Manejar los desafíos propios es muy complejo. Tenemos una gran disposición, ingenio y empatía para conectar con los demás y encontrar siempre las palabras justas y adecuadas. Siempre es más fácil atender y actuar ante perspectivas ajenas que hacerse cargo de las propias. Es más relajado, e incluso interesante, reflexionar sobre los mundos de los demás que responsabilizarse de los actos personales. Si llevamos años siendo el mejor amigo de los demás y el peor enemigo para nosotros mismos, vale la pena saber qué pasa. 

Algunos llaman a este fenómeno “paradoja del rey Salomón”. Es habitual pensar en él como una clásica figura de gran sabiduría. Cuenta la historia que la gente hacía largos viajes desde otras ciudades sólo para pedirle consejo. Él los daba con gran acierto, ganando fama y cosechando admiración por sus originales y brillantes razonamientos. Ahora bien, a pesar de esta capacidad, él mismo acabó siendo conocido a su vez por un estilo de vida poco virtuoso e inadecuado. Tomó malas decisiones y no una, sino varias veces; tuvo una pasión descontrolada por el dinero y las mujeres; su propio reino acabó en desastre. 

Son muchas las personas habituadas a ser siempre ese hombro amigo al que todos acuden, para buscar apoyo o para recibir consejos. Sus sugerencias o recomendaciones actúan como algo que facilita la proactividad ajena. Sin embargo, toda esa brillantez intelectual y lógica que aplican en los demás, en ellos mismos está ausente. Somos como observadores externos que intuyen lo que otros no perciben, que nos convertimos en idóneos cazadores de ideas, siempre y cuando no tengan que ver con nosotros mismos.

Es fácil sugerirle a alguien aspectos como “lo que tienes que hacer es atreverte, la vida es muy corta para ser cautivo del miedo, cambia el chip”. Como consejo resulta efectivo, reluciente y hasta inspirador. No obstante, si nosotros mismos nos encontramos en una encrucijada, de nada nos va a servir que nos digamos “sé valiente y atrévete”. Cuando es uno el que navega por la dificultad, el pensamiento está atrapado en la red de los miedos, en la trampa de las inseguridades y en el laberinto de los mecanismos de defensa. 

Una estrategia para buscar soluciones a nuestros desafíos cotidianos es imaginar, por un momento, que nuestro problema no es nuestro, sino de otra persona. Con ello, aplicamos la distancia psicológica, ese recurso valioso y efectivo que amplifica las ideas, aumenta la perspectiva y abre nuevas opciones. A menudo lo necesitamos: ser nuestros mejores consejeros, hábiles entrenadores para el yo interior, gurús de los buenos consejos, de las tomas de decisiones más infalibles.

Nadie peca de egoísmos o altanería por confiar en su potencial, por priorizarse cuando lo necesita y por validar su autoestima para hacer frente a entornos estresantes. No hay nada malo en valorarnos a nosotros mismos. Nadie debe sentirse herido o molesto si defendemos nuestros propios derechos con asertividad. Pocas dimensiones refuerzan tanto la identidad, la motivación y la autoconfianza como reforzar lo que somos y lo que valemos.

En un mundo que, en ocasiones, se excede en materia de individualismos, llama la atención cómo el cuidado del “yo” se ve en ocasiones con malos ojos. Siempre es buen momento para abrirnos camino, sin miedo, al arte de la reafirmación. Confío en mí, tengo en cuenta las propuestas ajenas, pero la última decisión siempre es mía. La reafirmación positiva nos recuerda todo lo mágico que tenemos en nuestra vida y nos ayuda a clarificar lo que no nos es beneficioso, ni útil ni satisfactorio. 

Quererse bien y atenderse a uno mismo igual que hacemos con los demás. Reconocer las propias necesidades así como tenemos en cuenta las ajenas. La autoempatía es un ejercicio de bienestar y salud psicológica que descuidamos con frecuencia. Es la capacidad de conectar con uno mismo de manera afectuosa y respetuosa. Se trata ni más ni menos que de monitorear los propios estados internos, las preferencias, las intuiciones, las necesidades y cada emoción a medida que surge. Restaurar la empatía con uno mismo es ahora mismo una asignatura prioritaria.

“Unos profesionales exitosos se juntaron para visitar a un antiguo profesor. Pronto la charla devino en quejas acerca del interminable estrés que les producía la vida en general.

El profesor les ofreció café; fue a la cocina y regresó con una cafetera grande y una selección de tazas de lo más ecléctica: porcelana, plástico, vidrio, cristal, sencillas y baratas, decoradas, otras exquisitas…. Tranquilamente les dijo que escogieran una taza y se sirvieran un poco de café recién preparado. Cuando lo hicieron, el maestro con calma les dijo: -Se habrán dado cuenta de que todas las tazas que les di eran distintas… unas bonitas, otras sencillas y baratas. Ustedes escogieron primero las bonitas y exquisitas, lo que es natural, ya que cada una prefiere lo mejor para sí mismo. Pero les aseguro que la taza no le añadió calidad al café. La gente más feliz no es la que tiene lo mejor, sino la que hace lo mejor con lo que tiene, la que se conecta consigo misma y vive de manera sencilla. Que disfruten el café!”