Nuestra historia personal se escribe también con cada emoción sentida, con cada miedo superado, con cada instante de felicidad que ha dejado huella permanente en nuestra mente y corazón. Al fin y al cabo, la vida no es simplemente el tiempo vivido. La vida se mide en emociones: épocas de alegría, días de calma y momentos de tristeza. Las emociones guían nuestro devenir cotidiano de infinitas maneras. Tienen el poder de definir nuestras historias y las personas en las que nos convertimos; en un juego de tonalidades y contrastes reside la auténtica belleza y resistencia vital.

Emociones, esos instantes en los que algunas reacciones psicofisiológicas actúan como destellos, dando sentido a nuestra existencia. Estas realidades biológicas no sólo influyen en cómo nos sentimos físicamente; ellas median también en la forma en que pensamos y en cómo actuamos en determinados momentos. Felicidad, sorpresa, temor, tristeza, añoranza. Todas ellas, sin importar si su valencia es positiva o negativa, definen lo que somos, articulan nuestro comportamiento y dan sentido, a su vez, a cada cosa que hacemos.

Decía con acierto la escritora Hellen Keller que las cosas más hermosas de este mundo no se pueden ver ni tocar, se sienten con el corazón. Ella lo sabía bien. Como sorda y ciega aprendió a moverse y a entender su realidad a través de ese universo latente e invisible que muchos no apreciamos como se merece: las sensaciones, la conexión, los sentimientos. 

Asombrarse es una de esas emociones positivas que, a su vez, potencia emociones "prosociales" saludables, como la compasión y la gratitud. Experimentar asombro puede contribuir a una gran cantidad de beneficios y a mayores sentimientos de generosidad, empatía y humildad. Una acción muy simple, esencialmente un recordatorio para cambiar ocasionalmente nuestra energía y atención hacia afuera en vez de hacia adentro, puede llevar a mejoras significativas en el bienestar emocional. El asombro se desencadena por la conciencia de algo mucho más grande que el “yo” y que no es inmediatamente comprensible, como la naturaleza, el arte, la música, una ceremonia, un concierto.

Por desgracia, al contrario que a los niños, no hay demasiadas cosas o acontecimientos que nos asombren. Decimos por desgracia, porque el asombro parece tener efectos muy provechosos para todos. Es la capacidad de maravillarnos con la belleza del mundo, las acciones bondadosas o las experiencias positivas inesperadas. Es una emoción vinculada fuertemente a la sensación de estar vivos. De hecho, varios estudios encuentran que el asombro nos protege de la mala salud en todos los niveles y produce un aumento en la esperanza de vida.

Asombrarse permite mirar más allá de las necesidades personales para concentrarnos en alguien o algo más. Estar en presencia de grandes cosas provoca un “yo” más modesto, menos narcisista, lo que permite una mayor bondad hacia los demás. Cultivar el asombro es parte de desbloquear el verdadero sentido del propósito de la vida. Sentir asombro por las pequeñas cosas, por lo cotidiano, hace que, sin duda, la vida tenga mayor sabor y sentido. Walt Streightiff decía: “A los ojos de un niño, no hay siete maravillas en el mundo. Hay siete millones.” 

El asombro es la capacidad de percibir lo bello, lo excepcional, y lo impresionante en todo lo que nos rodea. Contribuye a nuestra felicidad, creatividad y motivación. La belleza es algo que uno aprecia o admira sin ningún tipo de interés en una ganancia personal. La cultura de hoy lamentablemente está centrada en lo material. Recuperar la capacidad de asombrarnos ante lo pequeño, lo simple y lo natural puede devolvernos esa ilusión por la “magia” que teníamos en nuestra niñez. Tener nuevamente recursos para descubrir acontecimientos que nos hagan vibrar.

En el día a día vamos tan estresados que no nos damos tiempo para ejercitar la capacidad de asombro; una vida estresada es una vida en la que no hay espacio para maravillarse. Una puesta de sol que nos quita el aliento, la vista desde lo alto de una montaña en un día claro, escuchar una melodía que nos conmueve, mirar a los ojos a un recién nacido, pasear por un campo lleno de flores. Hay muchos beneficios del asombro: menos estrés, más presencia, más inteligencia, más creatividad, menos egoísmo, más bondad, más generosidad y más conciencia del medio ambiente.

“El Génesis dice que, después de trabajar durante una semana creando todo, Dios se paró a contemplar lo que había hecho y se maravilló de todo lo realizado. Después descansó gozándose y regodeándose de lo bello y bien hecho que estaba todo. “No le pidamos a la Vida más maravillas, sino la capacidad de maravillarnos”, decía el Maestro. Por eso un día contó lo que le ocurrió a él, un día, mientras contemplaba una hermosa puesta de sol en el mar.

-¿No es precioso?, le dijo entusiasmado a una señora que se encontraba junto a él mirando el sol que se escondía.

-Sí, dijo de mala gana la mujer. -Pero ¿no cree usted que estaría mejor con un poco más de color rosa a la izquierda?"