Los mecanismos de corrupción son procesos que pueden observarse en diferentes especies, pero especialmente en los humanos. Mentiras, egoísmo e injusticias son procesos básicamente instintivos de los que parten las premisas de la corrupción. Sin embargo, se complejizan en nuestra especie agregándole valor consciente y de autocontrol.


Entonces, en el caso de los humanos, los procesos instintivos son modificables e influidos por fenómenos cognitivos a partir del desarrollo y del crecimiento del cerebro del homo sapiens.
Probablemente, la mentira nace en institutos evolutivos atávicos que obligan a ocultar la comida o a engañar a congéneres en pos de la supervivencia. Por ejemplo, un tipo de pájaro llamado córvido engaña a otras aves de la misma especie, pero de otro nido, haciéndoles creer que esconde un gusano (alimento futuro) en un sitio, pero luego vuelve para cambiarlo.

Sobre esta base instintiva más primitiva, el engaño se complejiza intensamente en el humano, agregando un gran cerebro con funciones cognitivas, que le adicionan una gran subjetividad y la posibilidad de flexibilidad intelectual. Con el crecimiento cerebral del homo sapiens se generan muchas posibilidades conductuales, existiendo personalidades más complejas.

Engaños intersubjetivos

En promedio, algunos especialistas consideran que el 25% de nuestra interacción social se encuentra enmarcado por engaños intersubjetivos. Se piensa en general que la mentira es un proceso de engaño premeditado, que necesita de muchos recursos cerebrales para poder gestarse. Existen mentiras elaboradas que requieren una gran capacidad intelectual y una metafórica cognitiva, que además necesitan de un proceso creativo. Cuanto más elaborada, necesitará de funciones más complejas de nuestro cerebro y de nuestro cuerpo.

El engaño puede generar instancias de habituación; es decir, acostumbrarse a la mentira. Cuando una persona miente padece en un principio displacer, que con el tiempo y la reiteración va disminuyendo, agravando la cantidad y la gravedad de las mentiras. Genera, entonces, mucha menos sensaciones displacenteras funcionales en los primeros engaños. Por ejemplo, en un principio pueden disparar sensaciones de gran estrés autonómico, activando el sistema simpático. Entonces, se dispara un sistema inconsciente de lucha, que luego va mermando a partir de la adaptación.

El egoísmo prioriza lo personal por sobre lo comunitario y la solidaridad cooperativa. En el egoísmo existe un menosprecio por el sentir de los otros, situación similar a lo que ocurre en ciertos trastornos oscuros de la personalidad, especialmente en las “narcisistas”. Esta conducta en varios trabajos de investigación se ha descripto asociada con una disminución de la funcionalidad de las áreas neuroanatómicas de la empatía, especialmente en el lóbulo prefrontal ventromedial del cerebro.


El egoísta tendría un narcisismo con una autoestima de alta intensidad, que va a impactar en sus relaciones sociales y laborales. En el registro cerebral de neuroimágenes de estas personas solo se activan áreas emocionales cuando se les ocasiona un perjuicio a ellos y no cuando los otros son agredidos. Muchas veces la conducta narcisista se expresa en egoísmo, como respuesta adaptativa. El proceso de inhibición del mismo podría condicionarse a partir del aprendizaje, generando alguna esperanza social.

Situaciones gregarias


La necesidad de reglas se observa en situaciones gregarias de manadas de muchos mamíferos superiores. Las situaciones de castigo y de expulsión de las mismas que se presentan sobre los egoístas o sobre el engaño necesitan de sentimientos de justicia.

