Saborear la vida gustosamente implica experimentar el bienestar psicológico de una manera más auténtica y profunda, o sea, descubrir la felicidad como camino. Viene de la mano de la aceptación incondicional, propia y de los demás. Sin embargo, existen personas que se creen el centro del mundo a pesar de que nunca lo reconozcan. Son personas que en una conversación repiten, con una frecuencia excesiva, la palabra “yo”, sin tener en cuenta otras opciones reales como el “nosotros”. 

De nada sirve tener muchos títulos, un bonito físico o una gran fortuna si luego no sabemos vivenciar el amor, capacidad que innatamente todo ser humano posee. Da igual que sea un político, un religioso, un barrendero, un informático o un modelo de pasarela: cada ser humano lleva en su bagaje el amor a la vida y a los demás. Las personas que más apreciamos son aquellas que se muestran auténticas, que se aceptan y están seguras de quienes son, intentando donarse, sin necesidad de aparentar una imagen excepcional.

Para liberarnos de las presiones que nacen de pensar que debo tener cierta particularidad, ser de tal forma o poseer tales cosas, es necesario que comencemos a visualizarnos desprovistos de todo eso que se supone me va a otorgar valor. Sólo son capas. Llegaremos a la aceptación de nuestro yo y por lo tanto, a la liberación de las falsas necesidades o a la dependencia del exterior. La clave del bienestar reside en saber decirnos a nosotros mismos que, aunque suene contradictorio, somos seres valiosos pero no tan importantes, geniales pero prescindibles. Esto genera un gran descanso mental: no tenemos nada que demostrar.

Hay personas que alardean de su seguridad. Con la cabeza bien alta, parece que lo saben todo y que los demás nunca estaremos a su altura. Son reconocidas por sus “aires de superioridad”, se creen mejores que los demás y a su lado estarán aquellos que los idolatran y los que, a la larga, serán sus víctimas. 

La modestia no es un rasgo que caracterice a este tipo de personas. Siempre se presentarán orgullosas y presumidas de todo lo que puedan para destacar sobre el resto: sus virtudes, su fuerza, su valentía, su inteligencia. Pero detrás de todo ese desprecio que muestran hacia sus propios amigos se esconde un problema mucho más profundo que intentan ocultar, una situación que alimentan poniéndose una máscara de autosuficiencia. Su gran problemática es el trauma de la inseguridad que las persigue.

Quien alguna vez se sintió desvalorizado, puede sumergirse en mecanismos complicados, creyendo que todo lo puede. Están en todos lados, se muestran omnipresentes en las acciones propias y de los otros. Así generan un séquito de personas necesitadas. La omnipotencia es la creencia tácita o explícita de pensar que todo se puede donde los demás no llegan. 

Los omnipotentes nunca dicen NO, son devotos del SÍ por sobre todo. Hay algunos que también son prepotentes, que tratan de monopolizar diálogos, otorgándose un brillo de poca monta. Orgullosos, soberbios, sobreestimados, ególatras, fanfarrones, buscan reconocimiento y defenderse de cara a sus fuertes sentimientos de minusvalía. Hacen honor a la expresión “gigantes con pies de barro”. Algunos estudios indicaron que las personas más incompetentes tienden a sobreestimar sus propias habilidades y son altamente ineficaces para reconocer sus insuficiencias. No reconocen las habilidades de los otros, y por eso se sienten superiores. Se recrean en su fantasía de éxito, poder, brillantez, belleza o amor ilimitado.  Ellos sienten que son únicos y que hay algo que los hace inigualables.

“Hace ya algo más de cuarenta años, en una iglesia de Austria, el párroco organizó un concierto con piezas clásicas. Encargó a un organista austriaco de fama internacional el recital. 

Con más de media hora de anticipación, los asistentes comenzaron a llenar los bancos de la iglesia. Sonaron los primeros acordes y todo el auditorio se quedó en el más profundo silencio. El buen hacer del organista y las piezas elegidas, hicieron que los asistentes se fueran emocionando.

En el intermedio del concierto, un anciano caballero cuya tarea consistía en mover los fuelles del órgano dijo muy satisfecho al músico: -¡Vaya concierto más soberbio el que estamos dando esta noche!

El célebre organista quedó un tanto asombrado y molesto. -¿Cómo dice usted, “estamos dando”? ¿No soy yo el que está dando el concierto?

-¡Usted perdone Maestro! respondió el anciano, reconociendo haber metido la pata.

Pasaron unos minutos y el concertista, después de estirar sus dedos y cambiar de partitura, se sentó de nuevo en el taburete para proseguir el concierto.

Cuando el auditorio se hubo acomodado, el maestro aplicó sus manos al teclado para comenzar la segunda parte. Apretó las primeras teclas, pero no salió ningún sonido. Se levantó un tanto extrañado y casi enfadado, corrió a la parte trasera del órgano; comprobó que el viejo que movía los fuelles seguía muy tranquilo con su pipa en la boca, sin mover un dedo.

El músico, captó el mensaje, y cambiando repentinamente su faz, le dijo: -Tenía usted razón: estamos dando un gran concierto.”

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Lic. Aldo Godino

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