Vivimos en un mundo acelerado, esclavo de las prisas y la velocidad; un mundo que nos contagia una sensación de estrés y desasosiego. Este ritmo frenético junto a la colección de tareas y obligaciones nos exige enfocar nuestra atención hacia el exterior para evitar que se nos escape algo. Y eso nos aleja de nosotros. Es casi imposible reservar unos instantes para mirarnos por dentro, para volcar los ojos hacia el interior y preguntarnos cómo estamos, conectar con nosotros mismos. 

La palabra introspección proviene del latín “introspicere” y significa inspeccionar por dentro. Se trata del proceso a través del cual adquirimos un tipo de conciencia focalizada o atenta sobre nuestros procesos y contenidos mentales y emocionales. Es un proceso por el que la persona bucea hacia su interior y es capaz de analizar sus propias experiencias. 

Muchas veces nos planteamos recorrer grandes caminos en búsqueda de lo que queremos; deseos o necesidades por los que pensamos que pasa nuestra felicidad. Compras compulsivas, reuniones multitudinarias, fiestas descontroladas… Pero no nos damos cuenta de que estamos buscando fuera lo que debería estar en el interior. 

La interioridad es la capacidad de reconocerse desde dentro y de relacionarse desde lo auténtico y lo profundo para poder encontrar un equilibrio personal que repercuta en los demás, en el entorno y en la sociedad. Es el espacio para sentir la individualidad y la libertad, siempre frágil, que nos permite la responsabilidad y el compromiso con nosotros mismos y los demás. Vivir desde la interioridad es vivir desde lo que cada persona piensa, siente, intuye y experimenta sin necesidad de dejarse arrastrar por el bombardeo exterior; es ser uno mismo, saber quiénes somos, cómo somos y hacia dónde vamos; escuchar nuestra sabiduría interior, y por tanto, no vivir sólo de la información exterior.

De todos modos, lo contrario de la interioridad no es la exterioridad sino la superficialidad. Interioridad y superficialidad son opuestas en cuanto que corresponden a dos disposiciones incompatibles: una vive de la cantidad, la otra, de la calidad; una de la compulsividad, la otra de la gratuidad; una de la seguridad, la otra de la confianza; una de la inmediatez, la otra de los lentos procesos que se van gestando en la profundidad del corazón humano.

Mirar hacia el interior es una dimensión que otorga sentido y carga de contenido a nuestra dimensión exterior. Es un ámbito de crecimiento personal, pues si optamos por vivir desde lo mejor de nosotros podremos desarrollar todas las potencialidades. La interioridad se convierte en el motor de acciones transformadoras del mundo que nos rodea. No es la interioridad del intimismo estéril, del “qué bien estoy conmigo mismo”.  Una vida interior muy atenta a sí misma resulta asfixiante, neurotizante. Por eso, no es zambulléndonos en el inconsciente donde encontraremos la paz y el sentido de nuestra vida, sino abriéndonos a un horizonte de sentido y a lo que nos trasciende. El proceso de interiorización conlleva un descubrimiento, una toma de contacto, una reflexión, un cuestionamiento y una propuesta de acción que se ve reflejada en el compromiso transformante de la persona con su realidad inmediata. 

“La estatua del Buda de Barro alcanzaba casi tres metros de altura. Durante generaciones había sido considerada sagrada por los habitantes del lugar. Un día, debido al crecimiento de la ciudad, decidieron trasladarla a un sitio más apropiado. Esta delicada tarea le fue encomendada a un reconocido monje, quien, después de planificar detenidamente, comenzó su misión. Fue tan mala su fortuna que, al mover la estatua, ésta se deslizó y cayó, agrietandose en varias partes.

Compungidos, el monje y su equipo decidieron pasar la noche meditando sobre las alternativas. Fueron unas horas largas, oscuras y lluviosas. El monje, en vez de desesperarse, se enfocó en encontrar una salida. De repente, al observar la escultura resquebrajada, cayó en cuenta que la luz de su vela se reflejaba a través de las grietas de la estatua. Pensó que eran las gotas de lluvia. Se acercó a la grieta y observó que detrás del barro había algo. Lo consultó con sus colegas y decidió tomar un riesgo que parecía una locura.

Pidió un martillo y comenzó a romper el barro, descubriendo que debajo se escondía un Buda de oro sólido de casi tres metros de altura. Durante siglos este hermoso tesoro había estado cubierto por una gruesa capa de barro ordinario. 

Los historiadores hallaron pruebas que demostraban que, en una época, el pueblo iba a ser atacado por bandidos. Los pobladores, para proteger su tesoro, lo cubrieron con barro para que pareciera común y ordinario. El pueblo fue atacado y saqueado, pero el Buda fue ignorado por los bandidos. Después, los sobrevivientes pensaron que era mejor seguir ocultándolo con barro. Con el tiempo, la gente comenzó a pensar que el Buda de Oro era una leyenda o un invento de los viejos. Hasta que, finalmente, todos olvidaron el verdadero tesoro, el que estaba dentro, escondido, el verdaderamente importante”.