Conozco a muchas personas que invierten la mayoría de su tiempo intentando poner orden. Parece que existe una especie de resorte que les impide salir de esa tiranía. Cuando aparece la locura y deja de imperar la lógica, se despierta la intranquilidad. Esta especie de enfrentamiento entre cosmos y caos, entre orden y desorden, forma parte de nuestra historia. El orden tiene un atractivo innegable, el que hace al mundo predecible y, por lo tanto, controlable en gran medida. 

Sin embargo, la locura irrumpe en la vida, o dicho de otra manera, la parte primitiva sigue siendo parte de la vida. Me refiero a la intuición, a la creatividad, a la improvisación y a la genialidad. Muchos nos insertamos en una cotidianidad fija, como quien viaja por un carril conocido. De repente, llegan los altos en el camino, los cambios de sentido y esos accidentes que nadie espera. En esos momentos, las personas estamos obligadas a dejar a un lado nuestro plan de ruta y lanzarnos a improvisar.

Muchos dicen que quien improvisa es porque no tiene un plan. Porque dar el paso hacia lo imprevisto sin manual de instrucciones ni paracaídas puede ser toda una temeridad, es cierto; pero también es verdad que en la vida no hay nada seguro. Y en tiempos inciertos estamos obligados a crecer en el curioso pero maravilloso arte de la improvisación. Es que todos somos actores en un teatro sin guión; el director, en ocasiones, nos trae calma y, otras veces, escribe para nosotros un papel algo más problemático y desafiante.

La improvisación, como la espontaneidad, tiene el poder de re formularnos. Es como una explosión interna que parte del atrevimiento y que nos permite romper marcos internalizados, moldes en los que llevamos contenidos demasiado tiempo. Así, el arte de la improvisación se transforma en algo clave en el escenario social y psicológico. Porque las personas pensamos que el modo en que hacemos las cosas es el correcto, nos auto convencemos de que somos infalibles, que este bienestar presente continuará existiendo en el futuro próximo. Hasta que, de pronto, todo se viene abajo y entonces estamos obligados a reaccionar.

No es fácil: aprendimos a encajar, a integrarnos en una vida pautada. Horarios, creencias, proyectos, tareas de agenda. El mundo del adulto está perfectamente milimetrado. Hemos perdido la espontaneidad de la infancia; en el universo mental del niño todo es posible. Su curiosidad, su capacidad para crear e imaginar son la otra cara de la moneda de esa mente adulta siempre normatizada y rígida. Perdemos flexibilidad y espontaneidad.

Por eso urge asumir que no podemos tener el control sobre todo lo que nos envuelve y aceptar que hay cosas que no se pueden cambiar. Tener en cuenta que no partimos de cero, hay a nuestras espaldas experiencia acumulada. Reducir el miedo, controlar el estrés y ser selectivo con la información que nos llega. Rodearse de estímulos que nos inspiren y no nos obstaculicen. Atrevernos a innovar. En ocasiones el arte de improvisar requiere tomar decisiones arriesgadas, opciones en las que nadie va a ayudarnos. Somos responsables de nuestras decisiones y también de cada consecuencia.

Aceptar la “sana locura” y disfrutar de ella significa madurar. El orden alimenta la seguridad, pero la locura alimenta el alma y da esperanzas. Un ritmo constante duerme a los niños y aburre a los adultos. Son las variaciones las que nos despiertan y nos aceleran el corazón; lo que no esperábamos es lo que le da intensidad a nuestras emociones. Pocas personalidades pueden llegar a ser tan enriquecedoras como aquellas que hacen de la plasticidad espiritual, el auténtico motor para transformar sus vidas y su entorno.

“Una hija se quejaba de cómo las cosas le resultaban tan difíciles. Estaba cansada de luchar. Su padre, un chef de cocina, llenó tres ollas con agua y las colocó sobre el fuego. En una colocó zanahorias, en otra colocó huevos y en la última colocó granos de café. Las dejó hervir. La hija esperó impacientemente. A los veinte minutos el padre sacó las zanahorias y las colocó en un tazón; sacó los huevos y los colocó en otro plato. Y coló el café en un tercer recipiente.

Mirando a su hija, la hizo acercar y le pidió que tocara las zanahorias; notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera, estaba duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió disfrutando de su rico aroma.

Él le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad, agua hirviendo, pero habían reaccionado de forma diferente. La zanahoria llegó al agua fuerte, dura; pero después de pasar por el agua hirviendo se había vuelto fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua frágil; pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido. Los granos de café eran únicos: después de estar en agua hirviendo, habían cambiado el agua.

-Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes?, le preguntó a su hija. -¿Eres una zanahoria que parece fuerte pero te vuelves débil? -¿Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable pero después vives con un corazón endurecido? -"Deberías ser un grano de café y cambiar el agua hirviendo haciendo que alcance su mejor sabor.”