Todos sabemos que la vida es dinámica. Lo que ayer era, hoy ya no es. Lo que hoy no está, mañana sí. Por más rutinaria y estable que sea nuestra vida, siempre hay transformaciones. Pese a todo, la mayoría de las personas tienen grandes problemas para cambiar. Somos como somos y organizamos nuestra vida, a menudo sin saber por qué, dejándonos influir por una multitud de factores. Es verdad que también logramos puntos de equilibrio en lo que hacemos, pensamos y sentimos; ellos nos proporcionan una sensación de tranquilidad. Por eso nos acomodamos y nos quedamos ahí. El problema es que cuando necesitamos avanzar, también tenemos que movernos y, obviamente, cambiar. Pero no siempre estamos preparados para hacerlo.

Muchas veces se dice que quien no cambia es porque no quiere. Es cierto que la voluntad juega un importante papel en este terreno, sin embargo, no es lo único. En la base de la pirámide de la resistencia al cambio no está la voluntad, sino el saber. El cambio se lleva a cabo primero en la mente y luego en la práctica. En el segundo escalón de la resistencia está el poder. Se cree que no es posible hacerlo; por eso es necesario trabajar a fondo la confianza en nosotros mismos. El tercer elemento es querer. La mayoría de las veces terminamos haciendo y logrando lo que queremos. Los tres elementos de la resistencia al cambio (saber, poder y querer) corresponden a las tres barreras que debemos encarar. 

Superar la resistencia al cambio se convierte en una tarea titánica para muchas personas. De hecho, algunos empeñan demasiado esfuerzo en intentar que nada cambie. La resistencia es esa fuerza que nos impulsa a mantenernos en la zona de confort puesto que cambiar supone “desacomodar” nuestra rutina y nuestro mundo interno. Debemos adaptarnos a un viaje vital de cambios donde casi nada es estático: para sobrevivir hay que dejar ir viejas formas. Sólo entonces lograremos ser aquello que siempre ha estado en nuestro interior y con lo que soñamos.

Resignificar las experiencias es esencial para la transformación. Todos, alguna vez, hemos sentido el deseo de cambiar las vivencias desagradables por otras que resulten un poco más placenteras. Desafortunadamente hablamos de algo que, en ocasiones, no podemos llevar a la realidad mediante conductas. Lo que está en nuestras manos es resignificar las experiencias, o sea, otorgarles otro significado. Cada una de nuestras experiencias la asociamos a una emoción, y el significado que le damos va a estar asociado a ella. Darle otro hará que nos centremos en otra emoción. “Cuando ya no podemos cambiar la situación, tenemos el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”, decía Victor Frankl. 

La auténtica curación en lo personal llega con el compromiso, con la capacidad de manejar emociones, de generar cambios, de transformarnos mediante nuevos hábitos y esquemas mentales. Todos tenemos alguna cuenta pendiente: los miedos, las inseguridades, las fobias, el pensamiento excesivo, el rencor, las decepciones no superadas. Siempre estamos a tiempo en esta materia de bienestar, siempre es buen momento para iniciar una transformación. La mera sucesión de los días ni ayuda ni alivia ni hace olvidar ni resuelve nada. Para superar cualquier circunstancia se necesita poner en marcha una transformación. Se trataría, en esencia, de dar forma a una mejor versión de nosotros mismos. Nadie puede hacer esa labor por nosotros y asumirlo, hacerle frente es un ejercicio de madurez personal excepcional. 

“Hace algún tiempo nació una pequeña oruga que con cierta dificultad se arrastraba por el suelo de un lugar a otro. Hasta que un día, cansada de arrastrarse decidió trepar a un árbol. Llegó a una rama desde la que respiraba paz.

Se quedó inmóvil, observando el mundo que le rodeaba, y sintió que la vida era demasiado hermosa para no transformarse con ella. La oruga se quedó dormida pensando que su destino era ser algo más que una simple oruga. Durmió, haciendo crecer a su alrededor un caparazón que la mantuvo con esa sensación de paz el tiempo suficiente para convertirse en otro ser.

Cuando despertó se sentía atrapada en una coraza pesada. Con esfuerzo movió lo que parecían unas enormes alas azules. La oruga ya no era una oruga, era una mariposa azul. Sin embargo, no se dio cuenta.

La mariposa azul bajó por el árbol usando sus pequeñas patas, como había hecho siempre. No entendía por qué su vida se había complicado tanto. Se acercó una hermosa y sabia mariposa blanca, se posó sobre una flor y durante un rato observó a la mariposa azul sin decir nada. 

-Aunque no puedas trepar hasta esa rama… quizás puedas volar hasta ella.

La mariposa azul observó a sus grandes y pesadas alas. Las movió con fuerza y las abrió. 

-De no usar tus alas estás desgastando tus patas, dijo la mariposa blanca alejándose con elegancia.

En ese instante comenzó a entender que ya no era una oruga. Abrió sus alas más y más y cuando quiso darse cuenta estaba volando. Descubrió que el miedo a volar no le había permitido aceptar quién era realmente”.