La necesidad de comunicación en las manadas profundiza la intersubjetividad social de lo justo, como expresión de las ideas. La ideación semántica se transmitirá en forma escrita u oral para el desarrollo de discursos, defensas, acusaciones, observaciones o testimonios, lo que lleva implícito la cognición de lógica cognitiva y la necesidad de actividades complejas como abstracción y metaforización.
En un experimento realizado en el laboratorio de Yerkes de la Universidad de Emory, monos capuchinos mostraron su capacidad de rebeldía cuando fueron sometidos a pruebas de igualdad, en las que el monitor entregaba y reclamaba un objeto a los primates a cambio de una recompensa: un pedazo de pepino, que es un alimento muy aceptado por ellos. Los primates rechazaban un pepino cuando observan que otros monos recibían un premio más valioso (uvas) por el mismo trabajo o por un menor esfuerzo. Comparaban sus obsequios y rechazaban los menos importantes si sus compañeros habían recibido uno más valioso. Esto generaba un contexto de descubrimiento básico de la desigualdad y de la injusticia.


La ética es una rama de la filosofía que estudia la conducta humana a partir del ordenamiento moral de los seres humanos. Ya a partir de los primeros pensadores encontramos textos dedicados a la ética, desde Platón, pasando por Aristóteles, hasta llegar a Kant. Actualmente se desarrolla también su estudio desde el punto de vista de la conciencia humana, siendo una rama de la filosofía moral que no puede dejar de lado el conocimiento científico sobre el cerebro y su función con respecto a las conductas morales. Esta rama se llama “ética experimental”. La pregunta fundamental es si existe en nuestros programas instintivos principios universales que, como plantea Kant, estén fundados en la razón y estipulan una forma correcta de actuar para todos los humanos. Ha surgido entonces todo un grupo de modalidades de la neurociencia que investiga tanto las implicancias neurológicas de la conducta moral como las características innatas genéticas, las aprendidas y las influidas externamente.


Sin embargo, los actos de corrupción incorporaron una disrupción en la función gregaria del humano, existen así en trastornos antisociales de la personalidad con una falla en la respuesta emocional a situaciones graves, en una especie de desconexión entre el sistema amigdalino emocional y el lóbulo prefrontal, que termina afectando la toma de decisiones. La alteración de este circuito operacional y la amígdala disminuye fuertemente la empatía. Así, las personas con trastornos antisociales no sufren cuando toman decisiones que pueden afectar los otros, pero sí cuando son puestos en riesgo.
Algunos autores agregan otras características a la personalidad, especialmente en el comportamiento deshonesto, conocidas como “la tríada oscura”, que está representada por un sentir en el que poco importa el otro, caracterizado por la insensibilidad del manipulador.
Delroy Paulhus y Kevin Williams incorporan el narcisismo, el maquiavelismo y la psicopatía. Estos se caracterizan por rasgos vinculados con muy poca empatía intersubjetiva y con grandes riesgos para la sociedad, desde altos conflictos hasta la posibilidad de cometer crímenes, con un claro componente antigregario.
Así, la corrupción podría contagiarse grupalmente. En un test de economía experimental llamado “ El juego de bienes públicos “, si alguno de los jugadores hace trampa y es detectado por el grupo, luego contagia el egoísmo a los que originalmente más cooperaban.

Existiría un mecanismo de protección sobre las actividades que operan contra la cooperación y el grupo, en el cual la amígdala cerebral se activa y genera síntomas de displacer. Aunque una investigación del University College de Londres, publicado en Nature Neuroscencie, describe un mecanismo psicológico y neurobiológico de adaptación a la deshonestidad. Muestra la reacción emocional negativa amigdalina que producen los actos deshonestos, disminuyendo cuando cometemos nuevas pequeñas transgresiones.

Entonces, el cerebro se habituaría para delinquir. Se debe recordar que estos procesos emocionales negativos son instintivos y primordialmente inconscientes. También debemos considerar que los mecanismos cognitivos prefrontales permiten concientizar y corregir conductas corruptas. Esto puede realizarse a través del aprendizaje de recompensa o del castigo social.
Los mecanismos de habitación hacen correr el peligro de que la repetición de los mismos sea tolerada individualmente por la persona corrompida. Pero, además, que sea natural para la sociedad, lo cual puede generar conductas grupales altamente perjudiciales.

* Neurocientífico y doctor en Filosofía . Prof. titular de la Facultad de Medicina, UBA

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