Estamos en tiempos líquidos donde, generalmente, cuesta mucho ser coherente con uno mismo, con nuestros ideales, con nuestros valores y con nuestros principios. Sin embargo, una de nuestras necesidades más importante es cuidar la armonía entre lo que sentimos, decimos y hacemos, entre lo que nos ha enseñado la experiencia y lo que nos demanda el momento presente.

El principio de coherencia nos dice que las personas nos esforzamos, casi en todo momento, por ser congruentes. Significa ser fiel a uno mismo y, aunque en principio puede resultar tan obvio, es a menudo nuestra principal fuente de conflictos internos. El sentido de nuestra existencia es realizar el potencial que traemos; no ser fieles a nosotros mismos es la inconsciencia más grave, porque daña nuestro ser.

La palabra coherencia, tiene su origen etimológico en el latín "coaherentia", que significa conexión interior y designa la cualidad de lo que presenta una relación interna y global de sus distintas partes entre sí. La coherencia se valora a través del enlace sereno que mantienen nuestras experiencias propias con nuestros pensamientos y decisiones. Por su carácter entero o global, se relaciona con la frase de Aristóteles: "El todo es más que la suma de las partes". Acá no hay suma, existe armonía.

Que el mejor ejemplo de lo que somos sea nuestra manera de actuar 

El psicólogo Carl Rogers definió esta característica como una alianza entre la experiencia y la conciencia. Es, básicamente, el resultado de cada cosa vivida, y de lo que hemos aprendido de ellas, para actuar de manera consecuente con nuestra propia escala de valores, sentimientos y deseos.

Cuando el principio de coherencia se quiebra, emerge el malestar y el sufrimiento. Esta es una realidad tristemente común. La incoherencia es el claro y completo distanciamiento del «yo ideal". La realidad ha perdido sentido; se ve una clara diferencia entre lo que se quiere y lo que se hace, entre lo que se siente y lo que se recibe.

Lo esencial es que, en todo momento, siga existiendo un equilibrio interno. Siempre habrá circunstancias que atenten por completo con nuestros principios, esas en las que reaccionamos con convicción para defender nuestra coherencia. Otras veces, estaremos obligados a hacer pequeñas concesiones. Lo lesivo se da cuando se vulnera de manera continuada el principio de coherencia. Este incumplimiento produce una clara distancia entre el yo ideal y el yo percibido, un abismo sufriente entre aquello que soy y lo que me gustaría ser.

Cuidar de nuestro principio de coherencia es un acto de valentía diario. El ejercicio saludable de ser y actuar de acuerdo a nuestros valores garantizará que el músculo de la autoestima esté en plena forma. No resulta fácil ajustar los pensamientos con los dichos y las acciones. Felizmente existen alentadores e inspiradores ejemplos de congruencia e integridad, donde personas valerosas no renuncian a sus principios ni a su verdad, a veces a costa de la propia vida o al menos poniéndola en riesgo.

Medicinas complementarias o alternativas sostienen que la buena salud es fruto del equilibrio interior. Quizá, por eso, decía Confucio: "El equilibrio es el perfecto estado de agua calmada. Que ese sea nuestro modelo. Permanece tranquilo en el interior y sin disturbios en la superficie". Esto se traduce en comportamientos más coherentes, es decir, más acordes con lo que realmente deseamos hacer. Y, con ello, nuestro cuerpo también se encontrará mejor.

Ningún ser humano tiene una coherencia absoluta, pero quienes disfrutan de una buena salud mental son básicamente coherentes en sus vidas. Suelen sentir interés por su trabajo, buscan las compañías que les agradan y establecen relaciones en las que prima la armonía y el afecto. También son buenos negociando con sus propias limitaciones naturales, sin caer en angustia o desesperación.

Ser coherente es una opción, una filosofía de vida, una forma de pensar, sentir y hacer acorde con nosotros mismos, en equilibrio con nuestro ser. Cuando somos coherentes, cuando mente, corazón y manos están alineados, vivimos el escenario de felicidad que hemos construido. Si nuestro valor es la sinceridad, nuestro patrón de conducta será decir la verdad. Si nuestro valor es la responsabilidad, nuestro patrón de conducta será ser solvente con nuestros compromisos. La coherencia nos permite ser percibidos como sinceros, confiables y auténticos. Que el mejor ejemplo de lo que en realidad somos sea nuestra manera de actuar.

El lobo comenzó a sermonear a la rata, diciéndole que era mal animal porque, sin ninguna vergüenza, no hacía otra cosa que roer bolsas, cajas, pan, queso, carne y todo lo que encontraba.

Respondió la rata:

—Señor, ¿cómo me sermoneas a mí, si tú eres el mayor devorador de la tierra y haces cosas cien veces peor que yo? Date cuenta de que cuando yo me como un queso, tú degüellas un cordero, mientras yo me pongo a roer una bolsa, tú te bebes la sangre de cincuenta ovejas. Mejor estarías callado, porque tú tienes un gran pecado de gula y de violencia, y yo solamente un poco de glotonería.

Se cuenta que el lobo se fue avergonzado diciendo:

—Si me hubiera callado, no hubiera tenido que oír mis terribles fechorías.

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