La prudencia es la capacidad de medir las posibles consecuencias de los actos y actuar responsablemente. El término “prudentia” proviene del latín y significa: “actuar con conciencia de lo que se hace o de las consecuencias de las acciones”. André Comte-Sponville afirma: “La prudencia no reina (la justicia y el amor tienen más valor), pero gobierna. ¿Qué sería de un reino sin gobierno? No basta con amar la justicia para ser justo, ni amar la paz para ser pacífico: además es necesario que haya una buena deliberación, una buena decisión, una buena acción. La prudencia decide y la valentía se ocupa de llevarlo a cabo”.

La prudencia está asociada con la cautela, la precaución, o mejor aún la previsión. Significa ver algo antes de que suceda. No es adivinación sino razonamiento lógico. Implica reflexión y evaluación de las circunstancias para inferir hacia dónde puede llevar una determinada acción. La capacidad de ser prudente y previsivo es fundamental en la toma de decisiones. Se trata de una virtud que facilita los logros y permite alcanzar un mayor nivel de acierto. Incluso si lleva a errores, estos son mucho más manejables. La prudencia se opone a la impulsividad. Resulta fundamental cuando una decisión o una acción implican algún margen de riesgo o peligro. 

Sin embargo, también a veces se le llama prudencia a la falta de determinación o de ánimo, o a la inseguridad. Es importante aprender a distinguir una realidad de otra. Hay temperamentos cautelosos, que no necesariamente son prudentes. La prudencia implica ser capaces también de usar el arrojo, cuando las circunstancias son favorables. Si no es así, ya no estamos hablando de prudencia, sino de miedo. Cuando la prudencia se lleva al extremo, no se refiere a una virtud, sino a un problema en el procesamiento emocional de la realidad. A esta se le percibe como amenazante y por eso lo que se prevé es que toda acción que implique riesgos puede llevar a un desenlace desagradable o a veces, catastrófico. En esos casos, todo lo que implique cambio se rechaza, pues se considera que “lo prudente” es moverse en los terrenos ya conocidos. Nadie puede mantener absolutamente todo bajo control y evitar el riesgo a toda costa. Este tipo de procesamiento emocional conduce a la parálisis. 

Hay quienes hacen de la prudencia un pretexto para la inacción y terminan siendo más pusilánimes que cautos. El riesgo calculado no es una buena opción para avanzar. Siempre se nos presentarán situaciones nuevas, con las que no estamos acostumbrados a lidiar, pero que encierran grandes posibilidades para nuestro crecimiento y desarrollo. Si les decimos “no”, simplemente porque no sabemos exactamente a dónde nos llevan, también le estamos diciendo “no” a la vida.

El gran escritor, Robert Louis Stevenson, autor de La isla del tesoro fue un gran optimista, de carácter intrépido y aventurero. Esto escribió en sus Ensayos: “Hay una gran corriente a favor de los proverbios prudentes y pusilánimes… Mucha de nuestra sabiduría de bolsillo está concebida para uso de la gente mediocre, con objetivo de disuadirles de ambiciosos proyectos y consolarlos de su mediocridad. Y puesto que la gente mediocre forma la masa de la humanidad, no hay duda de que así debe ser… El tiempo llegaría a faltarme si quisiera pasar revista a todos los grandes nombres de la historia cuyas hazañas resultan perfectamente irracionales y hasta ofensivas para la mente calculadora”.

Una persona sana emocionalmente es capaz de atreverse, no de manera temeraria, sino previendo, planeando y calculando. Sabe que nunca tiene garantía sobre absolutamente todo lo que haga. También sabe que el error y la equivocación siempre están ahí, acechando. La prudencia no es miedo, sino responsabilidad. 

“Un viajero muy cansado llegó a la orilla de un río y no había un puente para cruzar. Era invierno y la superficie del río se hallaba congelada. Oscurecía y deseaba llegar pronto al pueblo. Llegó a preguntarse si el hielo sería lo suficientemente fuerte para soportar su peso.

Una fractura y caída en el río helado significaría la muerte; pero pasar la noche en ese hostil paraje representaba también el peligro de morir por hipotermia. Después de muchos titubeos y miedos, se arrodilló y comenzó, muy cauteloso, a arrastrarse por encima del hielo. Pensaba que, al distribuir el peso de su cuerpo sobre una mayor superficie, sería menos probable que el hielo se quebrara bajo su peso.

Recorrió la mitad del trayecto en esta forma lenta y dolorosa. De pronto escuchó el sonido de una canción detrás de sí. Apareció un carruaje tirado por cuatro caballos, lleno de carbón y conducido por un hombre que cantaba con alegría mientras iba en su despreocupado camino. Allí se encontraba nuestro cauteloso viajero, arrastrándose con manos y pies, mientras, a su lado, como un viento invernal, pasó el conductor con su carruaje, caballos y pesada carga... ¡por el mismo río!”