Aprender y desaprender; nos pasamos la vida en ello, adquiriendo conocimientos, experiencias, hábitos y costumbres. Aprendemos de nuestros progenitores, de nuestro entorno familiar y social. Y toda esa experiencia influye, y mucho, en lo que finalmente somos o creemos ser. El cambio y el aprendizaje forman un círculo que no sería posible explicar sin desaprender; de hecho, en muchas ocasiones las personas también nos "actualizamos", igual que los programas operativos: tirando a la papelera lo anterior para dejar paso a lo nuevo.

Hay momentos en nuestra vida donde intuimos que algo no va bien, algo no funciona. "Circulamos" en base a un error: repetimos las mismas estrategias esperando que se produzcan resultados diferentes. Ignoramos que no tomamos decisiones en función de los que vemos o lo que consideramos bueno o malo. Lo hacemos a través de las convicciones o códigos adquiridos que portamos con nosotros. Es en esos momentos donde intuimos que debemos hacer algunos cambios… sin saber por dónde empezar.

Trabajamos con modelos rígidos que se estructuran en base a los "debería" o "tendría que": obligaciones autoimpuestas, derivadas de nuestra forma de ver la realidad. Una buena parte de estos modelos se suele construir de manera inconsciente, en ausencia de pensamiento crítico. En este sentido, todos poseemos una serie de creencias irracionales que nos parecen absolutamente normales, pero no lo son.

No son los acontecimientos los que generan los estados emocionales, sino la forma que tenemos de interpretarlos. Muchas veces trabajamos con ideas preconcebidas sobre nosotros mismos o sobre los demás. Adquirir conciencia del poder de esta forma de procesar la información es el primer paso para desaprender. No es un proceso simple o fácil, pensemos que se trata de filtros que tenemos muy interiorizados y que utilizamos de manera automática.

Nuestro cerebro odia cambiar sus costumbres. Las nuevas ideas pueden llegar a comprometer nuestro autoconcepto y nuestra autoestima. Desaprender es un proceso que requiere de tiempo, paciencia y capacidad de análisis. No podemos descartar sin más lo aprendido. Pero sí podemos ser conscientes de esos aprendizajes y disponerlos de una manera inteligente. Podemos dejar de identificarnos con ellos y preguntarnos cuánto de nosotros hay en realidad en esas creencias o actitudes.

¿Buscamos un cambio? Entonces, ¿por qué hacemos siempre lo mismo? Cuanto más repetimos un comportamiento más nos acostumbramos. Por lo tanto, para tener un mejor resultado, debemos cambiar algo, probar algo nuevo. Nada cambiará hasta que algo no cambie. Puede ser que un comportamiento o una serie de hábitos nos hagan mejorar en una etapa de nuestra vida pero, con el tiempo, el efecto se reduce. Hacer lo mismo una y otra vez, incluso si funcionó durante mucho tiempo, terminará llevando a un estancamiento. 

Si deseamos recuperar nuestro auténtico potencial, a veces no hay más remedio que dejar a un lado muchas de esas creencias y aprendizajes que nos han inculcado… para ver el mundo desde otra óptica. Esa nueva visión debe ser amplia, más rica en curiosidad y crítica; sólo así nos re inventaremos a nosotros mismos, solo así seremos más libres, creciendo en todos los sentidos: emocional, personal y laboralmente. Nuestras propias emociones, experiencias e, incluso, los propios sistemas educativos van "enfermándonos" poco a poco, apagando nuestra chispa, nuestro potencial creativo, nuestras motivaciones. Así, para "sanarnos", reinventarnos y despertar nuestro potencial dormido, debemos poner en práctica el desaprendizaje creativo. 

Reinventarse no es fácil, porque reinventarse, si lo pensamos bien, da miedo; es un desafío para el que no todos estamos preparados. No significa oprimir el "reset" para eliminar todo aquello que nos han dicho, enseñado o transmitido. Significa ante todo saber cuestionar, saber poner en duda y ante todo, no aceptar nunca las miradas únicas o las verdades incuestionables. Siempre habrá otro camino. 

"Cierto día, un becerro tuvo que atravesar un bosque virgen para volver a su pradera; abrió un sendero tortuoso, lleno de curvas, subiendo y bajando colinas.

Al día siguiente, un perro que pasaba por allí usó ese mismo sendero para atravesar el bosque. Después fue el turno de un carnero que, viendo el espacio ya abierto, hizo a su rebaño seguir por allí.

Más tarde, los hombres comenzaron a usar ese mismo sendero: giraban a la derecha y a la izquierda, descendían, se desviaban de los obstáculos, quejándose siempre. Pero no hacían nada para crear un nuevo camino.

Después de tanto uso, el sendero acabó convertido en una amplia carretera donde los pobres animales se cansaban bajo pesadas cargas, obligados a recorrer en tres horas una distancia que podría realizarse en treinta minutos, si no hubieran seguido la vía abierta por el becerro. Pasaron muchos años y el camino se convirtió en la calle principal de un poblado; su trayecto intrincado era el peor de todos.

Mientras tanto, el viejo y sabio bosque se reía al ver que los hombres tienen esa ciega tendencia rutinaria a seguir la vía que ya está abierta, sin preguntarse si habría acaso una mejor opción o camino. Tal vez hubiesen descubierto otros paisajes más bellos."