Las circunstancias, las cosas que pasan, el mundo en general, es el mismo para todos; la única diferencia es la actitud con la que cada uno afronta las cosas y el tipo de pensamientos en los que nos enfocamos. Por supuesto, no estamos hablando de desgracias o accidentes importantes, aquí sólo hablamos del día a día normal de cualquiera. Una persona optimista, está predispuesta a buscar las cosas positivas que le rodean. Esto no quiere decir que a esa persona le pasen más cosas buenas que a otras, simplemente, se centra en buscarlas y valorarlas. 

Igual que las plantas necesitan de la luz del sol, nosotros, para desarrollarnos, también necesitamos un punto de positividad: “pensar que todo irá bien”. El concepto de heliotropía, extraído de la botánica, se define como el movimiento que realiza un organismo vivo buscando la luz del sol. El efecto heliotrópico simboliza la querencia del ser humano hacia lo positivo. Tiene una consecuencia beneficiosa en la salud y en el trabajo. Un enfoque vital en el que predominen las emociones positivas ayuda especialmente en las etapas difíciles, favoreciendo la visión del problema desde una mejor perspectiva. Somos seres heliotrópicos. 

Las emociones son procesos innatos que forman parte de nuestra vida y a los que muchas veces no les prestamos la suficiente atención. Desde hace algunos años, y cada vez más, se insiste en la relación directa que tienen con nuestra salud. De hecho, las emociones positivas pueden potenciar nuestra salud del mismo modo que las negativas pueden debilitarla. No es un asunto en absoluto trivial; ser positivo o no, tiene un gran impacto en nuestras vidas. La actitud mental positiva es aquello que marca la diferencia a la hora de disfrutar de las oportunidades que nos dan. Hay personas que, sin saberlo, se centran siempre en lo malo, sin darse cuenta de que el tiempo que pasan lamentándose es algo con lo que se autosabotean. Existen otros, sin embargo, que tienden a ver el vaso siempre medio lleno, en lugar de medio vacío. La capacidad de mantener una emoción positiva es un componente clave de la armonía psicológica y promueve una mejor conexión social.

La felicidad no es un destino sino una forma de viajar, se construye a base de decisiones y modificaciones en nuestros hábitos. Más allá de las circunstancias externas, mantener un estado de ánimo positivo depende de nosotros. Afirma el Dalai Lama: “Una mente lúcida y un buen corazón, acompañados por sentimientos cálidos, son las cosas más importantes. Si la mente no se dirige a los pensamientos positivos y elevados, nunca podremos hallar la felicidad”. Todos podemos ser portadores y gestores de emociones positivas. 

A la hora de construir emociones positivas es bueno tener en cuenta la necesidad de no generalizar. El mundo es mucho más complejo que blanco o negro, si o no. El “siempre” o el “nunca” no son de los mejores compañeros de viaje. La vida está llena de matices. Habrá que encontrar el punto de equilibrio; los extremos no son buenos, puesto que conducen inevitablemente a posiciones autoritarias. Potenciar también la capacidad de agradecer, incluso en los momentos más oscuros, hará que seamos profundos en nuestras vivencias. 

A pesar de las malas experiencias y los momentos difíciles vale la pena mantener la ilusión y la inocencia. Porque esas dimensiones son el motor del corazón, el aliento que nutre de esperanzas nuestro cerebro para que siga colocando metas en el horizonte. Lo que dota a la vida de autenticidad y sentido no es otra cosa que la ilusión. Quizá por ello, cuando esta dimensión falla y está ausente, todo se viene abajo. Sin ella, la motivación se desvanece, sin ilusiones el día no tiene color y revestimos de desánimos nuestros pensamientos.

“Cuentan del consejero de un rey que, ante circunstancias adversas, siempre decía: "qué bueno, qué bueno, qué bueno". Un día estando de cacería, el rey se cortó un dedo del pie y el consejero exclamó: -Qué bueno, qué bueno, qué bueno. El rey, cansado de esta actitud, lo despidió y el consejero respondió: -Qué bueno, qué bueno, qué bueno. 

Tiempo después, el rey fue capturado por una tribu para sacrificarlo ante su dios. Cuando lo preparaban para el ritual, vieron que le faltaba un dedo del pie y decidieron que no era digno para su divinidad y lo dejaron en libertad. El rey ahora entendía las palabras del consejero y pensó: -Qué bueno que haya perdido el dedo del pie, de lo contrario ya estaría muerto.

Mandó llamar al palacio al consejero y le agradeció. Pero antes le preguntó por qué dijo "qué bueno" cuando fue despedido. El consejero respondió: -Si no me hubieses despedido, habría estado contigo y como a ti te habrían rechazado, a mí me hubieran sacrificado.

Y agregó: -La vida es como un laberinto. En el diario caminar podemos estrellarnos contra las paredes cuando las circunstancias son difíciles. Por eso hay que tomar siempre una actitud positiva.”