Pocas son las personas que saben escuchar de verdad. No prestan atención, simplemente lo simulan. Por eso Goethe decía: “Hablar es una necesidad, escuchar es un arte”. Es que oír y escuchar son dos actitudes distintas. Cuando oímos no prestamos una atención profunda, cuando escuchamos, nuestra atención va dirigida hacia un mensaje específico, es decir, existe una intencionalidad. 

Saber escuchar es un arte difícil; exige dominio de uno mismo e implica comprensión y esfuerzo por captar el mensaje que nos llega. Significa dirigir nuestra atención hacia el otro, entrando en su ámbito de interés y su marco de referencia. Mientras no callemos nuestro diálogo interno y prestemos atención a nuestro interlocutor, no aprenderemos a escuchar. 

“Se necesita coraje para pararse y hablar. Pero mucho más para sentarse y escuchar”, afirmó Winston Churchill. En la época actual, es imprescindible poseer cierto grado de habilidades de comunicación, capacidades que no suponen únicamente hablar, sino principalmente saber escuchar a los que nos rodean. Pero algo que parece tan sencillo, no lo es para muchos, hay que darle visibilidad al otro.  

Para poder comunicarse efectivamente con otra persona, se necesita la habilidad importante de saber escuchar. Por fortuna, es una capacidad trabajable y mejorable, es una habilidad que se puede cultivar y potenciar. Lamentablemente, uno de nuestros mayores defectos es que solemos dedicar más tiempo a hablar que a escuchar. El filósofo Zenón de Elea decía que “si la naturaleza nos dio dos ojos, dos oídos y una sola boca, es para vernos y oírnos el doble de lo que hablamos”. 

Muchas veces la escucha no necesita después una intervención. En cambio sí necesita de cercanía, de un espacio casi compartido, de entender cómo se siente la persona que me está contando su historia y conectar con ella, de una complicidad y una sintonía que se teje con interés y paciencia. El ambiente idóneo para la escucha está rodeado de silencios; son silencios funcionales, que sin querer engañarnos, son incómodos a veces. Pero son silencios necesarios. “No rompas el silencio si no es para mejorarlo”, decía Beethoven.

Escuchar implica empatizar. El psicólogo Daniel Goleman identificó el saber escuchar como una de las principales habilidades en las personas con altos niveles de inteligencia emocional. Escuchar sin empatía es una conducta tristemente común. Por eso es esencial tratar de evitar distracciones, construidas por los ruidos externos y nuestros ruidos internos. Para escuchar de forma correcta es importante focalizar nuestra atención en aquello que la otra persona nos está transmitiendo. 

Es mejor no interrumpir; que la otra persona no pase a un segundo plano. Saber respetar el turno de palabra y atender a lo que nos dicen es clave para comunicarnos, evitando los fastidiosos monólogos. Un proverbio oriental expresa: “Nadie pone más en evidencia su torpeza y mala crianza, que el que empieza a hablar antes de que su interlocutor haya concluido”. Oír con paciencia es mejor caridad que dar. Practicar la escucha no es un proceso automático. 

Hay personas mágicas. Son esas que esconden un sensor en su corazón para advertir al instante nuestras penas, nuestras ilusiones o nuestras alegrías. No necesitan que les digamos nada, porque saben leer entre líneas, entre miradas y a través de los gestos. Decía Ernest Hemingway: “Escuchar con atención te hace especial, pero casi nadie lo hace”. Escuchar lo que la otra persona nos comunica sin necesidad de decirnos nada tiene nombre: comunicación emocional. 

“Un anciano era muy conocido no sólo por su sabiduría, sino también por su buena suerte.

En la misma ciudad vivía también un joven que, aunque fundamentalmente honesto, no lograba la sonrisa de la fortuna. Se le ocurrió ir a ver al sabio para pedirle que le contara el secreto de su éxito. Se arregló y llegó a la morada del sabio. El joven fue directamente al grano y dijo:

-"Mi pregunta es sencilla: querría saber tu secreto para vivir tan holgadamente. No te falta nada, ni siquiera la felicidad. Dime, ¿cuál es tu secreto?"

El sabio lo miró y sonrió diciéndole: -"Mi respuesta también es sencilla: el secreto de mi buena suerte es que yo robo... "

-"¡Lo sabía, exclamó el joven, ése era el secreto!"

-"¡Espera!... Todavía no he acabado", dijo el anciano . Pero el joven ya había salido corriendo exultante. 

Tras la visita, la vida del joven cambió radicalmente: empezó a robar aquí y allá y a enriquecerse. Pero fue capturado por las autoridades. Fue condenado a cinco años de dura cárcel. Según sus deducciones, el anciano se había mofado de él. Se prometió que una vez salido de ahí, volvería a ver al anciano para darle su merecido.

Los años pasaron y el joven fue puesto en libertad; ni siquiera pasó por su casa, fue directamente a la residencia del sabio. 

-"He venido para decirte lo inútil que eres, viejo tonto”. 

-"Comprendo tu rabia'', dijo el anciano. “Pero el artífice de tu desdicha eres tú y solamente tú, sobre todo por tu incapacidad de escuchar. Cuando te dije que yo robo, era verdad, solo que no robo a los humanos. Robo aire, luz, agua y paz. Robo al universo y su función no se agota nunca."