Dicen los estudios que cada vez sufrimos más ansiedad. Para los profesionales médicos, es el problema mental más recurrente y el mayor desafío. Para las industrias farmacéuticas, un negocio y para los millones de personas que la sufren en todo el mundo, esa realidad angustiante que limita por completo sus jornadas. El tema es increíblemente complejo. Algunos afirman que estamos ante una auténtica "epidemia" que tiene impacto negativo en la calidad de vida de muchas personas.

Transitamos en lo que los sociólogos denominan "la era de la incertidumbre". Nuestro cerebro necesita certezas y seguridades, pero nuestro entorno nos ofrece justamente lo opuesto. La sociedad es cambiante, nos presiona, nos demanda y pocas cosas están firmes. Hoy, el mundo está lleno de pequeñas y grandes amenazas potenciales que no podemos controlar. Las personas no podemos pasar meses, años y décadas enteras acumulando tensiones, miedos y preocupaciones. Vivir en piloto automático y guiados por esta dimensión no es vivir. 

Cuando ocurre de forma leve es una respuesta habitual a circunstancias estresantes. No deja de ser un mecanismo de alerta que nos advierte de una situación "amenazante" y que nos permite prepararnos para hacerle frente. El problema llega cuando las reacciones son demasiado intensas, muy frecuentes o se ajustan poco a la realidad de la situación. Cuando se produce un gran malestar, con síntomas físicos y psicológicos significativos y recurrentes, la ansiedad puede transformarse en patológica.

Si toma el control de nuestra realidad y de nuestras vidas, todo cambia, todo se desbarata y se difumina. Porque la ansiedad es como esa invitada molesta que se aprovecha de nosotros, que se niega a irse cuando se lo pedimos y que todo lo desordena. Cuando esto ocurre, nuestra personalidad se modifica y perdemos potencial, equilibrio y bienestar. Es difícil mantener un carácter cercano, optimista y resuelto cuando lo que hay por dentro es una tormenta emocional. Cuando la ansiedad "se hace cargo de las riendas" todo pierde interés.

Las personas no podemos pasar meses, años y décadas enteras acumulando tensiones, miedos y preocupaciones. Vivir en piloto automático y guiados por esta dimensión no es vivir. 

Preocuparse es humano. De hecho, estamos programados para ello, para anticiparnos a lo que pueda suceder y ser capaces de pensar planes alternativos para sobrevivir. Ahora bien, no es lo mismo hacerlo de vez en cuando que de manera continua. Cuando este estado de atención, tensión y alerta se cronifica, el resultado es una preocupación constante. Todo se amontona en nuestra mente y hace que funcione a pleno rendimiento. No para ocuparnos, sino para pre-ocuparnos. Es una situación de perpetua intranquilidad.

Las personas con ansiedad cometen un error fundamental: creen que cuanto más se preocupen, más cerca estarán de solucionar el problema. Los que sufren de una ansiedad generalizada piensan que el mero hecho de dar vueltas a un tema es estar abordándolo, cuando en realidad es todo lo contrario: se establece una hipervigilancia general hacia el entorno que los hace estar en todo y en nada a la vez. No es posible manejar el tiempo, es necesario liberarnos del futuro. Por algo dicen que tener ansiedad es estar enfermos de futuro. Una de las expresiones más conocida y más sabia ha sido "Carpe Diem", aprovecha el día. 

Hasta las relaciones personales pierden calidad. Cuesta detectar necesidades ajenas cuando uno mismo solo siente angustia, presión y malestar. La ansiedad todo lo aplasta: el humor, los ánimos, las ganas e incluso nuestra capacidad de conectar con los demás. El desempeño laboral se reduce, la comunicación cambia, se experimenta irritabilidad y cansancio. Decía Daniel Defoe que "el peso de la ansiedad en el ser humano es proporcional al mal que genera en su entorno".

La mente ansiosa tiene el convencimiento casi absoluto de que lo que está por venir es peligroso y amenazante, sobre todo si no le resulta conocido. Teme a la incertidumbre y a la inseguridad. Y el miedo sólo puede ser vencido por la esperanza, ya que implica confiar en que las cosas no van a ir tan mal o de que al menos pueden mejorar. Seguramente, entonces, cultivar el sentido de esperanza reducirá la ansiedad. El mañana sólo existe en nuestra mente y en nuestros proyectos. Vivir en el momento presente es enfocar nuestra atención plena en el aquí y el ahora. 

"Todas las preguntas que se suscitaron aquel día en la reunión comunitaria estaban referidas al futuro. Cómo alcanzaremos la felicidad, qué debemos hacer para lograr una buena fortuna, cómo elegir a alguien para constituir luego una familia. Sobre todo, estaban preocupados por saber si era verdad la existencia de una vida después de la muerte. Se notaba en todos una gran ansiedad por lo que aún no llegaba, por el por-venir.

El Maestro se limitaba a sonreír sin dar una sola respuesta. Cuando, más tarde, los discípulos le preguntaron por qué se había mostrado tan evasivo, él replicó:

-¿No han observado, que los que no saben qué hacer con esta vida, son precisamente los que más desean otra vida que dure eternamente?

-Pero, ¿hay vida después o no?, insistió ansiosamente un discípulo.

-¿Hay vida antes de la muerte? ¡Esta es la cuestión!, replicó enigmáticamente el Maestro".

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