Desde que somos pequeños nos dicen que debemos casarnos, tener hijos, encontrar un trabajo estable, evitar divorcios, rehuir peligros, pagar lo antes posible al gobierno para gozar de una buena jubilación y cuidar de nuestros bienes para poder dejarlos a la generación siguiente. Los que lleven adelante este cronograma podrán adquirir estabilidad, pero difícilmente ser felices. Ser feliz es una actitud que nos permite estar satisfechos de nuestra vida y de nosotros mismos. Por mucha estabilidad que tengamos, podemos estar viviendo una vida a disgusto, por lo que probablemente no nos sentiremos plenos.

Soñamos con la estabilidad continuamente, la añoramos. La sociedad nos la impone como un fin a conseguir en nuestras vidas. Añorarla no es algo negativo, pues la estabilidad es básica para poder equilibrar nuestra existencia. Pero puede ocurrir que por conseguir esa ansiada estabilidad nos estemos perdiendo muchas etapas de nuestra vida; de tanto mirar a un futuro en el que todo estará en orden un día, nos sentiremos tremendamente desdichados por no haber podido disfrutar lo que hemos dejado atrás, por haber llevado esa vida “ausente de cambios” que un día creímos o nos hicieron creer que era el paradigma de la madurez y la felicidad. La estabilidad externa es solo un mito al que se le ha concedido demasiada importancia. La estabilidad está en nuestra cabeza. 

En circunstancias difíciles es más necesario que nunca aprender el arte del equilibrio. Este ejercicio requiere de un adecuado entrenamiento mental para permitir que el miedo nos deje dar pasos en línea recta, sin retroceder. No será fácil, es cierto, pero en la vida todo es práctica y aunque nos parezca imposible, podemos aprender a ser buenos equilibristas. Los caminantes de las alturas son personas que han aprendido a templar los nervios y a desarrollar una elevada concentración mental.

Hay momentos en que la vida tiembla y creemos estar suspendidos de un alambre. Tenemos la sensación de que a la mínima, perderemos la calma, la estabilidad y caeremos al vacío. Andar en equilibrio implica entre otras cosas, saber manejar las dificultades, desarrollar estrategias de afrontamiento, solucionar problemas y mediar con nuestras emociones. El secreto reside en entrenar nuestra mente y mirar hacia delante; en aliviar los miedos, las ansiedades, en dominar el diálogo interno y ese estrés que nubla la mirada y la claridad de pensamiento. De nada nos va a servir mirar atrás y aún menos, poner la mirada en el vacío, en el abismo que se abre bajo nuestros pies. 

Es cierto que no todos los días podemos sentirnos de la misma manera y que, afortunadamente, contamos con diversos mecanismos para expresar lo que nos sucede. Pero el problema reside en la magnitud de la variación de nuestros estados emocionales. Los altos y los bajos en nuestro estado de ánimo sin una razón y con más intensidad de la que deseamos, pueden ser perjudiciales para nuestra salud mental y para la relación con los demás. Vivir en una permanente “montaña rusa de emociones” es peligroso. La inestabilidad emocional es atravesar, en un mismo día, etapas de emoción, depresión, euforia, llanto, energía, miedo, felicidad y congoja. 

Los enfados, los malestares puntuales y las tristezas pasajeras son procesos más que normales. Las emociones existen por algo, para conseguir nuestros objetivos, para comunicarnos y para sobrevivir. El problema surge cuando estas emociones dejan de ser adaptativas. Las personas inestables emocionalmente no toleran las frustraciones, tienen baja autoestima, pensamiento dicotómico (o es blanco o es negro), problemas de comunicación y pocos recursos para afrontar situaciones difíciles. Son además personas muy impulsivas y viscerales, no piensan las consecuencias antes de actuar y luego se encuentran con más problemas de los que tenían. Hablamos de un estilo de personalidad, un enfoque personal. 

Las experiencias de nuestra vida, positivas y negativas, todas son transitorias. Tomar  conciencia de lo efímero de las cosas nos aporta la deseada confianza y paz interior. Aunque la intensidad emocional de las situaciones difíciles ocupará habitualmente el primer momento, nuestras reflexiones posteriores son las que nos traen el sufrimiento o la calma. La transitoriedad de las experiencias vitales es una realidad a la que accedemos cuando hacemos compatible la vivencia de nuestras emociones con la reflexiva visión de conjunto.

“Existía un rey del medio oriente al que la más pequeña cosa le causaba mucha pena o alegría. Hubo un momento en que se cansó de esto y llamó a un sabio para pedirle: -Quiero ser como tú; necesito algo que me otorgue equilibrio, serenidad y sabiduría en mi vida. Te pagaré el precio que pidas. 

El sabio le dijo que lo ayudaría pero que costaba tanto que todo su reino no sería suficiente; sin embargo se lo daría gratis, como un regalo. 

El sabio regresó unas semanas después con una caja y en ella un anillo que tenía inscripto: “Esto también, pasará”. El sabio le dijo: -Usa esto siempre, frente a cualquier cosa que pase, antes que lo llames bueno o malo, toca este anillo y lee esta inscripción. De esa forma siempre estarás en paz”.

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Lic. Aldo Godino

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