Nadie se atreve a reconocerlo en voz alta, pero ocurre con mucha frecuencia: no siempre nos alegramos de que el otro sea feliz. Todos los vínculos humanos son susceptibles de generar ese tipo de sentimiento. Se supone que cuando queremos realmente a alguien, sus tristezas son nuestras tristezas y sus alegrías las nuestras. Eso dice la teoría, pero en la práctica no siempre esto sucede. Siempre quisiéramos tener la grandeza para alegrarnos de que el otro sea feliz, pero a veces sucede todo lo contrario. Su triunfo nos genera una cierta frustración. 

¿Por qué en ocasiones se abre paso la molesta sombra de la envidia? Estamos sujetos a experimentar cualquier clase de sentimiento, bueno o malo. Todos los tenemos alguna vez, en mayor o menor medida. Así que no es para enorgullecerse, pero tampoco para fustigarse, el hecho de que sintamos envidia por alguien querido. La clave está en humanizar la situación, sin hacer una proyección narcisista sobre nadie.

Nos duele que el otro sea feliz porque nosotros no lo estamos. Tal vez hemos trabajado por conseguir un éxito análogo; el otro lo logró y nosotros no. Lo valoramos, pero no podemos evitar que nos recuerde nuestro deseo insatisfecho. Todo esto nos sucede cuando vemos al otro como si fuera un reflejo de nosotros mismos. En otras palabras, cuando lo percibimos como si todo lo suyo fuera igual a lo nuestro. Dejamos de lado el contexto en el cual se produjo su logro y nos enfocamos solo en el resultado que consiguió.

Una persona autónoma y con una buena salud mental sabe que su camino, así como el de otros, es único e irrepetible. También comprende que la evolución o la felicidad de los demás no es ninguna afrenta personal y que tampoco pone en riesgo su propio crecimiento. De este modo se produce la “compersión”, o sea ya no solo reconocer y legitimar la dicha de otro, sino alegrarse por ello.

La “compersión” es un estado positivo de la mente. Quizás demasiado hermoso para que podamos alcanzarlo con facilidad. El trabajo en el terreno emocional merece mucho la pena. El término hace referencia al estado de felicidad que produce percibir felicidad en otro. Podría decirse que se trata de la empatía en su máxima expresión. Sentir satisfacción por la dicha del otro es como ser feliz dos veces; por lo tanto, se trata de una condición muy positiva y edificante.

Desde cierto punto de vista, la compersión viene a ser lo opuesto a los celos. Nos referimos a celos de todo tipo: profesionales, familiares, sociales, afectivos. Quizás el tipo de relación que mejor permite apreciar la compersión es la que se da entre padres e hijos. En la mayoría de los casos, los padres experimentan como propia la felicidad de sus hijos; incluso llegan a sentirse más felices por los logros de ellos, que por los suyos. 

Como una parte de la forma en que podemos ejercitar la inteligencia emocional, la compersión es el sentimiento de felicidad genuina y alegría por la felicidad del otro, en un sentido auténtico, íntegro y total, sin condicionamientos. Si vivimos con alegría los logros de nuestra empresa, nuestra pareja, nuestros amigos, el ascenso de un compañero de trabajo, el buen desempeño de nuestros hijos en ciertas áreas, eso se llama “compersión”. Es empatía y deleite cuando otro individuo siente felicidad y dicha en un momento de logro, de conquista y de plenitud en toda su expresión. Practicar esta emoción virtuosa puede ayudarnos a seguir buscando nuestros ideales, puesto que al reconocer los logros de los demás, nuestro subconsciente recibe un indicio de que nosotros también podemos alcanzarlos.

“Había una vez un rey muy anciano que enfermó. Era un hombre muy poderoso y mandó llamar a los mejores médicos del reino. Como ninguno consiguió dar con el remedio a su mal mandó traer a un hombre muy sabio que vivía lejos. Después de hablar con el rey, le dijo: -Sólo conseguirá curarse si encuentra al hombre más feliz del reino y se pone su camisa. Tendrá que ser aquel que sea feliz con lo que tiene.

El rey se puso muy contento y mandó a sus consejeros a buscar a aquel hombre. Ellos encontraron muchos que decían ser ricos y felices, pero siempre deseaban algo que no tenían. ¡Nunca estaban del todo satisfechos!

Una noche los consejeros escucharon a un hombre en un bar decir: -¡Yo no le pido más a mi vida!

Era un hombre bastante pobre, porque tenía el abrigo remendado y los pantalones raídos, pero sin duda, podía ser el que buscaban.

-Necesitamos que nos acompañes. El rey te está buscando. Puedes curarle y hacerte muy rico, le dijeron.

-¿Rico? Yo ya soy rico y feliz. Estoy bien donde estoy, gracias.

Definitivamente, era el que buscaban. No había nadie tan feliz con lo que tenía. Así que los consejeros decidieron llevárselo a la fuerza. 

-¡Rápido, quitenle la camisa y denmela para que me cure! -dijo el rey.

Pero entonces, los consejeros, al quitarle el abrigo al pobre, solo encontraron un viejo chaleco.

-Majestad… es tan pobre que no tiene camisa.

El rey entonces, expulsando un largo gemido, murió. No supo disfrutar la felicidad del otro.”