Los finales abiertos en cine, televisión y literatura, siempre se han considerado muy buenos. Suponen un estímulo que permite comprender que esa historia no ha terminado del todo, que un final es solo otro principio. A veces, un final abierto da alas a nuestra imaginación para continuar con la historia cuando ya no quedan escenas o palabras escritas en letras formales.

También nuestra vida está llena de ciclos, que comienzan y terminan. Amores y desamores, éxitos y fracasos, amigos que haremos en el camino y algunos que perderemos. "Tenemos que tener muchos finales, para tener muchos principios", dijo la psicóloga Laura Chica.

Cualquier final, es claramente un principio, una oportunidad de abrirse a lo nuevo, a lo desconocido; ocasión para despedir a esa historia que se mantendrá en nuestra memoria y en nuestro corazón, y embarcarnos en nuevas aventuras. Es difícil aceptar que la vida es cíclica, y que cada etapa tiene su momento. Cada inicio de una nueva etapa va ligada al fin de la anterior. Por eso decía Jorge Bucay: "Cada vez que algo se va, deja lugar a lo que sigue".

Resistirse a poner un punto final responde a la necesidad de eludir un malestar inmediato. Evitamos la confrontación con la realidad, prolongando relaciones conflictivas, siguiendo presos de hábitos paralizantes. Solo colecciones de malos ratos y un precio alto por no poner un final.

Es bueno cortar por lo sano y renovar el escenario de nuestra vida; no permitir el boicot de nuestra dignidad. Poner final a aquello que está desgastando continuamente nuestra paz interior. Merecemos un comienzo cada vez que sea necesario. Los cambios marcan la diferencia entre las personas que se renuevan continuamente y las que terminan viviendo eterna y masoquistamente en sus dramas pasados.

Dejar ir no es darse por vencido, no es un acto de debilidad sino de fortaleza y crecimiento, porque, aunque nos duela dejar ir, comprendemos que hay cosas que no pueden quedarse si queremos conformar un presente más auténtico. Vivir de nostalgias puntuales enriquece e inspira, pero sobrevivir de forma perpetua del recuerdo, no nos permite crecer, nos erosiona por dentro.

Somos conscientes de que nadie tiene la felicidad garantizada en la palma de su mano. El acto de dejar ir implica un gesto de valentía y de autoconocimiento. Es necesario saber percibir dónde están nuestros límites y qué es aquello que de verdad queremos para nosotros. Hay aspectos de nuestra vida que para superarlos, primero hay que aceptarlos. Dejar ir es un producto artesanal que debe hacerse de forma pacífica y sin rabia; solo entonces nos permitiremos ser libres. Y algún día todo tendrá sentido.

Lamentablemente la costumbre es una fuerza muy poderosa que nos impulsa a mantenernos en la inercia. Se percibe como si fuera más fácil soportar lo malo conocido, que emprender la aventura de lo bueno por conocer. Hay una parte de nosotros que quisiera seguir en lo mismo y no experimentar ninguna incertidumbre frente a lo nuevo. Movernos de lo conocido a lo incierto supone aprendizajes, sorpresas y, por supuesto, adaptaciones. La mayoría de las veces, los cambios nos dan mucho más de lo que nos quitan. Alguien decía que "un gran error es arruinar el presente recordando un pasado que ya no tiene futuro".

Posiblemente en muchas ocasiones hemos podido escuchar las experiencias de personas que han sobrevivido a una enfermedad o a un accidente atroz y, como consecuencia, algo ha despertado en ellos, dándoles la fuerza necesaria para cambiar el rumbo de sus vidas, aunque les haya parecido que todo terminaba. No es necesario cambiar de forma traumática; ser dúctiles y pacientes construye maravillosas obras de arte.

Dicen que, una vez, una hermosa tacita comenzó a contar su historia: "Hace mucho tiempo yo era sólo un poco de barro. Pero un artesano me tomó entre sus manos, me amasó y me fue dando forma. Llegó el momento en que me desesperé y le grité ¡por favor, déjeme en paz; quiero seguir siendo barro! Pero él solo me sonrió y me dijo 'aguanta un poco más, todavía no es tiempo'. Después me puso en un horno. No quería ese final. Él me decía 'aguanta un poco más, todavía no es tiempo'. Luego mi artesano me puso en un estante, pero me comenzó a raspar, a lijar. Era un terrible final. Y me aplicó meticulosamente varias pinturas. 'Por favor, basta', pero él solo me decía 'aguanta un poco más, todavía no es tiempo. Y me metió en otro horno, mucho más caliente que el primero; era el fin. Grité, lloré; pero mi artesano sólo me decía 'aguanta un poco más, todavía no es tiempo'. Por alguna razón aguanté todos los finales y amé todos los comienzos. Fue entonces que mi artesano me tomó cariñosamente y me llevó a un lugar muy diferente; todas las tazas eran verdaderas obras de arte.

Mi artesano entonces me dijo: 'Sé que sufriste al ser moldeada por mis manos, mira tu hermosa figura. Sé que pasaste terribles calores, observa tu sólida consistencia. Y la pintura te provocaba náuseas, pero contempla ahora tu belleza. Después de tantos y aparentes finales que no querías, ¡eres una obra terminada!'"

Más notas de

Lic. Aldo Godino

Miedo a que las cosas nunca cambien

Miedo a que las cosas nunca cambien

Aires de superioridad: los que se "creen" importantes

Aires de superioridad: los que se "creen" importantes

Ninguna gota de lluvia cree haber causado el diluvio

Ninguna gota de lluvia cree haber causado el diluvio

El perfeccionismo: mejor aliado, terrible enemigo

El perfeccionismo: mejor aliado, terrible enemigo

Hablar es, muchas veces, una medicina natural

Hablar es, muchas veces, una medicina natural

Dejar de predecir el futuro, crearlo cada día

Dejar de predecir el futuro, crearlo cada día

Creadores de instantes perfectos

Creadores de instantes perfectos

Inteligencia sin bondad, trampa para el mundo

Inteligencia sin bondad, trampa para el mundo

Apostar por la venganza siempre será perder

Apostar por la venganza siempre será perder

Las decisiones definen quiénes somos

Las decisiones definen quiénes somos