consiste en ir asumiendo y solucionando los problemas de otro; necesitan sentirse imprescindibles para dar sentido a su existencia y, cuando esto no es posible, se sienten frustradas, poco valoradas, e incluso perdidas. Suelen ser personas con rasgos controladores que encuentran a otras caracterizadas por una personalidad dependiente, con poca seguridad en sí mismas y baja autoestima.

A fin de mejorar las habilidades de alguien hay que darle la ayuda justa y necesaria para que desarrolle sus propias potencialidades. Ello implica, por ejemplo, no asumir responsabilidades que no son nuestras e identificar los puntos en los que nuestra ayuda es realmente un estímulo para el aprendizaje y en qué grado. “Ayuda a tus semejantes a levantar la carga, pero no te consideres obligado a llevársela" sentenciaba Pitágoras. Somos muy conscientes de que no siempre es fácil saber dónde están los límites, donde esas fronteras donde “el no hacer nada" es admisible y recomendable. Deberíamos tener claro, en primer lugar, que no es bueno prestar siempre una ayuda devota, constante e ilimitada. El resultado podría ser desastroso: esas personas podrían volverse pasivas, egoístas y desarrollar una férrea dependencia.

En ocasiones, la mejor ayuda es saber escuchar o simplemente “estar" sin hacer ruido. Que la otra persona tenga constancia de que estamos ahí para ellos si así lo quieren, que podemos ser ese hombro en el que llorar si lo desean, esos ojos en los que confiar o esa persona que sabe respetar distancias y soledades cuando lo necesiten.

Podemos, en esencia, ser ese rayo de luz que ilumina en un momento puntual, limitado y fugaz.

Sin embargo, también podemos no hacer nada, una opción tan válida como terapéutica a veces. Recordar lo que llaman la regla de oro: para poder amar, primero has de amarte, para poder ayudar, primero has de ayudarte: nadie puede dar lo que no tiene. Hay quien sencillamente no necesita ser salvado porque, sencillamente, no está en peligro. 

- "¿Qué demonios estás haciendo?", le pregunté al mono cuando le vi sacar un pez del agua y colocarlo en la rama de un árbol. - "Estoy salvándole de perecer ahogado", me respondió.