Dame una máscara y te diré la verdad
Para vencer la hipocresía simplemente hay que encararla
Parece que no estamos acostumbrados a comunicarnos con transparencia. Es insólito ir por la vida con el corazón por delante y con la verdad en la boca. La sinceridad no siempre es comprendida. En muchos ámbitos abundan los hipócritas; allí los sinceros son los malos y la verdad es la gran enemiga. De hecho ya Lutero decía que mientras “la superstición y la hipocresía tienen grandes pagas, la verdad siempre tiene que mendigar”.
Quien conjuga la verdad con algo de falsedad, tarde o temprano termina evidenciando la mentira completa, puesto que los engaños camuflados con buenas maneras tienden a salir a flote. La mentira tiene siempre fecha de vencimiento. Sin embargo la hipocresía siempre es más dura, más oscura y más tosca que la mentira misma. Una falta de honestidad incomprensible que esconde la propia personalidad para exhibir una moral intachable. Estrategia bastante familiar en estos tiempos.
Nada puede tener tanta armonía como practicar esa comunicación transparente donde dejar caer corazas, falsedades, miedos y condescendencias. Abundan los que piensan una cosa y dicen otra, los que sienten una realidad concreta y acaban comportándose de manera contraria. Vivir desafinados en cuanto a pensamientos, deseos, acciones y comunicación genera un gran malestar y puede conducirnos a la larga hacia situaciones de elevada infelicidad.
La hipocresía se hace presente en el ámbito político, en ciertos escenarios laborales e incluso en la intimidad de algunas familias. Terminamos sin reacción y optando por un silencio surgido del cansancio. Porque conocemos esa doblez del familiar, del candidato o del compañero de trabajo. Stevenson decía que "un hipócrita es el tipo de persona que cortaría un bosque, montaría un escenario y haría un discurso sobre la preservación de la naturaleza".
La verdad es buena y la mentira, una costumbre que no debemos adquirir. Aunque los adultos caemos en nuestras propias contradicciones. Exigimos sinceridad pero nos ofendemos cuando nos dicen la verdad. Con la hipocresía, institucionalizada y normalizada, construimos una falsa convivencia donde exhibimos grandes principios morales y bellas ideologías bajo las cuales, a menudo, se esconde la cobardía o la simple despreocupación por los demás.
Hay gente que aprovecha para disimular oscuros principios morales: el racismo, el machismo, una mente retrógrada. Hay otros que buscan encajar, ser aceptados e incluso elogiados. Por ello, no dudarán en modificar su opinión, dependiendo siempre del escenario en que se muevan. Según Wilde, “el hombre es menos hombre cuando habla en su nombre. Dale una máscara y te dirá la verdad”. La opinión de los demás vulnera nuestra autoestima y nos impide vivir de acuerdo a nuestros propios valores.
No hay que luchar contra la hipocresía para vencerla, simplemente hay que encararla. Por ello, siempre serán preferibles las distancias honestas cuando nuestros valores contrasten con alguna cercanía ambigua. Seguimos siendo esa especie habituada a predicar una cosa y hacer otra.
Entre lo que se piensa, se dice y se hace, puede haber un abismo, y a pesar de no querer faltar a nuestra verdad interior lo terminamos aceptando por las presiones del ambiente. Es experimentar una desarmonía o un conflicto entre nuestro sistema de ideas, creencias, emociones y conductas propias. Practicar lo que se predica no solo es un acto de respeto a los demás; también lo es de “autorespeto” y de bienestar personal. Las personas honestas son más felices porque han higienizado ese miedo voraz que los hacía cautivos de las medias verdades o las mentiras completas.
“China antigua; un joven príncipe, para ser emperador, debía contraer matrimonio. Y para hallar entre todas las mujeres, la que debía ser la mejor para él, ideó una pequeña prueba de gran astucia.
Todas aquellas muchachas que desearan contraer matrimonio con el príncipe debían presentarse en el palacio. Entre todas, había una que amaba secretamente al aspirante a emperador. Era consciente de que no tenía gracia, ni riqueza ni aún menos belleza, pero su corazón era resuelto y su actitud valiente.
Una vez estuvieron todas las jóvenes en el patio del palacio, el príncipe les fue depositando una semilla en la mano. Les dijo que las volvería a citar en seis meses. Aquella que le trajera la flor más hermosa, se convertiría en su esposa.
La joven protagonista era una gran jardinera. Sin embargo, a medida que pasaban las semanas y los meses, nada brotaba de la tierra. Se dijo a sí misma que aún acudiendo con las manos vacías y sin flor se presentaría de nuevo a la cita. Aunque fuera solo por ver una vez más al hombre que amaba.
Pasaron los meses y las jóvenes se reunieron en el palacio llevando en las manos flores bellísimas y espectaculares. La joven lloraba en silencio mientras miraba al príncipe atendiendo y valorando cada una de aquellas flores. Hasta que de pronto, llegó hasta ella y la tomó delicadamente de la mano.
“Me casaré con esta mujer” -dijo en voz alta y feliz-. “Todas las semillas que les ofrecí eran estériles. Sólo esta joven me ha traído la flor más bella: la de la HONESTIDAD”.

