Cambios en las rutinas, viajes, trabajos, familia y  hábitos, sumados al estrés crónico, la incertidumbre y la disminución de contactos sociales son algunas de las cuestiones que pueden impactar en nuestros niveles de felicidad.  Pocas son las personas que mejoraron su humor confinadas o simplemente aparecen neutras como respuesta al cambio social de la pandemia.

Probablemente todos tengamos un pensamiento diferente sobre el significado de la felicidad, sin embargo se podría presuponer, en general, como  esboza la real Academia Española: “Estado de grata satisfacción espiritual y física”. Más allá de las premisas subjetivas, es indudable que la pandemia ha impactado sobre nuestra felicidad, así como es necesario considerar el impacto mental que  puede generar a futuro. 

Podría considerarse a la felicidad como uno de los polos de la función emocional. Tristeza y felicidad serían dos opciones normales, que en condiciones fisiológicas pueden constituir funciones que construyen la personalidad. La felicidad motiva y la tristeza paraliza, aunque en ocasiones esta última pueda generar un proceso de lucha, especialmente cuando no es muy grave. Pero si estos polos se extreman, se transforman en enfermedad. Podrá observarse en un extremo la alegría patológica llamada manía y en el otro, la tristeza como depresión.

Neurociencia de la felicidad

 Desde el punto de vista de la neurociencia, podría decirse que la felicidad contiene un proceso emocional y otro cognitivo. Se adjudica a la corteza cingulada anterior y la prefrontal orbitaria la función consciente de la felicidad y a la amígdala subcortical cerebral los factores emocionales negativos.

Algunos investigadores describen que existe un aumento de las cortezas emocionales en las mentes positivas. Es decir que postulan a estas áreas como relacionadas con componentes afectivos positivos. Cuanto más sustancia gris en estos lugares mayor visión positiva de vida, incluso plantean su incremento luego de impactos neuroplásticos como la meditación. Por lo contrario describen disminución de la sustancia gris amigdalina, cuando el paciente se vuelve más optimista.

No es que las neuronas se reproducen en estas zonas en la adultez, sino que su incremento se debe especialmente al mayor número de conexiones. Emociones positivas dejaran no sólo engramas sinápticos, sino que esa información quedará en proteínas del citoplasma, generando memoria afectiva. Sean emociones positivas como negativas; condicionando, en parte, efectos  posteriores.

En otros estudios realizados por Wataru Sato, de la Escuela Superior de Medicina de la Universidad de Kyoto (Japon), este investigador relaciona al proceso subjetivo de la felicidad con otra zona cortical, antes descuidada, llamada Precúneo. Es un sector parietal interno del encéfalo humano, que es el que más puede variar de tamaño en el homo sapiens. El precúneo estaría muy relacionado con los procesos más internos de la sensación "autoempática" de felicidad. Es decir, la metacognición de las sensaciones alegres. Probablemente sea un punto de confluencia entre las áreas racionales y las emocionales antes mencionadas.

En estudios cerebrales sobre procesos de felicidad se ha también detectado que en los mismos intervienen sectores del cerebro relacionado con la recompensa. Ubicados en el núcleo subcortical accumbens y también en el núcleo amigdalino que contiene la memoria emocional. Esa memoria recuerda los momentos que impactan en nuestra historia, sean positivos o negativos. Ayuda así a presentificar en forma inconsciente nuestra historia emocional. Estos eventos emotivos pueden asociase posteriormente a algún acontecimiento actual.

Por otro lado neurotransmisores como la serotonina y la dopamina son asociados con la sensación empática, la motivación, la satisfacción y la creatividad. Todas funciones relacionadas con la sensación de felicidad.

Mascotas, humanos y afecto

Existen hormonas corporales referenciadas con el placer y el amor, como la oxitocina. Se secretan en los abrazos, las caricias, en las miradas de amor entre humanos e incluso en el contacto con nuestras mascotas. De ahí el impacto de la intersubjetivad sobre afecto tanto en todas las relaciones sociales, muchas de ellas interrumpidas por la pandemia. Existen algunos estudios que evalúan con cual tipo de felicidad las personas se sienten más identificadas, y claramente estas se emparentan mucho más con los procesos vivenciales que con los materiales. Pues se plantea que las vivencias son el conjunto de las memorias y aprendizajes que construyen quien somos.

El mecanismo de felicidad es una función que puede investigarse a pleno en los humanos. Aunque también se expresa de diferentes maneras en animales (saltar o mover la cola, como hacen los perros, por ejemplo.)  A veces cuando se logra un objetivo feliz o se consigue solucionar un problema la euforia dura muy poco tiempo. Esto fue investigado especialmente por Paul Gilbert, uno de los mayores estudiosos de este tema, del Hospital Kingsway en Derby. Observó que muchos sujetos tratan de limitar esa sensación que saben temporaria y que perderán, entonces ante ese riesgo la limitan en forma consciente y también inconsciente.

Varios estudios sustentan que darle sentido a la vida es un punto fundamental para desarrollar mejor salud, calidad de vida y años por vivir. Pero, qué es darle sentido a la vida?. Esta cuestión se encuentra todavía abierta. Aunque hay muchas propuestas e investigaciones sobre el tema. 

La psicóloga Tatjana Schnell de la Universidad de Innsbruck propone cinco ítems básicos de propósitos de la vida, que luego pueden ser abiertos hasta veintiséis objetivos más. Estos son la autorrealización, (desarrollarse individualmente), el orden (moral, tradición), la trascendencia vertical (espiritualidad), el bienestar (amor, diversión) y la autotrascendencia horizontal (salud, implicación social). Plantea que mínimamente deben cumplirse tres de los cinco para proponerle sentido a la vida.

 Es interesante el planteo que realiza los Shigehiro Oishi y Ed Diener de la Universidad de Virginia que describieron que en los países más pobres raramente se considere a la vida como carente de sentido. Podría ser porque su vida está abocada a conseguir el sustento básico o también por una mayor religiosidad. Pareciera que el sin sentido estuviera más relacionado a la sociedad burguesa. Quizá esto justifique el mayor índice de suicidios en países desarrollados.

El psiquiatra y novelista Irvin Yalom plantea en su libro psicoterapias existenciales que es necesario encontrar sentido a la vida, especialmente en el sufrimiento y la muerte. Problema sustancial del ser humano y tan presente en esta pandemia. Se suicidan por año, en tiempos de no pandemia, alrededor de 1.000.000 de personas. Datos incipientes, los problemas sociales y los afectivos que generan la pandemia hacen preocupar que en esta época hayan aumentado fuertemente

Debemos trabajar  los procesos de felicidad dándole sentido a la vida, generando  resiliencia poblacional ante esta injuria pandémica. Este concepto se aplica a la capacidad de soportar la injuria y surge de la física, sobre cuánto resiste un material. Luego aplicado a la sociología y la psicología, sobre la capacidad de surgir y soportar adversidades ambientales, familiares y culturales. 

 

*Psiquiatra y Doctor en Filosofía. Prof titular UBA. Investigador del Conicet

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Ignacio Brusco

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