Hay personas que critican, se quejan o siguen rumiando lo negativo como estilo de vida. Los criticones son una raza especial de humanos que tienen sistematizado señalar lo que falta, tanto de los demás como de sí mismo. Los quejosos son primos hermanos de los criticones y, en general, se potencian entre sí. Por último, los rumiantes vuelven una y otra vez a sus pensamientos, con las mismas imágenes o ideas. 

En general, estas actitudes son síntomas que surgen de forma espontánea y con los que la persona se halla tan acostumbrada que no tiene conciencia de que tal sistematización ha construido un estilo personal. De hecho, parte de su forma de pensar es un buen ejemplo de las profecías autocumplidas; tanta queja provoca la adopción de una actitud negativa frente a la vida. Es bastante frecuente que a estas personas les resulte más sencillo quejarse y criticar las acciones de los demás que las suyas propias. Suelen ser hábiles a la hora de identificar defectos por mínimos que sean y poseen un radar interno para ver la paja en el ojo ajeno.

Los criticones, quejosos y rumiantes, ante la opción de observar un vaso medio lleno o medio vacío, se especializan en identificar la parte que falta. Se refugian en actitudes de crítica y queja con el objetivo de remarcar las cosas que se podrían haber hecho y no las que se llegaron a realizar, además de envidiar en lugar de admirar. Muchas veces se critica y se juzga sin ningún tipo de intención constructiva. Por alguna razón, siempre hay personas que proyectan su negatividad y sus inseguridades juzgando lo que otros hacen o dejan de hacer, dicen o dejan de decir. Personas que se dedican a transmitir y difundir lo que a su juicio son defectos y malos ejemplos de conducta.

Además, el siempre marcar lo que falta, lleva inevitablemente a la frustración: por más que se haga lo que se haga, se podría haber hecho un poco más o mejor. Un factor asociado a la queja es la inacción, puesto que mientras el quejoso o el criticón expresan su cantar quejoso, las acciones son suplidas por el lamento. Y así, al no llevarse a acciones concretas que se traduzcan en soluciones, se produce un bloqueo que favorece el continuar quejándose. Generalmente se termina en "la culpa es del otro". 

Las críticas y las quejas son descalificantes, razón por la cual se encuentran en el extremo opuesto a la autoestima. A nadie le gusta rodearse con gente que señala de forma permanente lo que no se hizo, no se tiene, lo que falta o el error. Muchos criticones utilizan la crítica para descalificar al otro y colocarse en un lugar de superioridad, para no sentirse tan patitos feos en las relaciones, ya que en la comparación siempre salen en desventaja, siempre se sienten menos. 

En mayor o menor medida, todos alguna vez hemos sido víctimas y, a la vez, productores de juicios y críticas destructivas. De hecho, la práctica y la afición de criticar ha llegado a tal magnitud que actualmente proliferan programas de televisión que se basan únicamente en eso: intentar dañar a las personas criticándolas, quejándose de ellas y juzgándolas. Criticamos a otros para que nuestros propios defectos se minimicen ante los demás y ante nosotros mismos; lo hacemos con el espejismo de que el problema está en las otras personas y no en nosotros. Las personas celosas y envidiosas son grandes generadoras de quejas y de críticas.

La crítica y la queja son monstruos que se alimentan de la frustración y se hacen más y más grandes con el rencor y el enfado. Si algo nos disgusta, nos indigna o nos duele, podemos quejarnos, pero después, hay que actuar. La crítica y la queja saludables son aquellas que sirven para un cambio real. La crítica, la queja y el volver permanentemente a lo mismo nos quita libertad y plenitud. Depende de cada uno.

"En los tiempos de Salomón, un hombre compró un ruiseñor que tenía una voz excepcional. Lo puso en una jaula donde al pájaro nada le faltaba, y éste cantaba durante horas y horas, para admiración de los vecinos.

Un día en que la jaula había sido colocada en un balcón, se acercó otro pájaro, le dijo algo al ruiseñor y se fue volando. Desde aquel instante el incomparable ruiseñor permaneció en silencio.

El hombre, desesperado, llevó a su pájaro ante el rey Salomón, que conocía el lenguaje de los animales, y le pidió que le preguntase por las razones de aquel mutismo. El pájaro le dijo a Salomón: -'Antaño no conocía ni cazador ni jaula. Entonces me enseñaron un apetecible cebo y, empujado por mi deseo, caí en la trampa. El cazador de pájaros me vendió en el mercado, lejos de mi familia, y me encontré en la jaula del hombre que aquí ves. Empecé a quejarme y a lamentarme día y noche, llanto que ese hombre tomaba por cantos de agradecimiento y alegría. Hasta el día que otro pájaro vino a decirme: -Deja ya de quejarte porque es por tus gemidos por lo que te guardan en esta jaula y no puedes volar libre. Entonces decidí callarme.'

Salomón tradujo estas frases al propietario del pájaro. Y el hombre se dijo: -¿Para qué guardar un ruiseñor si no canta? Y lo puso en libertad."