La naturaleza de los seres humanos dictamina que somos seres sociables y que, por ende, necesitamos estar en constante interacción con los demás para ser felices. En lo profundo del ADN humano hay una huella de millones de años que nos impulsa a ser gregarios. El individuo necesita de otros, física y psicológicamente para sobrevivir. Los otros son muy importantes en nuestra vida. De hecho, la ciencia ha comprobado que pasar mucho tiempo solos afecta notablemente nuestra conducta.

Social y culturalmente hemos sido educados para estar acompañados. Lamentablemente son muchas las personas que, en los últimos meses, sienten menos ganas de salir, de reunirse con gente y socializar. De hecho, es común recurrir a las excusas e incluso a las mentiras para evitar la interacción social. Nuestras ganas de socializar han disminuido. En los últimos tiempos, y sobre todo con la pandemia, los hábitos sociales de muchas personas parecen haber cambiado. El hecho de haber pasado mucho tiempo en casa nos ha cambiado más de lo que pensamos. Nuestros patrones de interacción se alteraron y hasta nuestro modo de trabajar también empezó a seguir otro modelo. El hogar se convirtió en refugio y hay quien todavía se resiste a salir al mundo del mismo modo que antes, con la misma energía, ganas y confianza. Hay desinterés y falta de ánimos para comunicarse con los demás. 

Hay quienes aman, disfrutan y atesoran su soledad como un valioso regalo. “La mejor manera de ser feliz con alguien es aprender a ser feliz solo. Así la compañía es una cuestión de elección y no de necesidad”, decía Mario Benedetti. Sin embargo, es importante vigilar este patrón y cuidar que no se vuelva excesivo, pues aislarnos nos vuelve cada vez más solitarios. 

Estar a solas es sano y reparador. Sin embargo, si llevamos este goce al extremo, después restablecer interacciones se volverá más difícil, ya que en este distanciamiento podremos haber quemado algunos de los puentes que nos unían a las personas con las que teníamos más confianza. Si nos aislamos, nos acostumbraremos a este modo de vida. Esto no sólo quiere decir que cada vez nos resultará menos incómodo y más placentero estar a solas, sino que además puede que perdamos parte de nuestras habilidades sociales. La soledad severa y prolongada en el tiempo puede causar serios daños a nuestra salud física y psicológica. 

La soledad es una epidemia creciente en todo el mundo. En las grandes ciudades las relaciones vecinales se han vuelto tensas y excluyentes. En el fondo, todos sabemos que pasar mucho tiempo solos no es bueno. Sin embargo, no siempre encontramos la manera de romper esa burbuja. A veces no hemos desarrollado suficientemente la sociabilidad. Otras veces nos topamos con entornos que son excesivamente herméticos.

De todos modos, lejos de lo que muchos pueden llegar a pensar, las personas solitarias pueden ser muy felices, y estar consigo mismas, les permite desarrollar cualidades muy positivas. Tener una gran fuerza mental y espiritual y poseer un gran conocimiento de quienes son, lo que les gusta y lo que no. Ser asertivos al momento de plantear límites y tener ideas bastante claras. Tener una capacidad de comprensión mayor que muchas personas, siendo mucho más abiertos a ideas y realidades diferentes a las suyas. Por eso Paulo Coelho decía: “La soledad, cuando es aceptada, se convierte en un regalo que nos lleva a encontrar nuestro propósito en la vida”.

Existe un gran abanico de posibilidades para percibir o atravesar la soledad. Uno puede estar rodeado de gente y sentirse muy solo o bien no tener a nadie al lado y creerse acompañado. La soledad, muchas veces, está relacionada a una carencia de vínculos cercanos, de redes, de relaciones, de lazos. Justamente, es muy difícil hoy en día mantener el contacto estrecho con los demás. Algunos, en verdad,  prefieren estar solos porque se sienten mejor de esa manera, consideran que son auto suficientes, que no necesitan a nadie más, que la soledad los hace menos vulnerables. Sea cual sea la causa, lo cierto es que pasar mucho tiempo solos no nos hace bien.

“Había una vez una planta muy joven. Tenía exactamente cuatro hojas. Cuatro bonitas hojas, resplandecientes. Un día las cuatro hojas tuvieron una reunión. Una, dijo que su vocación clara consistía en permanecer unida al naciente arbolito, pero que en lo sucesivo había decidido prescindir del agua. Cuestión de proyecto personal: que sus compañeras estudiaran el asunto y una vez entendido su deseo de “cortarse sola” respetaran su libertad. Las otras tres hojas estaban repletas de buenas disposiciones y decidieron aceptar lo que su compañera les pedía. 

Sin embargo el arbolito tan prometedor dio signos de languidez y murió. Cada hoja fue llevada por el viento a un sitio distinto. Hay grupos en que, para respetar la libertad de uno, no se respeta a los otros. Y, finalmente, a causa del auto aislamiento, termina muerto todo el grupo.”