Los sueños del sapo

De la desvalorización personal al amor propio

Cada cual debe tomarse a sí mismo como referencia

La valoración personal es la autoconciencia de los recursos y potenciales propios, así como el reconocimiento de cuáles son las deficiencias y aspectos débiles. Sin embargo, la mayoría de las personas no son buenas valorándose y hacen lo posible para tener autoestima tomando caminos relacionales equivocados y, por tanto, sostienen su desvalorización a lo largo de años.

Tardamos bastante en darnos cuenta de que, a veces, no nos queremos tanto como deberíamos. Hay quien se habitúa tanto a la crítica de su personalidad, su carácter, su físico y sus logros que hace del desprecio un hábito inconsciente. Lo lleva hasta el extremo de desear ser otro, tener otra vida, habitar otro cuerpo y ser de una manera diferente. 

Hay personas desvalorizadas que siempre privilegian el deseo de los otros, sufren y se sienten frustradas porque han pasado su vida sin cumplir los propios. Se colocan en una posición de dar lástima, o de debilidad. Además, cuando un individuo no se estima, no tiene seguridad a la hora de afrontar cualquier situación. En este sentido, la desvalorización personal y la inseguridad van de la mano. Creen que no tienen posibilidades, ni recursos que avalen su actuación. 

Para el imaginario de la persona con desvalorización personal, cualquier situación se puede convertir en una prueba en la que se evaluará si vale o no vale. La asaltan fantasías de fracaso y falta de reconocimiento, fantasías que lo llevan a que sienta miedo. Miedo a que lo desvaloricen y descubran realmente quién es. Miedo a que sus imperfecciones e incapacidades queden a la intemperie. 

La baja autoestima es una sensación que dilapida y desbarata proyectos, bloquea posibilidades de ser creativos, genera inseguridad, incrementa la angustia y ansiedad y transforma en complicadas las relaciones humanas. Es tal cual una plaga que paulatinamente carcome, arrasa, penetra, deteriorando la personalidad. Parece que la desvalorización personal es uno de los padecimientos más profundos y comunes de nuestro tiempo. Pensamiento de todo o nada. Y es claro que las personas no somos buenas o malas, brillantes o ignorantes, excepcionales o mediocres. Todos discurrimos entre esas franjas grises intermedias donde hay oportunidades de mejora.

Desde la motivación, hasta tomar decisiones todos los días, resultan influenciadas por la percepción que tenemos de nosotros. Esto impacta de modo significativo en la salud mental, emocional y en las relaciones con los demás. Es decir, la forma en la que nos valoramos y nos percibimos influye en la cotidianidad. Se trata de un proceso continuo que requiere autoreflexión, autocuidado y trabajo interior. Cultivar la autoestima es importante para promover el bienestar en nosotros mismos. 

Empezar a mirarnos con otra luz y otro filtro más amable y compasivo nos permitirá cambiar percepciones. Cultivar el amor propio es tan importante como respirar o alimentarse. Solo respetándonos y apreciando quiénes somos lograremos tener una vida más plena y significativa. Para pasar del autodesprecio al amor propio debemos dejar de focalizarnos en lo que ha logrado nuestro mejor amigo, nuestro hermano, el hijo del vecino. Cada cual debe tomarse como referencia a sí mismo, ser su mejor versión dentro de su propio potencial, características y deseos.

Una persona con una autoestima saludable tiende a tener mayor motivación y rendimiento en la vida diaria. Al creer en sus capacidades y valía personal, se siente más inclinada a enfrentar desafíos, establecer metas y esforzarse por alcanzarlas. La autoestima se correlaciona con la autoconfianza, repercute en las relaciones con los demás, influye en la capacidad para comunicarse de manera asertiva, expresar necesidades y establecer relaciones satisfactorias. 

“Un día, un sapo dijo que iba a soñar que era un árbol. Al día siguiente, contó su sueño a muchos sapos curiosos que le rodeaban: -Anoche soñé que era un árbol, un altísimo álamo. Era tan alto que casi rozaba el cielo. Pero no podía moverme. No, no me gustó nada ser árbol- dijo el sapo.

Entonces, después de pensar un rato, dijo: -Esta noche soñaré que soy un río.

Y al día siguiente, doscientos sapos se amontonaron a su alrededor para escuchar su sueño: -Esta noche soñé que era un río. El agua hacía tanto ruido, que no podía oír nada. No, no me gustó ser río.

Y tras una breve pausa, dijo: -Esta noche, soñaré que soy caballo.

Los sueños del sapo se hicieron tan famosos, que al día siguiente ya había más de trescientos sapos esperando. 

-Anoche soñé que era caballo. Era hermoso y veloz. Pero un hombre me castigaba con un látigo para que corriera más deprisa. Y no, no me gustó nada ser caballo.

Y así, día tras día, el sapo iba descartando todos sus sueños: -No me gustó ser viento, -ni luciérnaga, -ni nube…

Y un día, los sapos le vieron tan feliz junto a la orilla de su charca, que le preguntaron: -¿Por qué estás tan feliz?

Y él respondió, con una enorme sonrisa: -Anoche soñé que era un sapo. Y fue un sueño maravilloso.”